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Hay vida después de Lula: el canciller de Dilma, con Cristina
En la reunión Timerman estará flanqueado por espadas de la Cancillería, como el embajador en Brasil, Juan Pablo Lohlé, y el secretario de Comercio y Relaciones Económicas Internacionales, embajador Luis María Kreckler, y el subsecretario de Política Latinoamericana, embajador Diego Tettamanti. La señal es clara, poner al tope de la agenda cuáles son los escenarios que interesan al país en el vínculo con Brasil. El invitado no es un debutante en el paño de las relaciones del Hemisferio y del mundo multilateral, fue embajador en Naciones Unidas y en los Estados Unidos (2007-2009) durante la administración de George Bush, y le tocó «explicar» a la entonces secretaria de Estado, Condoleezza Rice, la posición de Brasil respecto de uno de los ejes del mal -en la percepción de Bush- Irán y su desarrollo nuclear.
No le resultó difícil, sólo recordó a Rice que Brasil fue el único país de la región junto con El Salvador que mandó tropas a Irak. Es el tipo de madurez y continuidad en la política diplomática de Itamaraty que a la Argentina le cuesta sostener, por caso, el país en tiempos de Carlos Menem fue el primero en enviar buques de la Armada a la fuerza multinacional que liberó Kuwait tras la invasión de Sadam Husein, por esa acción recibió el reconocimiento del Congreso norteamericano de «gran aliado extra-OTAN», pero la gestión kirchnerista desde 2004 limitó la relación casi a formato protocolar.
Las normas de prudencia entre profesionales de relaciones exteriores impiden que en el primer lance se blanqueen a uno y otro lado temas sensibles del vínculo bilateral. Se hablará más bien en términos proactivos de la asociación estratégica entre ambas naciones como política de Estado, de la consolidación del Mercosur con el ingreso de Venezuela -aquí hay tarea para ambos cancilleres, lograr que Paraguay apruebe la incorporación de Venezuela, los legisladores de la oposición paraguaya aún no dieron su consenso-, de profundizar el nuevo esquema regional del bloque de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y su brazo de debate armado, el Consejo de Defensa Sudamericano (CDS).
También habrá repaso de la cooperación en cuestiones estratégicas de interés común, el área nuclear, de Defensa y de tecnología. Tres rubros que remiten al proyecto del submarino nuclear que desarrolla la Armada brasileña, nicho que intenta penetrar la empresa mixta Invap con su modelo de reactor Carem. Por eso Timerman convocó al ministro de Defensa, Arturo Puricelli, quien además de compartir el almuerzo en homenaje al titular de Itamaraty, en el Salón Dorado del Palacio San Martín, junto a otros miembros del gabinete nacional, tendrá su minuto de fama ante Patriota en un aparte para exponer la agenda del sector.
El asunto más espinoso es el nonato convenio comercial entre la empresa privada brasileña Embraer SA y la Fábrica Argentina de Aviones «brigadier San Martín» (FAdeA) de Córdoba. Con la firma del contrato definitivo para la adquisición de 20 aviones Emb-190 destinados a Austral, en noviembre de 2009, se anunció la posibilidad de que partes del avión se fabriquen en la planta de FAdeA (ex Lockheed Martín SA). «A la fecha todo está en el plano de las intenciones, no hay un solo peso ni un tornillo que venga para el proyecto, tampoco se concretó el plan de capacitación», dijo a este diario un técnico veterano de la planta. Puricelli no es ajeno al tema, hasta su llegada a la cartera de Defensa se desempeñó como director en representación del Estado de FAdeA. Tenía voz y voto en el plan de negocios que llevaría a la empresa a mejorar la productividad perdida durante el período en que estuvo concesionada a la norteamericana Lockheed Martín. El Directorio planteó la integración con otras empresas latinoamericanas, en particular con Embraer, en una primera etapa se pensó en la capacidad de proveer solamente piezas, partes menores del avión.


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