13 de julio 2009 - 00:00

La figuración argentina, celebrada en Brasil

Nicola Costantino se autorretrata desnuda sobre una bandeja, con el claroscuro barroco, en la muestra paulista «Argentina hoy».
Nicola Costantino se autorretrata desnuda sobre una bandeja, con el claroscuro barroco, en la muestra paulista «Argentina hoy».
San Pablo - «Argentina hoy» se llama la ambiciosa muestra que la semana pasada inauguró el Centro Cultural Banco do Brasil, con obras figurativas de 32 artistas de nuestro país realizadas en el transcurso del siglo XXI. La exhibición, organizada por la brasileña residente en Buenos Aires, Marlise Jozami, financiada por el Banco, y curada por la argentina Adriana Rosenberg y el paulista Franklin Pedroso, está acompañada por un buen catálogo y un sólido soporte teórico, que se apoya en los ensayos de los historiadores Diana Wechsler y Raúl Antelo.

La obra que recibe al público está bien elegida: el lobby circular, abierto hacia a las tres plantas de exhibición del edificio, está intervenido por Flavia Da Rin. Hay tres grandes fotografías montadas sobre un muro de vegetación y escoltadas por el enorme tronco de un árbol que configuran una escenografía de cuento infantil. La artista cursa una invitación visual a descubrir la muestra y se torna evidente que la elocuente figuración adquiere su razón de ser.

Da Rin se autorretrata como una niña sorprendida, y sus nenas con ojos grandes traen a la memoria el personaje de «Alicia en el país de la maravillas», pero además, llevan la impronta de los dibujos «manga» del comic japonés. Rodeadas por un bosque con filodendros y otras plantas fantásticas, las niñas con sus gestos expectantes parecen, como en un juego, anticipar algo lo que el espectador va a encontrar en la muestra.

La obra de Leandro Erlich consiste en un cuarto con un interior espejado, y múltiples ventanas que se abren al exterior y permiten innumerables puntos de vista. Erlich presenta una visión panóptica, construye junto con los espectadores que se miran en los espejos, una escena que remite de inmediato al diseño carcelario con «visión total» de Jeremy Bentham, que permite ejercer la vigilancia de todas las celdas al mismo tiempo. Éste es el punto de partida, pero Erlich juega, provoca la desesperación de los espectadores, los incomoda, porque al espiar por las ventanas, nadie puede escapar de la imagen de sí mismo que, como por arte de magia se repite una y otra vez en los espejos.

En la Argentina el trabajo manual y el arte ornamental disfrutan de una jerarquía especial, y Marina De Caro, exalta en una enorme instalación, la vertiente del arte sensible y el encuentro con la belleza. Con sus propias manos, De Caro bordó las gigantescas flores del piso y dibujó los durazneros floridos sobre las paredes de la sala. Al igual que Gepetto, el carpintero que modeló a Pinocho y con su amor le infundió el alma, la artista logra dotar de vida sus esculturas blandas, sus personajes de trapo. Una luz rosada envuelve al espectador que ingresa a un espacio mullido y grato, que se torna inquietante al ver unos colchones de colores superpuestos, donde están tendidos sus monigotes tejidos. Los desmañados muñecotes de tamaño real, yacen como cuerpos sin vida o juguetes a los que se les acabó la cuerda.

Lejos de la estética del mainstream dominante, que suele subordinar la materia sensible a la conceptual o política, la instalación de De Caro que se presentó por primera vez en la Bienal de Pontevedra, ejerce una extraña seducción. En la misma vertiente, Matías Duville borda sobre seda con hilos verdes unos bosques de maravilla.

La muestra reúne varios hits del arte contemporáneo, producto de una selección que privilegió la calidad y el atractivo visual, antes que la novedad. Varios de los trabajos que llegaron a San Pablo se han exhibido en bienales o ferias, y se distinguen porque logran sorprender al espectador. Un buen ejemplo es la sobrecogedora imagen de un jinete recostado sobre un tordillo, una fotografía de Leonel Luna, que arrastra la carga densa del romanticismo y trae al presente la conflictiva historia sarmientina de «Civilización y barbarie». El mismo artista presentó en 2002, en arteBA, «A la conquista del desierto», una foto intervenida, donde recrea la pintura histórica de Juan Manuel Blanes, pero esta vez con piqueteros como protagonistas.

