10 de septiembre 2015 - 00:00

Jordi Savall y Hespèrion XXI deleitaron al Colón

Jordi Savall regresó  al Teatro Colón con dos programas sustanciosos.
Jordi Savall regresó al Teatro Colón con dos programas sustanciosos.
Jordi Savall y Hespèrion XXI (Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 7 y 8 de septiembre).

Cada una de las visitas de Jordi Savall da al público argentino la oportunidad de redescubrir a un artista completo, que hoy, en su más perfecta madurez humana y artística, es capaz de lograr lo inesperado y mostrar que su nivel de convocatoria (en especial entre los jóvenes) no sólo no ha mermado sino que sigue creciendo. A siete años de su anterior presentación en Buenos Aires, Savall regresó con dos programas sustanciosos que testimonian parte de la tarea que el violagambista, director e investigador catalán realiza sin descanso.

Precisamente, gran parte de la inteligencia de Savall se manifiesta en su capacidad para amalgamar y combinar las piezas que constituirán sus trabajos discográficos o programas. En esta oportunidad los repertorios ofrecidos en los conciertos de lunes y martes embarcaron al público en viajes por universos sonoros diversos, con su coherencia propia.

El repertorio del lunes, titulado "Folías Antiguas y Criollas: del Antiguo al Nuevo Mundo", trenzó variantes de ésta y otras danzas presentes en las Américas y en Europa. Así, piezas de Diego Ortiz, Gaspar Sanz, Pedro Guerrero, Antonio de Cabezón, Santiago de Murcia, Antonio Martín y Coll, Francisco Correa de Arauxo y otros se escucharon en paralelo con anónimos de ambos continentes. A tres músicos asombrosos de su conjunto Hespèrion XXI (el gran arpista Andrew Lawrence-King, el fenomenal percusionista David Mayoral y el no menos excelente Xavier Díaz-Latorre en cuerdas punteadas) se sumaron otros tres músicos latinoamericanos dignos de recuerdo, miembros del ensamble mexicano Tembembe: Ulises Martínez, Leopoldo Novoa y Enrique Barona, que aportaron su maestría instrumental, sus voces y en el caso de Barona incluso su danza descontracturada y enérgica. En el marco de un concierto que se disfrutó de principio a fin (aunque hubo también una progresiva seducción de la audiencia a lo largo de la noche), dos instancias aparecen claramente como puntos destacados: las danzas de origen escocés que Savall interpretó en soledad y el primero de los bises, "La Iguana", de Veracruz.

El martes la travesía se centró en Estambul, adonde llegó con veinte años el moldavo Dimitrie Cantemir (1673-1723), quien además de ejercer allí como diplomático se convirtió en un reputado intérprete de tanbur y llevó adelante una obra monumental: la antología "El libro de la ciencia de la música", que comprende 355 composiciones (algunas propias). Cada uno de los cuatro bloques del programa diseñado por Savall presentó una o más piezas extraídas de este compendio, pero en hermandad con músicas tradicionales de Grecia, Armenia o la cultura sefaradí. A Savall y Mayoral se sumaron para esta oportunidad finísimos músicos turcos, armenios, griego y marroquíes: Hakan Güngör, Yurdan Tockan, Haîg Sarikouyoumdjian, Dimitri Psonis y Driss El Maloumi. El clima en esta segunda y última presentación fue de una concentración notable por parte de un público que se dejó llevar por la fascinación, ese atributo que sólo artistas con el carisma, la profundidad de pensamiento y la generosidad de Savall pueden ejercer.

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