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Fuerzabruta no arriesgó novedades
Lo mejor del show llega al final, con un «encapsulamiento» del público que se sorprenderá con un hombre que primero caminará sobre sus cabezas para luego llevarse a algunos a «volar» junto a él.
El grupo que surgió como desprendimiento de De la Guarda hace seis años viene ofreciendo variantes de los mismos números que llamaron la atención en 2005. En espacios más o menos reducidos, con incorporaciones de cuadros, ahora con posibilidad de verlo en el campo o desde la platea, el deslumbrante show de Fuerzabruta es, más o menos, el mismo.
Si bien la mayor parte de lo que ofrecieron ya se vio antes, excepto por cuatro números nuevos, también se asiste al espectáculo más compacto y fluido visto hasta ahora. Claro que pero para eso se tomaron todos estos años y fueron aceitándolo, mientras se presentaban con nuevas funciones cada año, tanto aquí como en el exterior.
Las incorporaciones son vistosas y enérgicas en lo musical y sensorial. La primera novedad es el regreso a la música en vivo, con un despliegue de bombos ejecutados por los integrantes y otros tantos que golpean de manera coordinada sobre ellos. La idea surgió luego del megadesfile que Fuerzabruta realizó para el Bicentenario (del segmento «Exodo jujeño»), lo que también dio pie a otra novedad en el show: una grúa en medio del campo con una mujer colgada y la sensación de que primero flota entre la muchedumbre, luego corre, baila, arenga, y el complemento no menor de efectos lumínicos, lluvia de papelitos y celebración masiva a lo «rave».
Algo similar se había visto en aquel desfile donde la mujer colgada representaba a la «Argentina». Y lo mejor de las novedades es el «encapsulamiento» del público del campo, sobre el que se despliega un enorme manto de plástico que lo cubre, para luego inflarse como una carpa. Desde abajo el espectador (casi nunca pasivo en estos shows) se siente inmerso en esa burbuja festiva, mira para arriba y se sorprende con un hombre que primero caminará sobre sus cabezas, para luego asomarse, saludar, agitar y llevarse a algunos a volar junto a él (literal pues los cuelga de su arnés). Desde las plateas se advierte a ese mismo hombre como si caminara, cual astronauta, sobre ese globo terráqueo o lunar.
El efecto es una genialidad que despierta toda clase de sensaciones: incertidumbre, asfixia o clasutrofobia por ese manto que todos separan con las manos y esperan se eleve para dar algo de respiro. Luego el alivio por el aire fresco y la expectativa. Más tarde la catarsis colectiva con la música, el baile y la celebración. El cierre del show vuelve a ser con los bombos y el Wayra.
No faltan los «pogos» con chorros de agua para quien quiera pegarse una ducha y otros cuadros también ya vistos como el hombre que lucha contra los obstáculos, las mujeres chapoteando en peceras colgantes y las que corren por ese océano plateado. Para quienes ya lo hayan visto, sería deseable más novedad y menos reiteración, pero para los debutantes, habrá sido uno de los mejores shows de sus vidas. Como el novato que ve por primera vez un recital de rock.


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