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La danza, una forma plástica de la eternidad
Constanza Macras y Walter Cammertoni son los coreógrafos argentinos convocados para el nuevo programa del Ballet Estable del Teatro Colón. Sus obras recuerren a fuentes tan disímiles como la música de Bach y los textos de Michel Foucault.
NOCHE DE BALLET. Walter Cammertoni y Constanza Macras, los coreógrafos argentinos cuyas obras se suman a las del estadounidense William Forsythe y el español Nacho Duato.
Periodista: ¿Cuál fue la inspiración y el punto de partida para la creación de estas obras?
Walter Cammertoni: Cuando me invitaron el año pasado fue una sorpresa muy grande, después pasé al susto y a tantas otras cosas. Normalmente trabajo con varias aristas. En esta obra hay algo que se relaciona con la música que tiene para mí la dramaturgia de la obra: la "Chacona" de Bach. Es tan compleja y rica que pasa por todos los lugares. Él la escribió al enterarse de que su primera mujer había muerto. Eso me enamoró más todavía de la obra: pensé que no podría haber escrito otra cosa. En la música está todo. Trabajamos la nostalgia, la tristeza. El título, "Amor, el miedo desaparecerá refiere a las palabras que María Bárbara pudo haberle dicho a Bach para que no estuviera tan atormentado, porque cuando escucho esa obra pienso en lo que puede haber estado pasando para escribir semejante maravilla. Les digo a los bailarines que, con la danza, tenemos que acompañar la genialidad que hizo el compositor, y si nos pasamos podemos llegar a sobreactuar. Confío mucho en lo que la kinesis hace y el cuerpo transmite. En la obra estamos hablando paralelamente de lo que somos como sociedad, y viendo la fragilidad del ser humano.
Constanza Macras: Mi obra trabaja con un elenco muy amplio, con bailarines de todas las edades. Cuando me propusieron hacer una coreografía pensé en un concepto que pudiera unificar, hablando del ballet y como una cita de la danza clásica, pero contemporánea desde su concepción. Me propuse recrear escenas de muertes de diferentes ballets clásicos: la de la locura de "Giselle", la muerte de Nikiya en "La bayadera", "Romeo y Julieta", una pequeña alusión al cisne. Me interesaba la transformación del romanticismo hasta la muerte y la idea del romanticismo del bailarín en relación con su cuerpo, qué significa estar en un escenario, ver esa transición del cuerpo en el día a día. Hay un texto de Michel Foucault, "El cuerpo utópico", que cuando empecé a trabajar esta idea me pareció perfecto para esta obra. Con esa amalgama de ideas surge la obra. No uso la música original de las escenas, sino música de Alban Berg y Anton Webern ejecutadas en vivo, y hay dos coros, una cita de la "Music for the funeral of Queen Mary" de Purcell, y una obra de Bach que habla de la muerte como liberación, o del deseo de la muerte.
P.: Finalmente ambas obras manejan temáticas similares.
W.C.: Casi no nos podemos encontrar porque estamos corriendo todo el tiempo pero coincidimos en algunas cosas, y a través de las entrevistas me fui enterando de lo que hacía Constanza. El tema de la frescura, la inocencia, cómo hacemos para no olvidarnos o conectarnos con eso me interesa mucho.
C.M.: Yo trabajo siempre con la improvisación, todo mi trabajo parte de ella, pero esta vez improvisamos poco. Monté casi todo, pero también para mí era un desafío. La gente mayor era increíblemente abierta. Hay un par de bailarines que tienen que hablar, y sin ser actores dicen textos de Foucault en escena y eso genera una fragilidad que le da un efecto real. Es interesante la combinación de gente de 20 años que empieza su carrera, y otra con la experiencia de toda la vida.
W.C.: El proceso con los bailarines fue de conocimiento, porque nunca había trabajado con este ballet; ellos tienen una técnica clásica perfectamente dominada, y yo intento aprovechar eso y al mismo tiempo llevarlos a una gestualidad cotidiana, en la que el espectador se pueda llegar a sentir más reconocido. Constanza y yo solemos trabajar con tiempos de conocimiento más largos, pero aquí se trata de aprovechar los recursos con los cuerpos que se tiene. Cada cosa tiene su riqueza. Yo les digo a los bailarines que necesito artistas, y empiezan a pasar cosas emocionantes: yo los elegí a ellos, y ellos también tienen que elegirme a mí.
C.M.: En mi compañía somos unidos y hay un grado de entrega que me conmueve y sorprende, es un viaje íntimo que compartimos. En vez de trabajar como lo hago con mis bailarines, aquí hago algo distinto, pero no extrañé nada. No sentí que quisiera que las cosas fueran diferentes, ni sentí que estuviera "trabajando", con la obligación de ir a ensayar. Trabajar "en argentino", compartir códigos y humor fue refrescante.

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