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Joshua Bell confirmó su arte
Joshua Bell al violín, con Alessio Bax en piano, en el primero de los dos recitales que ofrecieron en el Colón para el ciclo del Mozarteum.
Ex niño prodigio, virtuoso, llamativo en su aspecto, amado por los medios de comunicación, la publicidad y hasta el cine, el norteamericano Joshua Bell podría haberse eternizado en ese cliché. Afortunadamente cada una de sus presentaciones en Buenos Aires da cuenta de la maduración sabia de un artista que elude el virtuosismo "per se" y se adentra en las profundidades de las partituras que aborda. El repertorio que Bell y el magnífico pianista italiano Alessio Bax presentaron (el mismo de toda la gira sudamericana que culminó aquí y que abarcó casi dos semanas) constituyó casi un recorrido por la historia de la sonata para esta combinación, de Mozart a Debussy. Ambos artistas muestran una manera similar de concebir la música de cámara y la empatía quedó en evidencia desde la transparencia que imprimieron a la "Sonata en sol mayor" K. 301 hasta el fuego vertido sobre la tercera sonata de Edvard Grieg con la que culminó la noche.
La maratónica sonata opus 47, "Kreutzer", de Beethoven, constituyó un núcleo de intensidad, perfección y unidad interpretativa en el programa. Bell sabe balancear expresividad con sobriedad, su técnica le permite plasmar todas sus ideas musicales y aunque a algunos pueda molestar su tendencia al movimiento casi constante, ésta no parece una artificialidad destinada a acrecentar el deslumbramiento del público sino una necesidad física, y como tal no puede serle reprochada. Por su parte, Bax es experto en adecuar sus maravillosos medios técnicos al estilo, y ha logrado junto a Bell, como se dijo, una comunión notable en color, gesto y respiración.
Última obra terminada por Claude Debussy, su "Sonata en sol menor", exquisita en su delicadeza, ocupó el principio de la segunda parte. El despliegue de colores, de intensidades, de variedades de fraseo que Bell llevó a cabo hizo de esta instancia un clímax profundo de pasmosa belleza. La ovación final del auditorio fue recompensada con un único bis: la "Polonaise brillante" de Henryk Wieniawski, entregada por Bell y Bax con la misma perfección.


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