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Hacia la madre de todas las batallas, previa de la renovación presidencial
Daniel Scioli y Mauricio Macri, más allá de afinidades hasta aquí más supuestas que explicitadas, son dos aspirantes para la presidencial de 2015, posición que se potencia por la imposibilidad de ambos de aspirar a continuar al frente de sus respectivos distritos.
Para la estrategia del peronismo nacional éste dominio territorial es el principal activo, pero el desafío que le propone la oposición es disputarle votos en una elección que pretende provincializada. Ninguno de los ganadores de 2011 -elección enganchada a la renovación de los Ejecutivos- sale a la pelea en 2013, pero sí sale a disputar nuevos mandatos un seleccionado de legisladores opositores que mantienen porciones del electorado en los grandes distritos.
Para mencionar aquellas provincias con mayor carga de votos, un peronismo que mantiene el poder del Ejecutivo debe enfrentar a los principales nombres de la oposición. En Buenos Aires tratarán de mantener sus bancas Ricardo Alfonsín, Francisco de Narváez, Margarita Stolbizer y Felipe Solá. Por menos que recoja cada uno en las elecciones, sumarán votos que debe compensar el peronismo con los candidatos propios que también renuevan bancas, como Carlos Kunkel, Carlos Moreno, Héctor Recalde y Diana Conti.
El kirchnerismo provincial, sindicado en la figura de Daniel Scioli, debe armar una lista competitiva frente a esas estrellas de la oposición y termina el año buscando la figura para encabezarla. Durante 2012 hubo un intento de construir la candidatura de Alicia Kirchner, identificada con Olivos y ranqueada por sus caminatas de reparto desde el Ministerio de Desarrollo Social. No pertenece al distrito y no tiene el apoyo del peronismo bonaerense como quien puede disputarle ese lugar, el intendente Sergio Massa, que discretamente urde alianzas que lo pongan en ese puesto, pero con un seguro de cambio: que lo respaldarán en una candidatura a gobernador en 2015.
Este debate resiente el poder territorial del peronismo en Buenos Aires, clave para un resultado airoso en 2013 que sostenga el proyecto de reelección o, por default, lo mantenga encumbrado y airoso a Daniel Scioli como candidato presidencial en 2015, el único que tiene hoy el peronismo con Cristina de Kirchner inhabilitada hasta nuevo aviso para disputar un tercer mandato.
Mantener el poder territorial en Buenos Aires es decisivo porque en los otros distritos grandes la oposición mantiene la delantera en este renglón: en Córdoba ronca fuerte José Manuel de la Sota, más distante que nunca del peronismo nacional; en la Capital Federal domina Macri después de dos mandatos sin discusión de su poder; en Santa Fe mandan los socialistas y radicales y en Mendoza brota de nuevo Julio Cobos como el candidato con más chance de ganar las legislativas a la cabeza de una lista como diputado nacional. El peronismo tiene que ir a Entre Ríos -distrito que sigue en cantidad de votos- para confiar en un triunfo seguro en las legislativas. Conclusión: el peronismo tiene un duro desafío en su principal activo que es el poder territorial.
Agenda
La concentración del electorado en el respaldo a los oficialismos en 2011 le dio al peronismo también un triunfo en el dominio de la agenda. El electorado que le dio la reelección a Cristina de Kirchner respaldó, explícita o tácitamente, la agenda de su Gobierno. En esas elecciones el voto premió a las propuestas más moderadas de la oposición y que menos disentían con la agenda de proyectos de la Casa de Gobierno. Eso explica el voto a Hermes Binner por encima de Ricardo Alfonsín -segundo y tercero en el voto a presidente- y el castigo a aquellas propuestas maximalistas que rechazaban de plano la agenda del peronismo y proponían cambios rotundos de rumbo (Eduardo Duhalde, Jorge Altamira, Elisa Carrió).
Por razones de fondo que por ahora explica la economía, el segundo mandato de Cristina de Kirchner hizo un viraje en doce meses. Apenas ganó las elecciones pareció premiar con propuestas moderadas el respaldo del oficialismo y también de la oposición. Lanzó un ajuste de las cuentas públicas que contenía como principal ingrediente el freno del festival de subsidios y el traspaso de servicios del área metropolitana a la Capital Federal. En el orden internacional anunció que buscaría las mejores relaciones con los Estados Unidos. También se mostraron los papeles de un acercamiento al FMI para la reforma del sistema de medición de la economía del desprestigiado INDEC.
Pocos días más tarde, con la justificación de contener la salida de la moneda fuerte, comenzaron los controles a la venta de dólares, el freno a las importaciones, se congeló el recorte de subsidios -que exponía al Gobierno a un alto costo político que se quiso evitar- y se endureció la relación con el Gobierno de la Capital. Cuando anunció su operación de la tiroides en enero pasado, Cristina de Kirchner prometió que el primer acto, el 24 de enero, sería junto a Macri para formalizar el traspaso de los subtes. Nunca ocurrió; en cambio, el oficialismo hizo votar una ley de traspaso que agregaba los colectivos y avanzó sobre los fondos judiciales del Banco Ciudad. En suma, una quiebra de ese ánimo conciliador con el cual había festejado Cristina de Kirchner su victoria del 23 de octubre.
