Rachel no es una chica, pero le encantaría que dijeran que aún es una chica. Hace cinco años que se divorció de Tom. Eso fue después de que no pudo tener un hijo por medio de fertilización in vitro. Es lo que ella cree. A partir de ahí subió de peso, aumentó su alcoholismo (desayuna con vino blanco y su cena son cuatro latas de gin tonic), y también su depresión. Consiguió refugio en casa de su amiga Cathy, que la soporta a pesar de su desaseo y los vómitos. Todas las mañanas viaja en tren de Ashbury a Londres y regresa cuando cae la tarde. Lo sigue haciendo aunque se haya quedado sin trabajo. Necesita engañar y engañarse.
Cuando el tren para en una estación, Rachel mira la casa 23, la que fue su casa, y trata de ver a su exmarido, al que sigue fastidiando con llamadas quejosas, y a Anna, su nueva mujer y a la hija de ellos. Desde hace un tiempo se dedica a mirar también la casa 15, a la mujer y el hombre que allí viven. Les ha inventado nombres, los llama Jason y Jess. Sueña que son felices. La pareja ideal. La que ella no pudo tener con Tom. Un día ve que sucede algo raro y violento entre Jess y un hombre, y luego no vuelve a verla más. Hasta que lee que Jess se llama Megan y la dan por desaparecida. Rachel va a contarle a la Policía lo que sabe. Y a la vez comienza a investigar el crimen por su cuenta. En la última página de esta novela pide al lector: guarda el final en secreto, por tanto no hay que seguir con la historia.
"La chica del tren" es un thriller psicológico, pero sobre todo una novela juego, un puzzle, uno de esos enigmas lógicos que se resuelven a medida que se van conociendo los datos. Y acá los datos se van dando paulatinamente, cosa de convertir al lector en detective, en la mejor tradición de las novelas de Agatha Christie. La historia se cuenta alternando tres voces de mujeres: Rachel, la principal protagonista, la encantadora y desaparecida Megan, y la sexy Anna, en una especie de diario o monólogo confesional triangular.
"La chica del tren" es una novela industrial. Eso que la industria del libro denomina un "pageturner", un libro pasa páginas que cuando se comienza ya no se puede parar. Tiene trampas y trucos bien planeados. Escrito con frases cortas, capítulos breves, ofrece una tensión creciente y un final comprensible. Pone el eje, para contar un posible crimen, en una mujer sola, desequilibrada, fantasiosa, alcohólica, mentirosa y olvidadiza. Participa de la moda de thrillers con personajes centrales femeninos. Comparte con el best seller "Perdida", de Gillian Flynn, un marido sospechoso de hacer desaparecer a su esposa, que en el cine encarnó Ben Affleck. Recupera elementos de las películas de Alfred Hitchcock "La ventana indiscreta" y "Extraños en un tren", y DreamWorks ya ha comprado los derechos para pasarla al cine. Lleva 20 semanas en la lista de los más vendidos de The New York Times y trepa rápidamente en los países en los que se la edita, que hasta ahora son 44.
De un día para otro, gracias a "La chica del tren", Paula Hawkins saltó de la nada a la lista Forbes de las personas con dinero. Sudafricana radicada en Londres a los 17 años, graduada en Ciencias Políticas y Economía en Oxford, pasó del periodismo de Economía y Finanzas a escribir novelas románticas con el seudónimo de Amy Silver. Con la "chick lit" no le fue bien. Ahora, con acertados consejos de agentes y editores, puede dejar de viajar en tren y tener un Rolls-Royce con chofer.
| Máximo Soto |



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