10 de febrero 2015 - 00:00

La odisea (pero de Syriza) y los malos augurios por Chipre

La Europa de Merkel enfrenta su enésima crisis. Como se sabe, Grecia eligió nuevo Gobierno -la izquierda radical de Syriza, con el sostén de la extrema derecha de Anel- y el voto popular lo pertrechó de un mandato rotundo: cancelar el programa de rescate y sus dictados de austeridad, obtener una quita de la deuda y fijar nuevas reglas de juego con la Unión Europea. La diplomacia de Atenas -tras emprender una rauda gira por el continente- ya dispone de la respuesta -igualmente veloz- de Bruselas: no, no y no. Suavizar el discurso durante la tournée externa no sirvió de nada. El BCE comunicó que, al no poder completar la revisión del programa de salvataje, dejará de aceptar los bonos griegos como garantía de sus operaciones de refinanciación a partir de mañana. Como los helenos también votaron con los pies -y la fuga de depósitos no cesa-, la iliquidez de la banca local se complicó. Todavía está disponible la financiación de emergencia a través de la ventanilla de la ELA, más onerosa, pero viable. Sin embargo, a menos que Atenas pida una extensión del rescate, debería cerrarse también (el lunes próximo). La agonía se prolongará -haciendo malabares de caja-, pero a costa de mayores sacrificios que los que hoy impone el plan de austeridad (y de una nueva recesión). Las definiciones de peso van a agotar la paciencia antes de producirse.

La "blitzkreig" diplomática de Syriza puede ser evaluada con facilidad: la estrategia de choque -que el carismático ministro Varufakis suavizó- chocó contra el muro -sin ningún revoque- de sus socios de la eurozona. La agenda del domingo mostró a un primer ministro Tsipras encendiendo el discurso para la tribuna de su país; y a sus pares Merkel y Hollande absorbidos por los avatares de Ucrania. ¿Que el desdén puede ser un error descomunal? No será el primero ni el último. Europa y Grecia han cometido un tendal, sólo que el hilo siempre se corta por lo más delgado. Europa se estancó, y Grecia sufrió una gran depresión. La promesa que los votantes le compraron a Syriza, por cierto, no es reeditar una odisea.

Amenazas

Queda claro que la estrategia de Tsipras falla en un dispositivo esencial: la convicción de que Grecia asustaría con su amenaza de romper el euro. No se puede decir que nadie se conmueva -hay decenas de advertencias que comparan el Grexit con un bis de Lehman-, pero no asusta a quienes debería: ni a Alemania ni a sus otros socios en la eurozona, ni al BCE, ni a los mercados internacionales. Si las expectativas no se contaminan y contagian, no hay dominó ex ante. En todo caso, habrá que concretar la amenaza y comprobar sus efectos ex post cuando sea demasiado tarde.

Lo que sí asusta de Syriza es la infección que encarna. De ahí el rechazo compacto de Europa. Merkel paga los platos rotos de las relaciones públicas, pero los países que deberían ser aliados de Grecia en su propósito de flexibilizar las reglas -no sólo Portugal, España e Italia, sino también Francia- rivalizan en su negativa cerrada. Tsipras es el Chávez inaugural de una epidemia que, librada a su suerte, desalojaría a los Rajoy, Renzi u Hollande de un plumazo. ¿Si Rajoy facilita la negociación de Syriza -y les hace el campo orégano a sus pretensiones-, no le confiere entidad a la utopía de Podemos? Y habrá elecciones generales en España, a más tardar, el 20 de diciembre. Y otras siete en todo el continente.

Decisiones

No es sólo la suerte del euro, sino la de todo el establishment político que protagoniza el minué de la alternancia lo que desvela a la toma de decisiones. Y la "casta" preferirá una Grecia en cuarentena antes que el contagio político intestino por el virus de las concesiones. Se sabe que no es cierto que Alemania nunca ceda. Al frente del BCE, armado de paciencia y siguiendo las reglas de juego, Mario Draghi obtuvo imposibles, como las tasas de interés negativas, el QE soberano o el compromiso inflamado de hacer lo que sea para salvar al euro. No necesitó construir unanimidad, sino consensos mayoritarios. La apuesta unilateral de Syriza, en cambio, tiene un único antecedente, fallido: la rebelión de Chipre en la crisis financiera de 2013. Nicosia quiso salir de la moneda común mientras creyó que Putin podría rescatarla. El final: Europa no cedió un ápice, y Chipre terminó en el limbo de un "corralito" dentro del euro. Tsipras y Varufakis conocen muy bien la historia como para repetirla, pero, hoy por hoy, están encerrados en la misma trampa. Llamada a Moscú, incluida.

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