La historia decidirá si la agenda de 2012 logró en los hechos aquello que el Gobierno negaba en sus dichos -un enfriamiento de la actividad económica y una devaluación-. La política sí explica el apartamiento de esa agenda moderada que, a finales de 2012, muestra a la burguesía de las grandes ciudades, que es donde se deciden las elecciones, alejada de la agenda del Gobierno. Las dos manifestaciones de septiembre y noviembre manifiestan esa distancia entre la agenda de las clases medias -que piden dólares, ir de vacaciones sin que los observen, comprar propiedades en la moneda que quieran, ven señales de agresión de la libertad de expresión, piden que se exhiban índices de precios creíbles, más seguridad, o por lo menos una sensación de seguridad.
Nadie puede decir que hoy ese ánimo vaya a traducirse en votos el año que viene, pero el transcurso de los meses muestra que el dominio de la agenda por parte del peronismo gobernante está en discusión.
La clave de esta fragilidad en el sostenimiento de una agenda con la cual se identifique el público -que afecta a oficialismo y oposición- es la incertidumbre sobre el futuro de un país en el cual los tres principales mandos no tienen reelección (Cristina de Kirchner, Scioli, Macri) y con un sistema partidario achatado y débil que sólo produce candidatos y mandatarios débiles porque no los construye, a través del debate y la disputa interna, con la fuerza para las decisiones graves, que son antipáticas y tienen un alto costo político. La reforma del sistema político es el principal problema de la Argentina y es la causa de sus tribulaciones económicas. La economía se basa sobre la confianza y ésta es producto de la política. Abrumados por la solución de problemas gravísimos, algunos heredados, otros producidos por ellos, los políticos no pueden generar lo que justifica su existencia, producir futuro.
Liderazgo
Con el dominio del frente del liderazgo -además de territorio y agenda-, el peronismo alcanzó un segundo mandato para el ciclo Kirchner. Los presidentes Néstor y Cristina lograron adueñarse del poder heredado en el partido de Eduardo Duhalde. Con diferencias de estilo dominaron a un partido que en realidad es un club de gobernadores que deciden, para cada turno electoral, en quién sindicar su poder de manera de asegurarse el poder nacional. En la primera vuelta de 2003 ese club lo apoyó a Carlos Menem; en la segunda, a Néstor Kirchner. En 2007 creyó que Cristina le aseguraría un nuevo término, como en 2009. Ahora que no tiene reelección, el peronismo vuelve a revisar ese activo que le dio un diferencia contundente frente a los partidos de la oposición que prolongan a su manera la misma crisis partidaria que el peronismo.
Esta fuerza decide sus candidatos a puertas cerradas y ejerciendo el verticalismo como conducta principal. A Kirchner lo nominó Duhalde, a Cristina, Néstor. En la oposición, el kirchnerismo en 2007 llevó un vicepresidente radical en la fórmula (Julio Cobos) en una elección en la cual el radicalismo llevaba a un peronista, Rodolfo Lavagna, que había sido ministro de Kirchner. En 2011 los candidatos presidenciales que competían con el peronismo, después de conocerse el resultado de esa megaencuesta que fue la interna obligatoria, cantaron derrota antes del 23 de octubre y llamaron a que no los votaran porque ya habían perdido. El radicalismo, por su parte, fue en la provincia de Buenos Aires aliado al macrismo, objetivo del conservador De Narváez. Todos estos son ejemplos de la incapacidad de la oposición para generar liderazgos fuertes en sus partidos o, una quimera, un polo que los agrupase como un arco antigobierno.
La no reelección es el disparador de la disputa por el liderazgo en el peronismo. El candidato presidencial es Scioli y, aunque se aferre al ala kirchnerista como componente del ADN de esa fuerza, su sola presencia implica una disputa de liderazgo. No aparecen otros challengers en el arco oficialista, aunque hay gestos objetivos como el silencio de los gobernadores sobre el issue de la reelección. Aguardan todos el desenlace de las elecciones claves de 2013 para mover sus piezas. En medio del debate por el liderazgo, que el peronismo debe recomponer detrás de algún candidato -Scioli por ahora-, el mayor compromiso lo tiene la oposición, que confía en una fractura del oficialismo para medrar en las urnas. Lanzan señales para tentarlos a Scioli y a Massa a lo que éstos nunca harían, un salto hacia la oposición. Lo saben los opositores que lo proclaman, pero sacan beneficio de los adversarios de Scioli que aprovechan para levantarle el precio de su adhesión.
Dramáticas estas elecciones tan gravitantes como son las que ocuparán toda la atención en 2013. Pasó un año del dominio del peronismo en esos tres frentes de los cuales depende un triunfo electoral (territorio, agenda, liderazgo) y el paso del tiempo y las elecciones de uno y otro sector ponen al oficialismo y a la oposición en el grado cero para arrancar de nuevo en el control de esas variantes sin cuyo dominio no hay posibilidad de una nueva oportunidad sobre la Tierra.

