Lamothe marca un quiebre con el arte contemplativo

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Luciana Lamothe reconstruyó en el espacio abierto de Prisma Kunsthalle en La Boca la obra que presentó en 2015 en la Maison Rouge de París. Con ella, la artista alcanza la máxima tensión en las formas escultóricas y provoca en el espectador los sentimientos encontrados que depara el vértigo.

La migración de las galerías y centros del arte desde las zonas urbanas hacia la geografía suburbana, fenómeno frecuente y común en las grandes ciudades del mundo, llegó tarde a la Argentina. A fines del año 2014 comenzaron sin embargo a poblarse los barrios periféricos, y La Boca alberga hoy a Prisma Kunsthalle, un espacio reciclado de 500 metros de arquitectura industrial, destinado al arte y otras actividades culturales.

El sábado por la tarde, Luciana Lamothe (1975) invitó a ver la reconstrucción de la obra que presentó el año pasado en la Maison Rouge de París, en la muestra "My Buenos Aires". La artista alcanza la máxima tensión en las formas escultóricas semejantes a un andamio de 3,50 metros de altura, formas que llevan a evocar el vanguardismo de la torre Tatlin, la obra más atrevida del constructivismo ruso. Con la misma rudeza estructural de los caños ensamblados de esa torre que nunca se construyó, el monumental diseño de Lamothe en el espacio abierto de Prisma depara sensaciones fuertes al espectador. El espectador -o actor, si decide ascender a la obra y vivir la experiencia de estar allí, en lo alto- recorrerá un camino que va directamente al encuentro del vértigo. Y al final de esa senda, en un espacio que se siente como el borde del abismo, se perciben los sentimientos desencontrados de atracción y temor que depara el vértigo.

El texto de Marie Bardet que acompaña la inmensa obra, "Metasbilad" (abreviatura de metasensibilidad), describe la dinámica que se pone en juego cuando alguien asciende a la estructura, entre los "tablones de madera, tubos de andamio, los propios músculos, huesos, líquidos, la imaginación de la caída, el sabor del desafío". La referencia a los músculos y los huesos no es metafórica, se refiere al propio cuerpo de aquel que interactúa con la obra. De este modo Bardet sostiene que cada paso contribuye a la confusión entre las sensaciones del cuerpo con las que movilizan la escultura. "No se sabe más quién da un paso, quién desliza, quién se inclina, quién se curva, quién acaricia, quién cruje", agrega en tono poético. No obstante, ¿es necesario escalar al andamio para comprender el sentido de la obra? ¿Lamothe marca un quiebre en la producción del arte para ser contemplado?

En el comienzo de la novela "Las memorias de Adriano", Marguerite Yourcenar describe los alcances de la contemplación, la serie de sensaciones que, ya viejo y alejado de los excesos, revive (o vive) quien fue emperador de Roma. Casi es posible establecer analogías entre el texto de Bardet referido a la interacción del cuerpo y la materia y la de Adriano con su caballo, cuando observa: "Participaba de mis impulsos; sabía exactamente, y quizá mejor que yo, el punto donde mi voluntad se divorciaba de mi fuerza". Así se refiere a las sensaciones del hombre a galope tendido en un día de sol y de viento. "Cuando Celer desmonta, siento que vuelvo a tomar contacto con el suelo", dice Adriano. "Alcanzo una comprensión que la inteligencia no me daría", agrega

Vivencias

La experiencia física es intransferible, tan sólo la imaginación puede llenar este hueco. Pero la escultura de Lamothe se abre a la interpretación, remite a otras vivencias ajenas a las de los grandes andamios de la arquitectura urbana. La seguidilla de maderas superpuestas en el piso que configura el camino se vuelve más delgada al llegar a un extremo. El más mínimo movimiento de quien llega al final del recorrido provoca un fuerte balanceo en dos tablas sin sujeción. Las maderas se doblan como un trampolín, invitan al salto cuando el cuerpo rebota. Hay, desde luego, diferencias. La primera es una baranda protectora.

Si se coteja con el arte de su generación, la obra de Lamothe se distingue del resto por su potencia. Basta recordar la construcción que montó hace dos años en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Y más atrás en el tiempo, el primer monumento que presentó en la beca Kuitca de la Universidad Torcuato Di Tella. La debilidad ha estado ausente de una producción poderosa, aunque atravesada en ocasiones por la violencia, la transgresión y los desbordes que rondan el delito, como la del mexicano-español Santiago Sierra o el chino Zhu Yu en el plano internacional, donde los ejemplos abundan. Sin embargo, justo en el estrecho límite de unas obras que se vislumbran como construcciones donde hay un peligro inminente, Lamothe supo tensar la sensibilidad y así encontró un estilo personal e inconfundible.

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