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8 de agosto 2023 - 00:01

La música, sobreviviente: la ópera compuesta en el campo de Terezin

Diálogo con el cineasta Sebastián Alfie, que estrena el jueves un film sobre “El káiser de la Atlántida”.

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Sebastián Alfie. El cineasta argentino residente en Madrid que estrenará “El káiser de la Atlántida”.

Justo a nueve años y tres días de su anterior estreno en salas, el emocionante “Gabor”, Sebastián Alfie, uno de nuestros mejores documentalistas, estrena una nueva obra, también singular: “El káiser de la Atlántida”, historia de la opera satírica compuesta en 1943 por dos condenados de un campo de concentración, Viktor Ullmann y Peter Kien, cómo la hicieron, cómo pudo conservarse, y cómo décadas más tarde fue rescatada y llevada a los escenarios. “A sus autores los mataron dos veces, por el gas y el olvido, pero han vuelto”, subraya Alfie. Dialogamos con él.

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Periodista: Ante todo, ¿qué es de la vida de Gabor Bene, ese hombre que, aunque se había quedado ciego, volvió a trabajar como director de fotografía? ¡Era un maestro en todo sentido!

Sebastián Alfie: Seguimos en contacto. Ahora se retiró, y trabaja como mesero en un restaurant de Canadá enteramente atendido por ciegos. Canadá brinda mucha ayuda a los discapacitados, más que otros países, y, por supuesto, mucho más que Hungría, su país natal.

P.: Y usted sigue mostrándonos personas que van adelante pese a sus dificultades, como en el corto “Asociación Argentina de Actores”, y ahora en “El káiser de la Atlántida”.

S.A.: Hay un hilo, me doy cuenta, protagonizado por artistas que siguen pese a todo, porque en ellos la vocación puede con todo. Distinto es “Diego, el último adiós”, porque fue un trabajo de encargo para HBO Max, en el primer aniversario de la muerte de Maradona. Ahí quise entender cómo alguien tan querido murió solo. Charlé con varias personas que lo rodeaban, la cocinera, la fotógrafa del club, su hermana Ana María, varias. Otras no quisieron participar. Ese trabajo, que en EE.UU. llegó al top ten, me permitió volver aquí por cuatro meses. Habitualmente vivo en España, donde hago institucionales y cine publicitario, algo que me da continuidad laboral, buenos presupuestos, material técnico de primera y artistas como Aguirresarobe, el director de fotografía con cinco premios Goya. En comparación, los documentales son un baño de humildad, empezando por el presupuesto.

P.: ¿Cómo nace su película sobre “El káiser…”?

S.A.: Vi la puesta de Marcelo Lombardero en el Colón, año 2006, y no se me ocurría cómo llevarla al cine, había tantas líneas que la dejé en una carpeta de proyectos. A esa carpeta la llamo Embriones. Hasta que en 2016 Gustavo Tambuscio, un argentino escapado de la dictadura, la puso en el Teatro Real de Madrid, justo cerca de mi casa. Bueno, me digo, ahora, al igual que el público, los músicos y cantantes se van a enterar de la historia, van a pensar, ¿por qué semejante obra tiene momentos de música tan feliz, y otros en que suena “devastada como un cráter”, según quería Ullmann?, ¿cómo interpretarla?, ¿qué códigos ocultos había?, ¿qué cosa exactamente les costó la vida a sus autores? Ninguna opera, que yo sepa, le costó la vida a su compositor. Pero aquello se hizo en Terezin, donde llevaban a los artistas, los poetas y escritores. Parecía un campo modelo, pero era la antesala de Auschwitz. Para la puesta en el Teatro Real se reunieron alemanes, españoles, argentinos, a todos la obra les resonaba de distinta manera, y les llamaba la atención que, estando ellos en el mundo de la ópera, no hubieran conocido hasta ese momento la existencia de “El káiser…” Y eso porque los nazis mataron dos veces a sus autores, por el gas y el olvido, pero han vuelto. Se vio a sala llena en el Real, antes en Amsterdam, incluso en Terezin.

P.: Es muy curioso el modo en que pudo rescatarse.

S.A.: Y muy cinematográfico. En esto tuvo mucho que ver el compositor Kerry Woodward. Lo estoy entrevistando y de pronto me dice “pará de grabar, que debo contarte algo”. Ya sabemos cómo es eso. Lo que no sabía era la importancia que tuvo en todo esto Rosemary Brown, la médium que el propio Leonard Bernstein consultaba, una mujer insospechable. Lo suyo no tendrá valor científico, pero tiene enorme valor poético. Y además lo que decía me daba pie para desarrollar algo que para mí es muy importante: el valor de la amistad. Mi maestro de cine, José Martínez Suárez, nos enseñaba eso: el valor de la amistad, el trabajo en equipo, y la austeridad.

P.: Tres buenas pautas.

S.A.: El cine es trabajo en equipo y sería un tonto si me creyera el único creador de la obra. En esto participan como coproductores Daniel Rosenfeld y Mariano Nante (por citar una sola obra, “La calle de los pianistas”, bellísima), su hermano Alex Nante, compositor de peso, el montajista Alejo Santos, los dibujantes de Golem Studio, que hicieron la parte de animación…

P.: Eso también es interesante. El cine documental se puede hacer con registros directos, material de archivo, entrevistados, recreaciones (un recurso que me desagrada) y animación. La animación es cine en estado puro. Y además en este caso los artistas de Golem aplicaron el mismo recurso de la carbonilla, y el estilo, de los dibujantes que estaban encerrados en los campos. De esos artistas, se dice que a veces, entre un pan y un pedazo de papel, eran capaces de elegir el papel.

P.: Vale la pena recordar el título completo de la opera: “El káiser de la Atlántida o El rechazo de la Muerte”. ¿Qué viene ahora?

S.A.: Algo totalmente distinto. Conseguí los derechos del libro “Sangre en el monte”, de Daniel Gutman, sobre la guerrilla en el monte tucumano. Quiero reflexionar sobre la locura de la violencia, que dio pie a violencias mayores, cómo nuestro país normalizó la violencia, cómo impacta en los chicos el contacto con la guerra. Mi referencia es “Band of Brothers”, donde cada capítulo comenzaba con una entrevista a quienes habían participado de la guerra, tanto de un bando como de otro. Espero hacerla.

P.: ¿Nunca más algo risueño como el “Abrázame así” de sus comienzos? Ese corto era un regocijo.

S.A.: Y era la historia de mi abuelo, el guión que hizo para la comedia “El ladrón canta boleros”, con Mario Clavell, y el modo en que conquistó a mi abuela. Esto es otra cosa. Personalmente, no haría una comedia sobre la violencia de los 70, sobre la dictadura, aunque espero que algún día se pueda hacer. Eso requiere una maestría que no tengo, una maestría a lo García Berlanga, por ejemplo.

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