Los británicos quieren alejarse de los EE.UU.

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¿Quieren los británicos poner fin a su tradicional alianza con Estados Unidos? ¿Se acabó el amor en la pareja diplomática contemporánea de mayor influencia en el mundo?

Así parece desprenderse de un durísimo comunicado que diputados ingleses le hicieron llegar al Ejecutivo de su país: «La percepción de que el Gobierno británico fue un sumiso caniche toy (sic) ante la administración estadounidense, desde el inicio de la invasión de Irak y en el período posterior, está ampliamente difundida tanto en la opinión pública británica como en el resto del mundo».

Este lapidario diagnóstico de un grupo de 14 miembros, laboristas y tories, de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de los Comunes, llevó a estos diputados a solicitarle al Gobierno de Gordon Brown que, en adelante, se abstenga de usar el término «special relationship» (relación especial) en referencia a los Estados Unidos. Los diputados que firman el documento consideran que la imagen de excesiva condescendencia británica hacia los deseos norteamericanos «ha dañado profundamente la reputación y los intereses del Reino Unido».

Afectados sin duda por el impacto negativo que la prolongación de la guerra en Irak tiene sobre su electorado, y urgidos quizás por la proximidad de las elecciones generales (mayo de 2010), los honorables británicos piden a sus autoridades mayor autonomía y frente alta de cara a su socio de ultramar.

¿Qué pudo llevar a estos diputados a definir a su Gobierno como perro faldero de otro país? Consultado por Ámbito Financiero, el ex vicecanciller Andrés Cisneros, dijo que «estos exabruptos podrían originarse en una constante y generalizada nostalgia británica por un poderío que alguna vez tuvieron y que muchos consideran que Estados Unidos no les reconoce lo suficiente. Esa nostalgia por la grandeza del pasado explica en gran parte el fervor de la opinión pública británica durante la guerra de Malvinas, en la que muchos se sintieron trasladados a un conflicto supuestamente antifascista y prooccidental que no protagonizaban desde tiempos de la Segunda Guerra Mundial».

¿Qué efecto concreto puede tener esta declaración a corto o mediano plazo? El Foreign Office reaccionó de inmediato. Un vocero del Ministerio británico de Relaciones Exteriores dijo que «relación especial o no», lo que cuenta es que el vínculo con EE.UU. es «único, como únicamente importante es proteger nuestra seguridad nacional y promover nuestros intereses».

Justamente, en una columna en el Corriere della Sera, el analista internacional Bill Emmott, editor de la revista británica The Economist durante más de una década, destaca que la «special relationship» se basa en factores como la confianza recíproca y la cooperación entre los servicios de inteligencia británico y estadounidense y en que EE.UU. «sabe que, de todos sus aliados, el país dispuesto a combatir a su lado es Inglaterra».

También cabe relativizar el peso de la comisión de Exteriores de los Comunes como para modificar el rumbo de la política exterior británica que es resorte del primer ministro y de su gabinete. Eso explica, quizá, que los duros términos del documento no hayan causado el previsible escándalo, aunque es evidente que los parlamentarios se hacen eco de un estado de ánimo de la población.

¿Quiere y puede realmente el Reino Unido poner fin a su relación especial con Washington? La expresión fue acuñada por Winston Churchill en marzo de 1946. Pero Andrés Cisneros explica que el líder británico no hizo sino bautizar una situación preexistente, surgida en torno a la crisis del 30 y fruto de una transición que describe así: «La relación especial entre Estados Unidos y Gran Bretaña es estructural, no ocasional, y no surge de la época de Churchill, sino que es anterior a la Segunda Guerra: es un proceso único en la Historia en la cual un hegemón mundial como Gran Bretaña transfiere esa hegemonía a un sucesor sin enfrentamientos ni luchas, pacíficamente».

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