A la Bolsa parece resbalarle todo: el Rusia-gate, el portazo al Acuerdo de París y los titubeos de la economía. La reforma impositiva, en el limbo.
Donald Trump
El Presidente Trump no cree en el cambio climático. La Bolsa, tampoco. Lejos de derretirse, encendió motores y consagró una nueva andanada de récords en el S&P500, el Dow Jones Industrial y el NASDAQ. La Casa Blanca está en el limbo, arde París, el Rusia-gate es un infierno. ¿Y Wall Street?. Suyo es el reino de los cielos. Mayo fue una fiesta, salvo el patín del 17. Y junio comenzó rotundo. América Primero, recita Trump. Sin embargo, las Bolsas del mundo no le pierden pisada. El índice Morgan Stanley MSCI All World estrenó máximos también. El calentamiento es global.
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Impresiona la firmeza de las acciones. No importa que Trump le dé un portazo al Acuerdo de París y rompa lanzas con sus socios del G7. Menos que menos, que se extravíe la huella de carbono. Un mal informe de empleo que señala una desaceleración en la creación de puestos de trabajo y una merma de la tasa de desocupación al 4,3% causada por una menor participación laboral no hizo mella, más allá de una primera reacción adversa. ¿No es el peor de los dos mundos, acaso? ¿No marca límites tempranos para el potencial de crecimiento? Wall Street no lo interpreta así. Otras limitaciones, más evidentes aún, tampoco lo detienen. ¿Qué pasa con las reformas que prometió Trump? "Nuestra reforma impositiva está avanzando en el Congreso", contesta el Presidente. La verdad es que todavía no la escribió ni la remitió. Que surja pronto un plan tributario detallado es tan probable como ver un unicornio, según un legislador oficialista. El rally continúa, explica un conocedor, Mohammed El Erian, porque ya no depende de Trump. La apuesta cambió. El optimismo pasa hoy por la expectativa de que la liquidez de la banca central no se interrumpa (y que las compañías sigan aumentando su rentabilidad).
Las acciones trepan como si mañana ya no hubiera ocasión de comprarlas. Y los bonos también. Con similar terquedad aunque por otras razones, a menudo enfrentadas. Los titubeos recientes de la economía le resbalan a la Bolsa, pero son un incentivo para aumentar exposición a la renta fija de largo plazo. La tasa de 10 años cerró el viernes en 2,16%. En la medida en que la FED se prepara para intervenir la semana próxima -con un cuarto de punto al alza- las tasas cortas (hasta los 3 años) se empinan, y en consecuencia, dada la simultánea caída de las tasas de 10 y 30 años, la curva de bonos del Tesoro no deja de achatarse más y más. No es la fotografía de una economía pujante. Todo lo contrario. Larry Fink, de Blackrock, lo advirtió esta semana: "Wall Street no está prestando atención al mensaje de la curva". Tampoco la FED si sube sus tasas. Y, por ende, si no las sube sería un golpe duro para la confianza. Un retoque en junio es necesario para preservar la fe, y después sí, una tregua hasta diciembre (útil para comenzar con la reducción de la hoja de balance y probar de a poco la solidez del terreno).
¿Quién tendrá razón? La economía desacelera. El rebote previsto para el segundo trimestre no se está produciendo. JPMorgan, por caso, estima un crecimiento de apenas el 1,5% (tras el magro 1,2% en el primer trimestre). Y a su estratega principal lo inquieta ver a la Bolsa correr tan de prisa cuando la economía acaricia el pedal del freno. Desde afuera se ve así. Encaramado en el lomo del rally, luego del revés del 17 de mayo, la pista se despejó. No es que no haya obstáculos temibles, pero la clave ha sido mudar de argumento justo a tiempo ora Trump, mañana los balances, pasado las elecciones europeas como quien cambia de montura sin bajarse del caballo. Increíble, pero cierto. Así lo prueban los récords. Es la primera vez, desde que comenzó el mercado bull en 2009, que hemos llegado a junio sin el zafarrancho de una caída módica del 5%. No obstante, si los bonos hunden el hocico por debajo de 2,20% (y 12 puntos base desde mayo), es, en buena medida, porque hay quienes, sin desensillar, toman la precaución creciente de cubrirse.
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