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JUEGAN CON FUEGO Y ESTÁN POR QUEMARSE
¿Cuál es la estrategia de Europa? ¿Qué piensa hacer? ¿Tirar a Grecia por la ventana? ¿Y después? Si en los hechos la unión monetaria deja de ser un proceso irrevocable, la pregunta es quién será el próximo en recibir la notificación del despido. O Europa se ocupa de cortar la crisis de cuajo, o los candidatos a la expulsión se amontonarán sin quererlo como las hojas secas que el viento junta a su arbitrio contra un paredón. Si se barre a Grecia sin culpa, ¿por qué pensar que, más adelante, no se querrá tomar otra vez la escoba para quitar la suciedad?
¿Será sensato echar a Grecia por la borda? Dice Philipp Roesler, el ministro alemán de Economía, que sí. Es escéptico sobre las posibilidades de que Atenas cumpla con las metas de los acuerdos. Razón no le falta: Grecia, según el premier Samaras, atraviesa una Gran Depresión. No cumplirá. Entonces, añade Roesler, no habrá más desembolsos. El FMI ha dejado saber que está de acuerdo. Y el BCE ya no acepta deuda griega como garantía válida para que los bancos reciban su asistencia. Así, la «troika» tiene el destino de Grecia en sus manos. Si se le agotó el crédito, lo lógico sería que Atenas afronte la reestructuración de sus deudas, pero no el despido de la unión monetaria (contra la voluntad de sus ciudadanos). ¿Qué país expulsaría a una provincia por caer en una situación de incumplimiento? ¿La obligaría a dejar de utilizar la moneda común? Sería un dislate. ¿A quién se le puede ocurrir atar los límites geográficos de una comunidad a los giros imprevisibles del ciclo económico? A los padres fundadores de la eurozona, por cierto, no se les pasó por la cabeza. La lectura cuidadosa del Tratado de Lisboa lo confirma. Es Angela Merkel la que acuñó la idea de la expulsión. No satisfecha con el fracaso rotundo en Grecia, errará peor con la extirpación.
Epidemia
Dice el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang SchTMuble, que «de ninguna manera, España será la nueva Grecia». A nadie se le había ocurrido pensarlo un par de años atrás. Y ahora debe negarlo con énfasis. Ocurre que también Irlanda era distinta de Grecia. Y Portugal, diferente de ambos. La epidemia, sin embargo, los alcanzó igual. Que lo diga Chipre si no fue así. ¿Qué les espera a España e Italia que tanto se resisten? ¿No es acaso la misma clínica de internación? Bruselas los despacha allí aun a sabiendas de que no hay presupuesto aprobado para atender a la financiación de todos.
Si media Europa quiebra, la culpa no se le puede echar en cara a la pequeña Grecia. Ni enrostrar a la cuenta individual de cada afectado. El contagio es obvio. También es evidente la enfermedad. Pero, ¿por qué causa estragos sólo en la zona del euro? La deuda pública se desbordó en todas las economías avanzadas, pero únicamente en la eurozona provoca una crisis terminal. No debería sorprender: el tratamiento europeo es singularísimo. A esta altura es imposible no advertir la mala praxis. Y aun así no se corrige. Se ve la paja en el ojo de España y se ignora que la estrategia de contención de la crisis -que Berlín impone a pie juntillas- se monta sobre una viga tan fuera de escuadra que, al primer sacudón, impide sostenerla en pie. «La situación exige sólo una cosa: no más programas de recortes en la eurozona. No se debería aplicar más programas adicionales de ahorro hasta que la coyuntura recupere la dinámica y se registren crecimientos positivos. Se necesitaría más tiempo para reducir el déficit. Es algo que hay que aceptar». Lo dice Peter Bofinger, uno de los cinco economistas que integran del Consejo de Asesores del Gobierno alemán. Su voz cae todavía en saco roto. Pero supongamos que Merkel lo escucha, ¿cómo obtener el financiamiento necesario hasta que las economías repunten? Ya son los grandes países -como España e Italia- los que precisan tomar oxígeno del respirador. ¿De dónde saldrán los recursos si los mercados los retacean por completo?
Desconfianza
Europa, pues, está jugando con fuego al permitir que sus deudas sean devoradas por la desconfianza absoluta. Si no logra revertir el daño, y no lo conseguirá si el BCE se mantiene al margen, y si Berlín no forja rápido un nuevo equilibrio político, el fantasma de Grecia soplará potenciado. Alemania sabe de tormentas. No sabe prevenirlas, pero sí provocarlas.
Mejor que reaccione pronto porque no pasará mucho tiempo antes que la solución de los problemas de España e Italia tome la silueta de un profundo descontrol en el corazón de Europa.

