22 de julio 2015 - 00:00

“¿La relación humano-tecnología no será un pacto con Mefisto?”

Zoja: “La tecnología es muy importante, puede ayudar al conocimiento, a la evolución y al desarrollo, pero puede ser que perdamos la conciencia moral, el elemento empático”.
Zoja: “La tecnología es muy importante, puede ayudar al conocimiento, a la evolución y al desarrollo, pero puede ser que perdamos la conciencia moral, el elemento empático”.
A comienzos del siglo XXI la globalización y la revolución informática favorecen el acercamiento a personas lejanas, pero a la vez hacen crecer la indiferencia hacia quien está cerca. El vecino resulta un extraño. Esto surge como un producto de la cultura de masas y la descomposición de los valores tradicionales, que lleva a verse rodeado de extraños, a sumergirse en una soledad esencial. Son algunas de las ideas que pone en debate el filósofo y psicoanalista jungiano italiano Luigi Zoja en su libro "La muerte del prójimo", que editó Fondo de Cultura Económica. Luigi Zoja estudió en el C.G. Jung Institut de Zúrich, realiza su práctica clínica en Zúrich, Milán y Nueva York, fue presidente de la International Association of Analytical Psicology. Entre sus numerosas obras, en su mayoría traducidas a 14 lenguas, se encuentra "Paranoia. La locura que hace la historia" que amplió su prestigio internacional. En su breve visita a Buenos Aires dialogamos con él sobre su nuevo ensayo.

Periodista: ¿Cuándo aparece en usted la idea de "La muerte del prójimo"?

Luigi Zoja:
Creo que se originó en un viaje en tren de Zúrich a Milán, un recorrido que realicé mil veces. Por lo menos así es como aparece en unos primeros apuntes. Décadas atrás la persona que estaba en un asiento cercano era una presencia indudable, con quien se compartían cosas. Hoy en día quien sube a un tren no tiene un prójimo en el sentido más literal: todavía siente que las personas viven de afecto, pero sólo sabe demostrárselo a un ser lejano, gritando en el celular y molestando a quien está cerca. La paradoja es que uno no se comunica con alguien que está cerca, sino con alguien que está lejos. En los aviones ya había revistas y diarios que ayudan a disimular la verdadera humanidad que está sentada a nuestro lado, se sumaron para favorecer el aislamiento pantallas con películas o entretenimientos, y los pasajeros además desenfundan computadoras, tablets o se colocan prontamente auriculares.

P.: Usted se pregunta si así como a fines del siglo XIX Nietzsche anunció "Dios ha muerto", acaso al finalizar el siglo XX "habría que decir lo que todos vemos, que también ha muerto el prójimo". ¿Considera que lo humano está en un momento de duelo?

L.Z.:
Yo parto de un doble mandamiento que durante milenios rigió la moral judeo-cristiana: ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. Recuerdo que Benedetto Croce decía que no podemos no decirnos cristianos, porque nuestra ética formativa es la ética judeo-cristiana. Fijémonos que se dice ama a tu prójimo como a ti mismo; no más que a ti mismo, que sería un tipo absurdo de masoquismo, de sacrificialidad. Como a ti mismo es un principio democrático, de igualdad. Hoy vemos que la alienación se ha extendido, no es ya la de Marx, la que sufrían los trabajadores manuales en las fábricas de su tiempo, hoy abarca a toda la sociedad. Las transformaciones que han dado paso a la sociedad posmoderna han complicado el análisis de los mecanismos de la alienación. Hoy el empresario no ve más su fábrica. Tiene una relación informática, virtual, con su producción. El gran capitalista europeo tiene sus fábricas en China o, a veces, en Sudamérica, pero no en Europa. Hay productos que se arman por partes en diversos países. Es una racionalización que permite progresos tecnológicos, bajar los gastos, pero todo se vuelve loco.

P.: Usted indica que la tecnología que pareciera haber achicado el mundo, que pareciera acercarnos cuando en realidad nos aleja.

L.Z.:
Conviven las dos posibilidades, de la de la cercanía y la del alejamiento, pero como no tenemos una educación ética, no estábamos preparados para lo que se produjo en pocos años. Y me parece que no habíamos producido las defensas necesarias. Las neurociencias observan cómo la empatía es diferente si se trabaja directamente con personas o de manera virtual. En la guerra el horror no sólo era por el muerto sino para el que había matado, por la experiencia que había vivido. Ahora los pilotos de drones pueden, mientras toman sol junto a una pileta en un lugar lejano, matar con esos aparatos un centenar de personas que son como figuritas en una PlayStation, y luego darse vuelta y dar un beso a su hijo. La disociación de la empatía es la condición normal en los pilotos militares de drones. Cada vez la violencia se vuelve más anónima, y no sólo esto ocurre en el nivel bélico, se lo observa en la facilidad con que los delincuentes tienen tendencia a matar, la terrible declinación de la empatía. Las víctimas se han vuelto lejanas y virtuales, y eso aumenta la tentación de delinquir. Se ha erosionado el respeto por el prójimo. Se diluye el sentimiento de culpa. Lo que hace que evitar a los demás se haya convertido en una condición para la supervivencia.

