Las imágenes muestran una ciudad cambiante, que tiende a desmaterializarse. Miño trabaja con elementos reconocibles de la arquitectura, aunque como aclara Graciela Speranza en el texto "Instrucciones para fotografiar un pasaje" que, parodiando a Cortázar le dedica a la muestra, "sus fotos duplican la imagen, la pliegan, la solarizan, la colorean con una paleta improbable, alteran la escala y ganan un leve satinado en el papel de algodón, hasta velar el espacio real, arrestar el tiempo y arrancarle a los puros indicios una forma abstracta".
Lo cierto es que Miño trae de sus viajes centenares de imágenes, luego selecciona aquellos lugares donde faltan elementos distintivos que los tornen reconocibles. A través del trabajo digital, altera y a la vez descubre cualidades que estaban ocultas, como el protagonismo de las texturas, la sensualidad de las superficies. Luego, la arquitectura modernista y el peso del racionalismo pierden en este proceso su densidad y sus formas se tornan fantasmagóricas, las rampas y escaleras se disgregan entre engañosos reflejos y resplandores. Suspendidas en un espacio sin tiempo, las imágenes muestran la memoria de lo que han sido y dejan adivinar lo que serán, mientras el presente huye y se nos escapa.
A las estáticas construcciones, se contrapone el extravío de las formas, las cosas pierden su aspecto eterno en un universo que se ha roto en mil pedazos. "Nada es seguro salvo el propio cambio", asegura Marshall Berman, y lo cita a Marx cuando dice: "Todo lo sólido se desvanece en el aire".
| A.M.Q. |


Dejá tu comentario