La política es la materia de Luna y, sobre todo, de las obras de Graciela Sacco, de sus «Sombras del Sur y del Norte» que replican una imagen de Mayo del 68, y recorrieron el mundo en estos últimos años. El motivo del mural de Mariano Molina, una manifestación en sombras, es también político, como la «Batalla campal» de Tomás Espina, una tela con formato mural. La obra pertenece a la extensa serie en la que Espina utiliza pólvora como pintura, fórmula que descubrió en 2002, cuando reprodujo la masacre de Avellaneda, el asesinato de Kosteki y Santillán.

Ana Gallardo, cumplió en estos últimos años el papel de operadora sociocultural, como tantos artistas que comenzaron a procurarse por sí mismos lo que nadie les daba. Así, el video «Casa rodante», tomado durante una performática recolección de muebles, muestra su trabajo en un territorio que se confunde con la vida real.

Son varias las obras más o menos poderosas, donde se perciben los rastros que dejó la feroz violencia desatada cuando estalló la crisis de 2001. Desde esta perspectiva, si se considera que los artistas son sismógrafos del acontecer social, los eclipses de Ernesto Ballesteros que ocultan las fuentes de luz y crean un mundo metafísico, se convierten en enigmas de difícil interpretación. Es decir, los eclipses se pueden ver de otro modo, como agujeros negros en el paisaje, que aparece entonces perforado con la precisión de un balazo.

Las fotografías de Esteban Pastorino tomadas desde un barrilete, no hacen otra cosa más que subrayar la fragilidad del lugar donde vivimos, un mundo de juguete que parece una maqueta. Si «todo arte es político» como asegura Sacco, y si es cierto que tan sólo se diferencia «una producción de otra por el compromiso social que pueda tener», también es cierto que la dramática situación económica, social y política de nuestro país, provocó respuestas contradictorias.

Por un lado fue un detonante para el arte político y comprometido, pero también motivó una vuelta al arte puro, al quehacer ensimismado y a que muchos artistas renovaron su compromiso poético con el mundo.

Acaso con esta intención, Barreda subraya el pulso del artesano. A través de una sofisticada animación, reconstruye la casa de cristal de la arquitecta italiana Lina Bo Bardi, y le inserta una pequeña pantalla donde diseña una figura femenina. Desde el corazón de esa mujer brotan ramas que florecen. Esas líneas temblorosas crecen, recorren el cuerpo y con el gesto sensible del dibujo llegan hasta el vientre y acaban por diseñar una casa dentro de la casa. El componente sonoro es importante: cada nota coincide con el crecimiento progresivo de la línea.

Con el mismo afán poético, Estanislao Florido presenta dos videos con temas disímiles y la misma estética juguetona de los dibujos animados; en uno, cuenta las andanzas de un pequeño cartonero; en el otro, muestra bellísimas escenas del campo tomadas de las pinturas de Pieter Brueghel.

Sandro Pereira, recrea la célebre escultura helenística «El Espinario», modela el jovencito que trata de quitarse una espina del pie, con alfileres de perlas y lo presenta decapitado. «Con su obsesión secular ha perdido la cabeza», señala Wechsler, y destaca que el citacionismo de varias obras, como la «Dama del armiño» de Leonardo que recrea Res, está siempre subvertido.

¿Cuál será la percepción del público de Brasil frente al humor argentino de Márcos López, tan dulce y grotesco a vez? ¿O ante las banderas de Boca y River flameando como llamas encendidas de Dino Bruzzone, las pinturas que se esconden en los mullidos peluches de Gómez Canle y las palabras inestables de Sardón en la arena?

En medio de las urgencias que marcan los ritmos urbanos de los videos de Silvia Rivas y Jorge Macchi (quien vuelve a recurrir al sonido del talentoso Edgardo Rudnisky), se abre la ciudad blanca y abstracta de Siquier. Refiriéndose a ese espacio delimitado por el misterio de la sombra, el artista dice: «Mi trabajo celebra la ciudad y los intentos fallidos de un orden imposible. Me interesan las imperfecciones e intento desprenderme del ornamento, para convertirme en un artista duro, con una obra seca, áspera». Al rescatar textos que se incorporan al sonido y las visiones urbanas, Leandro Tartaglia, establece un enclave para la reflexión.

Entretanto, con el magnífico oficio que la caracteriza, Nicola Costantino se autorretrata desnuda sobre una bandeja, con el claroscuro barroco. Es el fin de la muestra, que se completa, entre otras obras, con un mural de Leila Tschopp, que abre espacios virtuales, y se corporiza en ese espléndido retablo que cierra la exhibición.

Desde el título, «Argentina hoy», la muestra encara tarea de mostrar la extensa producción del arte actual, una misión a todas luces inalcanzable, pero es a través de pantallazos, de fragmentos, que se logra un acercamiento a ese todo inabarcable.

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