4 de octubre 2017 - 22:57

Los prejuicios cambiarios nublan decisiones (parte II)

En la primera parte de esta nota, publicada el 26/9, explicaba que, en el mundo, existen pocas monedas que verdaderamente floten. De los 32 países de América Latina computados por el Fondo Monetario Internacional, 18 mantuvieron una paridad fija con el dólar, en la década terminada en 2016. Ya sea por utilizar al dólar como moneda, tenerla fijada u oscilando imperceptiblemente respecto del dólar de EE.UU. Los otros 14 países mostraron una devaluación de entre el 2% anual, Honduras, Chile, Uruguay; Brasil, 5%; México, 6% anual. Argentina y Venezuela son los extremos del 117% anual y 146% anual respectivamente.

No obstante, manifestaciones de expertos, en América Latina nadie flota verdaderamente. La prueba de la flotación auténtica sería no intervenir en el mercado de cambios, lo cual se demostraría manteniendo las reservas internacionales constantes. O, lo que sería equivalente, sin intervenir en el mercado monetario, colocando o retirando obligaciones para frenar subas o bajas del dólar. Ninguno de los bancos centrales latinoamericanos que se dicen flotadores se mantiene al margen de intervenir en los mercados cambiarios/monetarios para controlar la cotización del dólar. Entre nuestros vecinos, Bolivia, Perú y Paraguay mantuvieron una paridad fija en la última década. Brasil y Chile devaluaron 5% y 2% anual, respectivamente.

Consideramos que la flotación no es ventajosa ni posible para la Argentina. Donde las transacciones más relevantes se calculan en dólares. Y no podemos olvidar las claudicaciones devaluatorias del BCRA, que nos arrojaron pérdidas patrimoniales sin precedentes en el mundo. En el siglo actual, el dólar pasó de la paridad con el peso a los actuales 17/18 pesos. Si queremos atraer inversiones del exterior, tener la moneda atada al dólar pareciera ofrecer menos riesgos que la falta de compromiso claro. Por supuesto, ello exigiría adecuar las cuentas con esa finalidad. Buscar eliminar seguridades a las inversiones, tornando incierto el valor del peso, lastima y deteriora los atractivos a las actividades en el país. Es como pegarse un tiro en el propio cuerpo.

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