29 de octubre 2010 - 02:32

La mirada perdida se adivinaba tras anteojos oscuros

Hugo Moyano fue una de las primeras figuras de la política que se acercó a saludar a Cristina de Kirchner ayer en la capilla ardiente montada en Casa de Gobierno.
Hugo Moyano fue una de las primeras figuras de la política que se acercó a saludar a Cristina de Kirchner ayer en la capilla ardiente montada en Casa de Gobierno.
«Por favor, compañeros, en fila de a dos y celulares apagados». Un hombre bajito, de traje y aspecto cansado era el último obstáculo a salvar antes del ingreso desde la fila al velatorio en la Casa Rosada, tras una espera de no menos de cinco horas. De no haber sido por las coronas, el acceso al Salón de los Patriotas Latinoamericanos parecería el de un estadio de fútbol en el arranque de un clásico o de un recital: banderas argentinas y de países limítrofes, así como de un sinnúmero de partidos políticos, agrupaciones sindicales y organizaciones sociales; remeras y carteles hechos a las apuradas con leyendas.

La movilización masiva frente a la Plaza de Mayo para despedir los restos del ex presidente Néstor Kirchner se ordenaba ayer en una fila que se extendía por hasta una veintena de cuadras desde el frente de la AFIP, en H. Yrigoyen, rodeaba la plaza y seguía por Av. de Mayo, hasta la avenida 9 de Julio.

Oscilante

El tránsito dentro de la Casa de Gobierno demandaba un promedio de apenas cuatro minutos, desde el momento en que podía divisarse el ataúd custodiado por Cristina de Kirchner, hasta el momento del egreso. Flanqueada por su hijo, Máximo, y su cuñada Alicia Kirchner, la mandataria oscilaba entre el mutismo y la mirada perdida que se adivinaba detrás de sus anteojos negros, y el gesto de agradecimiento ante el saludo de un visitante. En alguna ocasión, conmovida por el llanto de un asistente, se levantaba de su silla para fundirse en un abrazo.

El público ordenado para la despedida era muy disímil: las camisetas del seleccionado argentino y los overoles de trabajo se confundían con trajes y vestidos elegantes. También imperaban las remeras identificatorias de filiales sindicales y de organizaciones políticas.

Divergían las reacciones de quienes pasaban delante del cajón. Algunos sollozaban sin consuelo, otros rompían en llanto. Unos más vociferaban «viva Néstor», «fuerza, Cristina» o «viva la Patria, carajo».

Los más, permanecían en un silencio absoluto, con la mirada clavada en el piso y con gesto de no poder creerlo. Como si abrigasen la esperanza de ver abrirse el cajón y divisar al hombre de saco cruzado, despeinado y con un ojo entrecerrado. Cada cinco minutos, ante un vocifero, el público estallaba en aplausos.

El personal estable de la Rosada se tropezaba con enfermeras privadas y de la Cruz Roja. Fue frecuente ver mujeres descompensadas que debían ser atendidas por los profesionales, al menos con un vaso con agua y el ofrecimiento de una silla para reponer fuerzas.

Entre las coronas que tapizaban la explanada de la sede del Ejecutivo primaban las de gobiernos e intendencias como las de Santa Cruz, Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires, junto a otras como la del intendente de Tres de Febrero, Hugo Curto; de la Comisión Nacional de Energía Atómica o la de petrolera YPF.

Todos los pasillos de la Rosada estaban impregnados del mismo clima que se vivía en torno de la jefa de Estado. Los trabajadores habituales no se animaban a alzar la voz aunque estuvieran a decenas de metros del cajón. Los ojos enrojecidos se notaban en todos los rostros.

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