23 de junio 2014 - 00:00

Lang Lang repitió su empalago

La ilusión de madurez  en Lang Lang duró poco, al menos para aquellos que buscan en un músico algo más que una pirotecnia vacua.
La ilusión de madurez en Lang Lang duró poco, al menos para aquellos que buscan en un músico algo más que una pirotecnia vacua.


Recital de Lang Lang (piano). Obras de W. A. Mozart y F. Chopin (Abono Estelar, Teatro Colón, 20 de junio). 

Si el debut local del pianista chino Lang Lang en un marco similar, el Abono Bicentenario del Colón, en el 2012- había resultado un empalagoso baño de afectación, su nueva presentación, el viernes pasado para el Abono Estelar, parecía en sus comienzos mostrar apenas una evolución artística en el "fenómeno" que hace delirar a multitudes en todo el mundo. Pero la ilusión duró poco, demasiado poco, al menos para aquellos que buscan en un músico algo más que una pirotecnia vacua y un repertorio de muecas. El plan del recital había previsto una primera parte íntegramente dedicada a Mozart, con tres sonatas tempranas (KV 283, 282 y 310), y una segunda conformada por las cuatro baladas de Chopin.

Durante la ejecución de las dos primeras sonatas mozartianas del programa Lang Lang mostró una suerte de escisión clara entre un gesto musical en líneas generales discreto y su gestualidad física, siempre llamativa. Aunque su lectura no resultó satisfactoria, al menos se encuadró en los límites de lo tolerable.

El panorama cambió a partir del "Allegro maestoso" de la sonata KV 310, tocado con una vehemencia tal que el sector más desprevenido del público estalló en aplausos al finalizar este movimiento. Finalmente la ovación no iba a resultar tan extemporánea, a la luz de lo que sucedió inmediatamente después: Lang Lang anunció que había una falla en una de las teclas, y que tendría lugar una pausa. Resuelto el problema se aclaró "en off" que se daba por hecho el intervalo, que el pianista retomaría el programa donde lo había dejado y que continuaría sin interrupción hasta el final.

La sonata de Mozart finalizó entonces de una manera completamente desbordada que echó por tierra el recuerdo de los momentos más rescatables del recital hasta ese punto. De las cuatro "Baladas" de Chopin sólo puede decirse que la versión de Lang Lang fluctuó casi invariablemente entre lo meloso y lo atropellado. Finalizada la exhibición, el chino regaló dos bises tan festejados como el bloque precedente: el "Intermezzo" de Manuel Ponce y el "Gran vals brillante" en mi bemol mayor de Chopin en la versión más circense que pueda imaginarse.

Al igual que en su recital 2012, el ánimo del público del Colón quedó dividido, casi sin excepción, entre un sector (mayoritario, a juzgar por el estruendo de las ovaciones) que admiró incondicionalmente el carisma del chino y quedó rendido ante su gimnasia dactilar, sin importar lo que eso le hubiera costado a la música, y otro que se retiró con una sensación fluctuante entre el vacío y la indignación, sin dejar de lamentar que, contando con un bagaje y una preparación más que suficientes para ser un intérprete de primera categoría, Lang Lang no pueda sustraerse a un camino que lo aleja cada vez más del arte sanamente entendido.

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