Gobernar la crisis no es para timoratos

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Las crisis son siempre de confianza. Por el terror, los hinchas en el estadio de River se aplastaron en la puerta 12. La gran crisis mundial de 2008/9 y la del euro en 2010/13, se desataron por el terror de los inversores y demás operadores por potenciales descalabros financieros. En el proceso se generaron grandes pérdidas, primero, y ganancias, luego. Los gobernantes superaron la emergencia arbitrando riesgos, ofreciendo activos supuestamente menos inciertos contra los visualizados como frágiles. En lo más crítico de las penurias del euro, el presidente del Banco Central Europeo se arriesgó a comprometerse a hacer "todo lo que fuese necesario" para dominar la emergencia. Aún sin tener una valoración precisa de los medios para conseguirlo.

La crisis actual de la Argentina se gatilló porque los inversores de golpe dudan de las chances de financiar el déficit externo. De aproximadamente u$s31.000 millones, 4,8% del PBI en 2017 y, antes de ajustes, 5,1% en 2018. A ello agregan las necesidades de refinanciar los vencimientos de la deuda pública hasta el próximo gobierno. Contagiando incertidumbres, los temores fundados se retroalimentan, transformando la duda en alarma de baches insondables por cifras imposibles. Ningún país, banco ni empresa del planeta podría afrontar la exigencia súbita de todos los acreedores de cancelar todo lo adeudado. Nada ni nadie podría superar tan desequilibrante exigencia. Tampoco los acreedores podrían efectivizarla pues ¿qué harían con los fondos cobrados en ese caso hipotético? La restricción presupuestaria juega para todos, acreedores y deudores.

¿Cuáles son las perspectivas reales y posibles? Con lluvias normales, ingresarían u$s11.000 millones adicionales por mayores exportaciones agropecuarias, en 2019. Además, el progreso en los yacimientos de Vaca Muerta y varios ajustes probablemente agregarían varios miles de millones de dólares netos adicionales.

Recordemos que el déficit externo es la diferencia entre el total de ingresos del país, el PBI, y el total de gastos, privados más públicos. El déficit externo es también la suma del déficit del Gobierno más el de los privados. Entonces, el déficit externo es igual al exceso de gastos por sobre los ingresos. Como cualquier familia, la Argentina tiene que reducir gastos a las posibilidades de financiarlos, incluso intentando aumentar la producción, el PBI. Para ello, debiera: mostrar una administración disciplinada para ese objetivo. Un BCRA que no emita pesos para financiar al Gobierno ni a otros agentes internos y así asegurar que no haya emisión monetaria excedente a lo demandado por el mercado. El Estado cubriría sus necesidades reduciendo el déficit de acuerdo a lo prometido con el FMI, usando reservas, renovando vencimientos y con nuevos fondos del exterior.

Para incentivar la producción, el PBI, el BCRA tiene que asegurar el valor de la moneda y así ampliar el horizonte para desarrollar las oportunidades de negocios. En Argentina, eso implica un tipo de cambio fijo por mucho tiempo. No importa lo que calculen los agoreros. Así como Mario Draghi, el presidente del BCE, prometió en plena crisis del euro "hacer todo lo necesario", nuestras autoridades debieran apostar por la estabilidad del peso y comprometer todos los recursos necesarios para asegurar un tipo de cambio fijo por bastante tiempo. De hacerlo de forma creíble, la Argentina experimentaría un vuelco de la confianza notable que nos favorecería enormemente. Pues una grave dificultad son las actuales reglas monetarias y cambiarias incoherentes con un valor previsible del peso.

La Argentina ofrecería oportunidades muy atractivas con un valor del peso sustentable en dólares. Los valores de los activos han caído mucho. Las oportunidades de inversión crecerían marcadamente si las autoridades se animaran a comprometerse a sostener el valor del peso con una cotización fija en dólares por largo tiempo. Si los gobernantes no están seguros, ¿por qué confiarían los que todavía tienen pesos?



(*) Miembro del Consejo Académico

de la Fundación Libertad y Progreso

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