4 de junio 2014 - 00:00

La identidad es clave en la primera novela de Gabriela Grünberg

Gabriela Grünberg: “Yo creo que se puede transmitir más violencia o más ternura en un gesto que en una descripción detallada, perversa o amorosa”.
Gabriela Grünberg: “Yo creo que se puede transmitir más violencia o más ternura en un gesto que en una descripción detallada, perversa o amorosa”.
La historia de cuatro generaciones de judíos, desde aquella primera que escapó de Rusia y del hambre para llegar a nuestro país y supo de dramas, de genocidios, que son una memoria que corre por su venas, más allá de los cruces, manteniendo tradiciones y forjando identidades, es lo que cuenta Gabriela Grünberg en "La memoria de la sangre", que acaba de publicar Nuevohacer. Se trata de su primera novela, luego de tres premiados libros de cuentos ("El titiritero y otros cuentos", "Los nudos de la memoria", y "La morada de las pasiones"). Gabriela Grünberg , que reside desde hace 16 años en Neuquén, vino a Buenos Aires a presentar su nuevo libro, y dialogamos con ella.

Periodista: ¿Cuándo empezó a escribir esa saga de una familia judía, a través de cuatro generaciones, a partir de los que emigran de Rusia a la Argentina?

Gabriela Grünberg:
El primer esbozo de la idea, que no sabía que se iba a convertir en una larga novela, surgió hace muchos años estudiando en el taller de literatura creativa del dramaturgo Ricardo Monti, después de haber publicado "El titiritero y otros cuentos", que fue mi primer libro. Cuando empecé a escribir no tenía la menor de idea de que se iba a tratar de una saga. Monti me daba ejercicios inspirados en personajes de Tennessee Williams. Yo no tengo el don del teatro, pero me gustó partir de un personaje femenino, reconstruir la historia de una mujer, que imaginé lejana. Así surgió Sara. Cuando tendría unas treinta páginas, a mi marido que trabajaba en YPF, lo trasladan a Neuquén, y allá nos fuimos toda la familia. Dejando de lado lo escrito sobre Sara, me dedico a dos libros de relatos "Los nudos de la memoria" y "La morada de las pasiones". Y en 2008, doce años después, retomo la historia de Sara, y empiezo a trabajar intensamente en ella durante más de tres años. La historia creció y se convirtió en forma inesperada para mí en los jalones de la vida de una familia. Creo que los personajes en un momento pasan a habitar al narrador, por lo menos eso es lo que me pasó a mí. Un personaje me fue llevando a otro. Y yo quería contar la historia desde las voces de los personajes. Buscaba que lo que decían permitiera comprender dónde estaban y qué les pasaba. Quería que el lector pudiera comprender lo que no estaba escrito.

P.: Quizá el haber salido de un taller de dramaturgia la llevó a esa forma de escritura.

G.G.:
Construí "La memoria de la sangre" por escenas. Escribo de esa manera. No es que parto de una idea, me surge una escena y sobre esa escena voy trabajando. Así los personajes van apareciendo. Trabajo como en un tiempo suspendido.

P.: Pareciera que busca concentrar la imagen del personaje de forma muy concentrada, sin detenerse en demasiados detalles.

G.G.: Monti
me planteaba que contara de una mujer. Yo llegaba con diez hojas. Y él me decía: quiero ver el personaje en un renglón. Me fui despojando hasta que el personaje aparecía no en un renglón pero en dos. Esa impronta se ve en todos mis libros. Sobre eso he trabajado. Busco ver la acción, ver al personaje moverse, siento que si yo veo la acción, el personaje, la circunstancia, la escena y puedo lograr transmitirlo, también eso le sucederá al lector. En ese sentido algunos lectores me han dicho que ese modo de contar se parece al cine. Eso me dice, por ejemplo, Ingrid Pelicori, que escribe las contratapas de mis libros desde que ya no puede hacerlo Nina Cortese, que fue como mi madre.

P.: ¿Cómo hizo para establecer el desarrollo histórico de sus cuatro grandes protagonistas: Sara, Clara, Elisheva y Yael? 

