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Laurie Anderson repitió su impecable fórmula
Lo que ofrece Laurie Anderson es distinto a lo de otros artistas, está realizado impecablemente, es de una coherencia interior absoluta, pero a los no tan fans les deja la sensación de repetir una y otra vez el mismo espectáculo.
Laurie Anderson es una artista multifacética. Es cantante, violinista, tecladista, dibujante, escritora o, para usar un término que podría abarcar todo, una performer. De allí que sea a la vez tan fácil y tan complicado explicar lo que hace, de un largo tiempo a esta parte, cuando se presenta en un teatro.
El enorme espacio del escenario del Ópera está inundado de velas encendidas. Sobre un costado, un sillón negro muy grande con un micrófono. Sobre el otro lateral, un atril que parece contener un tecladito, una notebook y unos papeles. La artista ingresa, vestida muy sobriamente, también de negro. Se planta sobre el costado del atril y arranca con su espectáculo, una palabra que le queda rarísima a lo que hace.
Anderson lee textos, en prolijo inglés, con dicción cuidada y expresiva. Son trece relatos (más uno en el bis) que hablan de experiencias propias con mucho de fantasía y dan cuenta de experiencias traumáticas juveniles, de recuerdos familiares, de los educadores y la falta de escrúpulos, de su postura desmitificadora frente a lo políticamente correcto con sus reflexiones poco enaltecedoras sobre los Amish o con los Tsutsil de México, por caso-, de la comida chatarra y de otros asuntos.
Si tuviera algo más de sexo y una pizca de escatología y no incluyera músicas que van dando cierta ilación a los relatos (que se suceden sin solución de continuidad), diríamos que lo suyo es un espectáculo de stand-up, del que conserva una fuerte dosis de humor ácido y siempre sutil. Pero la música es un protagonista importante aunque lejos está lo que hace de ser un concierto. Los textos están "intervenidos" con climas que salen de sus máquinas, sin constituir canciones o dejar traslucir procesos compositivos de formas claras. A veces, cuando las palabras se interrumpen, puede ser el violín eléctrico, estridente, con un volumen alto- el que hace algún aporte al desarrollo dramático. Sólo en un par de ocasiones, las intervenciones sonoras se reconvierten en pequeñas cancioncillas, más hablado-cantadas que cantadas plenamente; o, por lo contrario, en una oportunidad, el texto queda "en seco" con la protagonista sentada en el borde del sillón que tiene ese uso exclusivo, más allá del escenográfico.
Frente a todo esto, no es tan lineal el análisis crítico que puede hacerse de Laurie Anderson en esta nueva llegada a nuestro país y ya sin su compañero de los últimos años, el fallecido Lou Reed. La norteamericana actúa, también aquí, frente a un público incondicional, ¿quizá algo snob?, que la ovaciona en el comienzo y en el final. Y en buena medida tienen razón, porque lo que ofrece es original, distinto a lo de otros artistas, está realizado impecablemente, es de una coherencia interior absoluta. Lo no tan elogiable, con ojos de crítico y sin otras admiraciones, es que venga repitiéndose en el formato a través del tiempo y que, visita tras visita, siga proponiendo el mismo espectáculo, más allá de muy pequeños cambios que sólo pueden ser descubiertos analizando la lista de títulos.


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