Huffmann registra el paisaje urbano a través de la basura

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En el Patio del Liceo, la galería Mite exhibe en estos días "Holograma", una muestra de Carlos Huffmann (1980), breve, pero significativa. En efecto, el espesor conceptual de la exposición queda a la vista con apenas dos esculturas, una pintura y una pila de láminas con los planos de Latinoamérica, la Argentina y Buenos Aires, dibujados con tinta por el artista para que se los lleven los espectadores.

Los "Hologramas" son dos esculturas -cuyo título hace referencia a sus tres dimensiones- que se levantan sobre unos pedestales construidos con restos de las veredas porteñas. Los hierros trefilados de las construcciones se elevan a más de un metro y medio del suelo sobre las veredas (como las patas de las arañas de Louise Bourgeois), para sostener unas formas ambiguas. La parte superior de una escultura, una argamasa de resina desgastada y tan vieja como las baldosas, ostenta la forma punzante de un cuchillo y es un amasijo donde aparecen tuercas de plástico, cadenas, monedas, baterías, pilas y unas sogas con un corte abrupto. Son las ruinas del presente.

El artista cuenta que recorre la ciudad en busca del detritus urbano de los tiempos actuales. Así reúne en su mochila los desechos dispersos por Buenos Aires, la lluvia de objetos que han perdido la función para la cual fueron creados y que él denomina "la arena de la ciudad".

Si bien los hologramas están realizados con materiales de descarte y, literalmente, pueden considerarse basura, las formas de ambas esculturas son sumamente elegantes. Huffmann reconoce que el afán estético no es ajeno al deseo de representar la ciudad y su devenir. Trata de encontrar la belleza mientras ata las cosas con alambre y amalgama con masilla epoxi los arrancadores de luz, las bombitas o las roscas desguazadas, hasta configurar una bola sin sentido aparente. Pero la bola es un mundo, y con las delgadas patas de hierro construye un monumento frágil y precario que lo sustenta. Luego, también reconoce que en su quehacer subyace la búsqueda casi detectivesca de la identidad de una ciudad en permanente cambio. Los materiales, como se sabe, determinan el sentido de las obras, siempre y cuando la materia confluya con la técnica, el tema y el contenido ideológico.

En las construcciones de Huffmann resuena el antecedente genial de Antonio Berni, quien se adentró en los basurales y presentó las Villas Miseria de Juanito y Ramona con collages polimatéricos. No obstante, la vivacidad del color de las obras de Berni ha desaparecido. Las tonalidades grises de las piezas de Huffmann inducen a evocar los paisajes grises y monocromáticos del alemán Anselm Kiefer, un artista criado entre los escombros de la Segunda Guerra Mundial.

En este sentido, nuestro artista busca su propio camino, ligado a la literatura desde la infancia. Así resulta fácil conectar su búsqueda de la propia identidad urbana con la que emprendió Borges en el año 1928, cuando, después de descartar con punzante ironía a casi todos los escritores de su tiempo, rescata a aquellos argentinos que "con dignidad", "escribieron el dialecto usual de sus días: ni recaer en españoles ni degenerar en malevos fue su apetencia. Pienso en Esteban Echeverría, en Domingo Faustino Sarmiento, en Vicente Fidel López, en Lucio V. Mansilla, en Eduardo Wilde. Dijeron bien en argentino: cosa en desuso. No precisaron disfrazarse de otros ni dragonear de recién venidos, para escribir. Hoy, esa naturalidad se gastó. Dos deliberaciones opuestas, la seudo plebeya y la seudo hispánica, dirigen las escrituras de ahora".

Desde luego, a pesar de la lección de Borges, en un país cuya vocación ha sido siempre arrancar lo propio para plantar lo ajeno, los idiomas al igual que las expresiones artísticas encontraron rumbos acordes con las distintas modas. Y hoy predomina la que impone el mainstream global. Buenos Aires, la ciudad que ama nuestro artista, conserva todavía y es muy notorio en el arte y la arquitectura- el festival estilístico que critica Borges en el idioma argentino. Poco a poco se fueron perdiendo los paisajes platónicos de los suburbios. Con la riqueza generada por el modelo agroexportador, el centro se pobló de edificios modernos y poderosos mientras, a la par, se imponía el gusto de los burgueses que en pleno siglo XX seguían construyendo palacios cargados de volutas francesas. Al ritmo del negocio inmobiliario, numerosos edificios imponentes se destruyeron, y cuando llegaron los vientos multicolores de la cultura del plástico, cambió el color de la Casa Rosada por el fucsia actual.

Huffmann había comenzado su carrera cuando estalló la crisis social, política y económica, del año 2001 y la ciudad descascarada se llenó de cartoneros y mendigos.

Hoy, después de cursar estudios en EE.UU. y realizar exposiciones en el país y en el mundo, se dedica a recorrer la ciudad como el Angelus Novus de la canción de Laurie Anderson, "The Dream Before" (https://www.youtube.com/watch?v=t7ArfsXcptg) que, inspirada en el texto de Benjamin, dice: "¿Qué es la Historia? Y él dijo: La Historia es un ángel que está siendo empujado hacia el futuro. Él dijo: La Historia es un montón de escombros. Y el ángel quiere volver a reparar las cosas que se han roto". Walter Benjamin compró el "Angelus Novus" a Paul Klee en el año 1921, es el autor del libro "Libro de los Pasajes" donde describe la figura del espectador moderno, el flaneur. Huffmann no aspira a recomponer lo despedazado como Benjamin, aunque recorre la ciudad tomando fotografías con su pequeño teléfono, se sirve de la tecnología para abstraer la realidad y pinta las imágenes en el mismo teléfono. Allí, como en el cuadro que figura en la muestra, se cruzan el pasado, el presente y el futuro.

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