P.: ¿Cómo organizó esa investigación que va de las psicopatías exitosas a los movimientos contestatarios, de los medios de comunicación a los chivos expiatorios?

L.Z.:
Fue como un monólogo muy intenso conmigo mismo en tres etapas. La primera trata de la presencia y la ausencia física de las personas, de la tecnología que hace perder la empatía, los programas de televisión que ofrecen imágenes verdaderas de crímenes y suicidios (que comenzó hace años con las películas snuff), el sexo virtual y la soledad esencial, las celebrities que así como aparecen desaparecen. En la segunda parte, como en mis otros libros, hago una investigación histórica. Me pregunto si la relación humana con la tecnología no es de tipo fáustico, un pacto con Mefisto. La tecnología es muy importante, puede ayudar al conocimiento, la evolución y el desarrollo, pero puede ser que perdamos la conciencia moral, el elemento empático. Esto se ve en la actividad humana más humana y más antigua, la literatura, que al comienzo fue oral, el contar. A Homero la gente lo escuchaba directamente. El teatro pone en presencia. La palabra escrita fue un enorme logro pero ya es "tecnología", empieza a poner distancia. Es una primera distancia entre el autor, relator, y el espectador, que se vuelve lector. Ese factor no ha dejado de transformarse y ampliarse, es la inflación de la distancia.

P.: En la tercera parte hace una crítica de la Generación del 68, a la que usted dice pertenecer.

L.Z.:
Ya en aquellos tiempos algunos de los miembros de los movimientos contestatarios me parecían en un estado de alienación, de excesiva excitación, que los había hecho perder la relación con los problemas reales. Parecían a la caza de chivos expiatorios. Hago una crítica de esos movimientos y de las soluciones abstractas que proponían. Todo se aplaza con una intensión ideal, utópica, sea la revolución marxista o el superhombre nietzschiano, que demostraron su fracaso. Esas ideas llevaron a perder la conexión con el aquí y ahora, la relación con el individuo. Todos eran símbolos, emblemas, esquemas abstractos.

P.: ¿Cómo ve el futuro en la medida de los irrefrenables cambios que impone la tecnología?

L.Z.:
Cada década nos trae más novedades que antes en un siglo. Yo he escrito sobre los mitos griegos arquetípicos de Hibris, de la arrogancia, de la desmesura, y de Némesis, del castigo, de la punición. Si existe, como yo estoy convencido, en la cultura algo que corresponde a lo que Jung llamaba el inconsciente colectivo hay, a causa de este exceso actual de posibilidades, casi un sentimiento de culpabilidad, de miedo a lo que va a pasar, a la punición arquetípica. En el mito griego cuando el hombre tenía un exceso de posibilidades, cuando cedía a la hibris, a la arrogancia, los dioses celosos ejercían el castigo. La relación griega con la divinidad era opuesta a la del cristianismo, donde es la imitación de Cristo que es el patrón del correcto comportamiento, del bien. Para el politeísmo griego la figura sobrehumana era únicamente de los dioses. Un hombre demasiado fuerte o una mujer demasiado bella tenía un día la punición de los dioses, porque sin usar la voluntad había logrado algo que a ellos no les pertenece. Ha habido con la tecnología una casi sustitución de Dios. El ser humano avanza para convertirse en un dios con prótesis tecnológica. Nos estamos divinizando. Actuamos a distancia. Tenemos una memoria inmensa y un saber a mano. La vida comienza a extenderse, no se sabe hasta dónde. Y el cuerpo humano no ha evolucionado en concordancia.

P.: Después de "Paranoia, la locura que hace la historia y de "La muerte del prójimo", ¿en que está trabajando?

L.Z.:
En un pequeño libro sobre las proyecciones, esos mecanismos psicológicos por el cual el sujeto atribuye a otros sus propias virtudes o defectos. En las sociedades tribales los antropólogos observaron que las proyecciones dan lo que llaman animismo, y es lo que Levy-Bruhl llamaba participación mística. El miembro tribal piensa que la selva, los animales, son partes de él mismo. En el mundo tribal todo es un nosotros, casi no hay un yo. Dios, según Freud, es una proyección. Los políticos, los líderes, los jefes hacen proyecciones. Y las proyecciones se están retirando en la historia, algo que Freud describe en "Totem y tabú y Jung en "Psicología y religión". Pareciera que en el siglo XXI ya no se proyecta más, hay cada vez menos pasiones. Al enamorarse se produce la proyección de una parte nuestra sobre otra persona, y viceversa. Ahora hay una tendencia que comenzó en Japón, pasó a China, se extendió a Europa, de "jóvenes retirados", que se quedan en su casa, son buenos estudiantes, pero prefieren no seguir adelante porque tienen miedo de la competitividad. Sólo se conectan con el mundo desde su encierro, no hacen proyecciones y prefieren no tener proyectos.

Entrevista de Máximo Soto

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