4 de julio 2023 - 00:00

Lázaro: crónica de un Eternauta indigente

Diálogo con la narradora de “Tratado sobre el hambre”, cuyo protagonista es un hombre del submundo cuyo único capital que le resta es el lenguaje.

Zulema Lázaro. “Alirio, mi personaje, es una síntesis de muchos otros”.

Zulema Lázaro. “Alirio, mi personaje, es una síntesis de muchos otros”.

Feroz e incontenida es la confesión de Alirio, un hombre que vive en la calle y que ha elaborado un tratado donde funde sus prácticas de supervivencia, con ídolos y deseos, en “Tratado sobre el hambre” (Alfaguara), novela de Zulema Lázaro. Lázaro, que es licenciada en literatura, ha publicado los libros de cuentos “Barbarella” y “RePuesta”, y la nouvelle “El vaguito”. Dialogamos con ella.

Periodista: ¿Qué es un bichicome, como se autodefine el protagonista de su novela?

Zulema Lázaro: En mi infancia, bichicome eran personajes que merodeaban el barrio pidiendo algo para comer o que nos sobrara; hoy es simplemente un indigente. En “Tratado sobre el hambre” Alirio es un hombre que fue descendiendo socialmente, cayó en situación de calle y le cuesta salir a flote. En 2015 alquiló un taxi y no pudo pagarle al dueño, y en 2016 se quedó a la intemperie. Es alguien singular, está formado y busca socializar lo que sabe. Es una especie de El Eternauta, un héroe colectivo. Alguien que aprendió de Maradona a pensar en los otros, a estimularlos. Les dice a los otros bichicomes cuándo hay que ir al Comedor Popular y cuándo dan de comer en la Iglesia Ortodoxa Rusa. Alirio es como un patriarca que organiza su grupo.

P.: ¿Conoció a Alirio?

Z.L.: No, Alirio es una síntesis de muchos que terminaron en situación de calle. Es un ejemplo de gente que, al no poder ya salir de sus problemas, termina durmiendo en un rincón sobre cartones. Representa, de algún modo, a aquellos que ya no tiene ni para una pensión, los indocumentados, los que vivieron en una pieza de una casa tomada de Constitución y cuando no hay changas, y no le puede pagar al peruano que la regentea, termina viviendo en plena indigencia.

P.: Sorprende el lenguaje de Alirio, frenético, torrencial, que mezcla lo bajo con lo cultivado.

Z.L.: Él dice que el único capital que tiene es la palabra, y que va a seguir dándole brillo y esplendor con lo que puede. Los gauchos no hablaban como lo hacen en la literatura gauchesca. Hernández, Ascasubi, Gutiérrez, Estanislao del Campo arman un artificio que representa al gaucho. Yo armé ese artificio sobre una lengua verborrágica, cacofónica, que tiende a la digresión porque tiene mucho que quiere decir al mismo tiempo. Fundamenta lo que dice porque estudió en la Casa Amarilla, acá en la Boca.

P.: ¿El lenguaje de Alirio tiene algo del barroco de un Lezama Lima porteño o del “barroso” de Perlongher?

Z.L.: Adoro al cubano Lezama Lima, pero no creo que tenga nada que ver. Néstor Perlongher es un referente. A mí el barroco que me encanta es el de Carlos Fuentes. Entre los nuestros me importa Tizón, un grande, que cuenta desde el ascetismo, yo hago a la inversa. Él cuenta de un coya que baja con su mujer embarazada a esperar un tren que nunca llega, y yo lo que piensa, siente, recuerda, un tipo que tiene que alquilar una bañadera para poderse lavar y sentirse un poco decente. Los coyas de Tizón no tienen nada de nada porque les falta capital simbólico, Alirio lo tiene, y le sirve para el rebusque diario.

P.: ¿Es lo que le permite pensar un “tratado sobre el hambre”?

Z.L.: Su manifiesto de cómo sobrevivir en la calle, buscar refugio, tirarse bajo alerones, armarse una casilla con cartones y bolsas de consorcio. A Alirio, además, lo mueve algo más fuerte, su hija. Estuvo casado y se separó. Su mujer, que se quedó con la hija que tuvieron, armó una nueva pareja. Después el nuevo marido la metió en un psiquiátrico, y se quedó con la casa y con la nena. Y el tipo empieza a ver con ganas a esa chica que está creciendo. Cuando Alirio se entera se la lleva con él a vivir en la calle. Y le da lo único que tiene, lo que sabe, cómo vivir con nada, cómo a pesar de todo hacerse respetar. Su tratado es una serie de preguntas: ¿qué es el hambre? ¿Por qué no se puede extinguir? ¿Por qué nada es suficiente? ¿Por qué es la ceguera de los cómodos? Le enseña cómo escapar de morir de frío, de los que te mojan el colchón para que te vayas, y cosas así. Creo que me metí en esta historia para poder entender qué es realmente la pobreza profunda en un universo urbano.

P.: ¿Ese tema está en sus otros libros?

Z.L.: En “Barbarella”, mi primer libro, donde cuento de una chica de barrio que se quiere parecer a la Jane Fonda de esa película y sale a la noche vestida como esa actriz en los años sesenta, hay un cuento sobre un señor que ha pasado a vivir en situación de calle. En “El vaguito” un taxiboy para mujeres de cincuenta y más, está las cosas que hacen esas mujeres para pagarle.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

Z.L.: ”Tratado sobre la salud de los enfermos”, que siempre es una salud endeble. Pero, ¿qué podemos decir de la salud de los indigentes? Hay chicos de la calle enfermos, minados de piojos, que van al hospital, los revisan y le dan una caja de antibióticos, que no le alcanza para curarse, porque necesita tres, y no las consigue. Hay muchos con gastritis por lo que comen. El que anda con un yeso por una fractura, lo agarra la lluvia y ya no le sirve. Es como el negativo del cuento “La salud de los enfermos” de Cortázar, donde la madre, que está sana, hace creer a todos que está enferma, en mi libro a los que están enfermos el médico se da cuenta que ya no puede hacer nada con la diabetes o el cáncer de ese pobre que lo consulta y termina diciéndole vaya, vaya, está sano.

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