• ESCÁNDALO POR VELADAS DE LOBBY ENTRE EMPRESARIOS, POLÍTICOS Y PERIODISTAS EN LOS EE.UU.
Katharine Weymouth es abogada de Harvard y CEO de The Washington Post. Es nieta de la legendaria Katharine Graham, la que lidió con el Watergate de Richard Nixon. Los críticos de Weymouth dicen que carece de experiencia periodística.
La cita parecía tentadora, casi irresistible para los empresarios. «Una velada con la gente adecuada», rezaba el folleto de circulación restringida. Estaba prevista para el próximo 21 de julio a las 18.30, en el cálido verano de Washington. La convocatoria «íntima» iba dirigida a dueños y ejecutivos de compañías clave, y la aludida «gente adecuada» eran altos funcionarios del Gobierno de Barack Obama y periodistas influyentes. Una cena tan atractiva como para que el cubierto costara u$s 25.000. Se garantizaba, además, un estricto secreto de lo que allí se hablara. ¿Quién sería el anfitrión con tanto poder de convocatoria? Nada menos que la dueña y editora responsable del diario The Washington Post, Katharine Weymouth, quien ponía su propia casa en Northwest Washington como sede del encuentro.
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La difusión del «Washington Post Salon» en el sitio web Político -una página con crecimiento exponencial en 2008- desató un escándalo y forzó a Weymouth a anular la «velada» la semana pasada, para luego aclarar que no había visto la invitación impresa formulada por su director de marketing, Charles Peston. «Nunca debería haber sucedido. Nunca comprometeremos nuestra integridad periodística», dijo la joven abogada egresada de Harvard, nieta de la legendaria Katharine Graham, y sin ninguna experiencia profesional en una redacción.
La situación es realmente embarazosa para el Post. Un diario, que se supone debe informar y fiscalizar la vida pública, se ofrecía para facilitar la tarea de lobby sobre funcionarios de Gobierno. El texto de invitación era elocuente: «Íntimo y exclusivo Washington Post Salon. Una cena off the record (es decir, ni siquiera se revelaría su existencia) en la casa de la CEO y editora Katharine Weymouth. Interactúe con funcionarios clave. Un ambiente animado, no confrontativo. Una oportunidad única».
Los detalles que surgen no hacen más que embarrar a Weymouth. Al parecer, dos legisladores convocados a participar de la cena, uno demócrata y otra republicana, recibieron el mail de invitación desde la dirección electrónica de la empresaria, según Los Angeles Times.
El primer Salón iba a focalizarse en «Reforma de Salud, ¿mejor o peor para los estadounidenses?», una eterna promesa de campaña en cada elección presidencial estadounidense. De concretarse, habría sido el punto de partida de once encuentros en la casa de la dueña del Post sobre temas que envuelven decenas de miles de millones de dólares. La serie completa de cenas, con una asistencia estimada en 20 personas cada una, se ofrecía a un costo de u$s 250.000. Ningún resorte saltó en el Post. Fue un ejecutivo de una empresa de salud quien consideró poco ético el asunto, le pasó la información a Político y le aguó el negocio a uno de los tres diarios más influyentes del mundo.
Hasta donde se sabe, Obama sale indemne del affaire. Su asesora para temas de Salud, Nancy-Ann DeParle, citada entre los supuestos concurrentes, dijo no haber recibido la invitación.
Quienes sí quedaron en situación comprometida fueron los jefes periodísticos del diario. Entre los atractivos mencionados en la convocatoria se encontraba la presencia de jefes de las diferentes secciones y del director Marcus Brauchli, quien se declaró consternado por el «Washington Post-gate». Al parecer, ninguno de ellos había aceptado resignar su condición de periodista, pero ello no evitó que el columnista sobre Medios de The New York Times, David Carr, deslizara el viernes pasado: «Teóricamente, usted no puede comprar un periodista del Wa-shington Post, pero puede alquilarlo».
El Times dio espacio para esta ironía, pero hace pocas semanas debió afrontar un hecho que compromete su propia ética. Uno de sus principales columnistas -el más renombrado en la sección Internacionales-, Thomas Friedman, debió devolver u$s 75.000 cobrados de un ente público que procura mejorar la calidad ambiental de la bahía de San Francisco. Semejante monto había sido embolsado por Friedman por una mera charla pronunciada una tarde de mayo. El dato fue aportado por el San Francisco Chronicle. Ante ello, el Times informó que el articulista devolvería el dinero y adujo un «malentendido».
Casos como los de Friedman y Weymouth han golpeado recientemente la credibilidad de una prensa que está repleta de códigos de ética y que suele ser mencionada como paradigma de calidad.
Sin embargo, al parecer, los resortes terminan funcionando, tarde o temprano. Como en aquel caso de la periodista estrella de The New York Times Judith Miller, elogiada por pagar con cárcel durante 2005 la reserva del nombre de la fuente que había hecho pública la identidad de la agente de la CIA Valerie Plame, pero que al intentar volver a la redacción, el mismo año, debió dejar el puesto, entre otras cosas, por presión de sus propios compañeros, que no la soportaban. Ocurre que Miller se había hecho experta desde 2001 en las armas de destrucción masiva de Sadam Husein, siempre basada en fuentes que le habían requerido anonimato. Los códigos de ética de EE.UU. dicen que no hay que abusar de ese recurso.
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