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La sed de venganza puede tener un precio caro
Néstor Kirchner
Para colmo, el heredero de la dinastía Saadi dejó entrever que esta semana anunciará que dejará el ya disminuido bloque del Frente para la Victoria en la Cámara alta tras el resultado de ayer, enojado luego de que tras su voto a favor de las retenciones móviles a la soja el Gobierno nacional no lo recompensó por su fidelidad tal como le habrían prometido. Incluso, su enojo se hizo aún más visible cuando se negó a subir al palco en el acto de cierre del Frente para la Victoria, mientras la vicegobernadora justicialista Lucía Corpacci le pedía a los gritos que se encaramara al escenario del oficialismo nacional.
Pero a Kirchner tampoco le importó. Es, aunque se resista a aceptarlo, el principal responsable de una derrota en una provincia que, no por local y periférica, deja de ser importante y trascendente para la arena política nacional. Y, en especial, para los comicios que se sucederán este año.
Pero el fracaso del oficialismo en Catamarca también catapulta al vicepresidente Julio Cobos a lo que es, en realidad, el primer triunfo de una fuerza anti-K tras el desmadre de la Concertación Plural. Todo pese a los esfuerzos del gobernador Eduardo Brizuela del Moral -un radical aliado con partidos locales- por capitalizar para sí el resultado ajeno al respaldo de Cobos que, como se sabe, se negó a participar del acto de cierre del Frente Cívico y Social.
De cualquier manera, el acompañamiento tácito y explícito del vicepresidente a las fuerzas oficialistas provinciales forzó el sello inevitable: que la de ayer fue la primera batalla electoral entre Kirchner y Cobos.
Nadie imagina que a partir de este resultado el esposo de la Presidente se repliegue sin un contragolpe. Anoche en las filas del Frente Cívico, los hombres cercanos al gobernador hacían números para estimar en cuántos millones de pesos decaerán la coparticipación y los fondos nacionales; un castigo a la «infidelidad» con la Casa Rosada que el propio Brizuela del Moral denunció ante la Justicia.
El sentimiento de venganza es capaz de hacer librar a quienes las perpetran las batallas más desiguales y obtusas. Como aquel general ateniense al que el oráculo le profetizó que si cruzaba el Egeo destruiría un ejército que, finalmente, terminó siendo el suyo. Ninguna voz grita más alto que Néstor Kirchner en el Frente para la Victoria. Tal vez su esposa logró imponerse la semana pasada, cuando se reunió sorpresivamente con los ruralistas de la Mesa de Enlace para iniciar un camino de acuerdo que aún no se concretó, pero que bajó los decibeles de una pelea que amenazaba con reeditar los cortes de ruta y las movilizaciones del año pasado.
La elección de ayer se instalará entre las derrotas más sonadas del kirchnerismo, junto con la mencionada pelea con el campo y la derrota a la reforma constitucional que el entonces gobernador peronista, Carlos Rovira, pretendía para imponer la reelección indefinida en Misiones. Allí el jefe del PJ nacional jugó una carta importante en el apoyo al mandatario, cuya opción, finalmente, fue claramente derrotada por un frente conformado por radicales y peronistas disidentes, con un obispo emérito cuya estrella triunfal se apagó poco después.
Por ahora, Kirchner obtendrá lo que fue a buscar a Catamarca: una derrota, un justicialismo unido para las circunstancias, pero resquebrajado hasta la atomización, la desaparición de la Concertación, la derrota a manos de un gobernador que fue alguna vez su aliado y los títulos de los diarios que tanto aborrece y que su aliado Barrionuevo le vaticinó por los medios: que Cobos derrotó a Kirchner.


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