24 de julio 2009 - 00:00

Lo que la región se ahorra sin Bush

Soldados hondureños impidieron ayer el avance de seguidores de Manuel Zelaya en el pueblo de Paraíso, cerca de la frontera con Nicaragua, por donde entraría al país el mandatario depuesto.
Soldados hondureños impidieron ayer el avance de seguidores de Manuel Zelaya en el pueblo de Paraíso, cerca de la frontera con Nicaragua, por donde entraría al país el mandatario depuesto.
Barack Obama es cuestionado por ciertos observadores por la aparentemente débil consecuencia entre sus palabras y sus actos, que, en ocasiones, terminan siendo contradictorios, según denuncian.

Desde un punto de vista muy crítico, los presidentes Evo Morales y Hugo Chávez van mucho más allá y advierten directamente la mano estadounidense en el golpe de Estado de Honduras, aunque con medias palabras exculpan al mandatario demócrata.

A la luz de los hechos, la administración Obama evidenció una postura ante la crisis de Honduras que, si bien hasta el momento no fue decisiva (¿podría serlo?), resultó bastante clara. Por ejemplo, el candidato de Obama para la Secretaría adjunta para el Hemisferio Occidental (América Latina), Arturo Valenzuela, se trenzó la semana pasada en un áspero debate en el Senado, cuerpo que tiene que aprobar su nominación, cuando definió el derrocamiento de Manuel Zelaya como «un golpe de Estado tradicional».

Respaldo

En la misma línea, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, respaldó e impulsó la mediación del costarricense Oscar Arias, quien en ningún momento siquiera sugirió la posibilidad de hallar una solución que no incluyera el retorno de Zelaya al poder. La funcionaria tampoco dejó ver fisuras en su discurso, además de recibir a Zelaya en Washington. No bien los golpistas anunciaron una misión a Washington para explicar la situación, fuentes del Departamento de Estado dejaron saber que no recibirían a ningún hondureño que no fuera enviado del presidente depuesto. «No vemos otro gobierno», dijeron.

Hipótesis

Hasta aquí la gestión Obama. Cabe la pregunta: ¿Cómo sería hoy la situación en la región si George W. Bush siguiera en la Casa Blanca, o si John McCain hubiera ganado las elecciones de noviembre pasado?

Algunas aristas para tratar de imaginar esa hipótesis.

El senador republicano Jim DeMint (Carolina del Sur), integrante del Comité de Relaciones Exteriores, forzó el retraso el martes de la confirmación de Valenzuela en el cargo. «El presidente Obama se apresuró a ponerse del lado de Chávez y Castro antes de conocer los hechos», dijo, para luego calificar a Zelaya como un «dictador». La opinión de DeMint es representativa de la de varios de sus colegas de bancada.

La voz de quienes fueron responsables del Gobierno de Bush para América Latina también resulta elocuente acerca del escenario que se evitó. Los medios hondureños que apoyan el golpe dieron amplia difusión a las expresiones de Roger Noriega y Otto Reich, ambos ex responsables de América Latina en diferentes etapas del último Gobierno republicano.

Reich se preguntó el 10 de julio ante un comité del Senado: «¿Cómo puede la así llamada comunidad democrática permitirles a Cuba, Venezuela y otros países que, o bien han destruido sus propios gobiernos o están el proceso de hacerlo, que determinen los estándares de democracia de la región?». El ex funcionario de origen cubano admitió que el modo en que Zelaya fue expulsado del país no fue el más civilizado, pero adujo: «Podría ser explicado por el mal uso por parte de Zelaya de la Policía militar para hacerse con propiedad privada y beneficiar a su familia». Noriega consideró que la actuación del grupo de Roberto Micheletti respetó «en todo momento» la legalidad. Matizó luego que Zelaya debió haber sido encarcelado y no expulsado.

Opinión republicana

Cierra el círculo la opinión vertida por Ray Walser, analista para América Latina de la Heritage Foundation, acaso el principal think tank que abastece de ideas a los republicanos. Entrevistado por Ámbito Financiero en EE.UU., Walser sintetizó que Micheletti «actuó para preservar su Constitución» y denunció la «visión estrecha» de Obama.

El lazo con los republicanos norteamericanos se presenta como la casi única alianza internacional con que cuentan los golpistas, que apenas fueron reconocidos como gobernantes legítimos por un puñado ínfimo de países. Resulta previsible imaginar que, si Obama no estuviera hoy en la Casa Blanca, el continente estaría en estos momentos en plena ebullición, con cruces de acusaciones, sanciones de ida y vuelta, y a las puertas de un conflicto regional que, quizás, la diplomacia no podría resolver.

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