G.G.: Trabajé en dos planos. Hay personajes que al ser evocados en una escena actual, de algún modo, sigan presentes. O que nos lleve a una situación donde fueron protagonistas. Siempre, de ese modo, están reapareciendo Sara, o Clara, o Abraham. Desde el hoy se regresa al pasado, porque en el pasado está la clave de muchas cosas del presente. Cada tramo de la saga está precedido del relato del encuentro de David con una sobrina recuperada, que hasta ese momento creyó llamarse María José, y comienza a conocer su identidad biológica, su familia de sangre, a saber definitivamente que es la hija Elisheva, que estaba embarazada de seis meses cuando la secuestraron, como le explica el juez que la entrega a sus tíos. A partir de esa última generación se viaja a las anteriores. Creo que "La memoria de la sangre" es una novela sobre la identidad, en la que cada personaje recuperará la propia.

P.: Esa sangre tiene que ver con etapas sangrientas, con los enormes conflictos y dramas que han vivido, holocausto, pogroms, dictadura...

G.G.:
En el último tramo de la saga, los once capítulos dedicados a Yael, se van mezclando todos los planos. Los personajes la rodean para que así ella reconstruya su múltiple identidad, como judía, como argentina, como hija de una desaparecida, como bisnieta de Sara. Del mismo modo David podrá reconocer que no es hijo de quien cree que es.

P.: Los momentos de fuerte emotividad están a cada paso en su novela, ¿cuáles son los que usted sintió más profundamente al escribir?

G.G.:
Cuando se termina un libro se produce en uno como un vaciamiento. Cuesta mucho despegarse de los personajes. Me siento que fui una intermediaria de ellos, que me habitaron durante un tiempo. Una etapa que me costó emocionalmente fue cuando Clara se encuentra con el acomodador de cine y le da el pañuelo de Elisheva, cuando la escribí sentí que temblaba. Ese pañuelito, guardado en la caja de las cosas perdidas, le devuelve a Clara un recuerdo de su hija, desde lo perdido. Esa escena resume memoria y olvido. Las escenas más fuertes son las de síntesis. Otra escena es la muerte de Clara. Esa escena donde Sara pasa la mano por el cristal ventanal y del otro lado el Patrón hace lo mismo, y ella era su alma gemela, y traté de hacer llegar al lector lo que podría haber sentido el patrón apoyando la mano sobre el vidrio y dándose cuentas que fugazmente pasaba el amor de su vida, al que él renuncia. Es el momento en que mientras Sara muere Don Carlos, el Patrón, sentado en un sillón lee un poema de Heinrich Heine de el "Libro de los Cantares" donde dice soñé que me dejabas, vida mía, y lloro todavía. Mientras Moshe recita al lado de la muerta el "Cantar de los Cantares" de Salomón. Muchas veces pienso que se trata de encontrar escenas que puedan resumir vidas, que puedan hablar de los tormentos pero también de los momentos felices, y dejar saber que la vida pasa por esos otros momentos en que se instala la rutina, los hábitos cotidianos, los encuentros sin sorpresa. Y no se trata de lo conmovedor de los grandes momentos, del instante de las confesiones dramáticas, de las escenas violentas, pero yo creo que se puede transmitir más violencia o más ternura en un gesto que en una descripción detallada, perversa o amorosa. No se imagina lo difícil que es decirle adiós a un personaje ficcional como Manuel, que reúne en sí mismo la historia de nuestro país.

P.: ¿Cómo hizo para trabajar esos aspectos históricos y rituales de lo judío y lo argentino en casos como ese?

G.G.:
En un aspecto estudié mucho, en otro dejé que me viniera por la memoria de la sangre. Provengo de una familia liberal. Mi abuelo en su poema "Testamento" decía que ni sus cenizas entrarán en Sion porque él se consideraba argentino, un poeta judío argentino. Es lo que yo siento. A la vez mantengo las tradiciones porque están dentro mío. Mi viejo estaba casado con Nina Cortese y en mi cada había un rosario junto a un Moisés.

P.: ¿Ahora qué está escribiendo?

G.G.:
Tengo terminado el libro de relatos, "Cuando callan los olivos". Y estoy trabajando en otra novela. Trata de una mujer que sobrevivió a Auschwitz. El libro va a ser la historia de un espacio, con personajes que va a ese lugar, a ese territorio.

Entrevista de Máximo Soto

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