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“Los recuerdos siempre son de algún modo ficción”
• RENATO CISNEROS REVISA EN UNA NOVELA LA VIDA DE SU PADRE, MILITAR MIEMBRO DE LA DICTADURA PERUANA
En diálogo con este diario, el escritor peruano habla de “La distancia que nos separa”, y afirma que la Argentina fue para su padre, “El Gaucho” Cisneros, “el amor primigenio, pero también el de sus relaciones amistosas siniestras”.
cisneros. Rulfo es en América Latina el gran autor de la literatura del padre.
Periodista: ¿Qué siente al estar de visita en uno de los lugares centrales de su novela?
Renato Cisneros: Si hay una ciudad con la que "La distancia que nos separa" tiene mucho que ver es Buenos Aires. Junto con Perú la Argentina es el destino natural de mi novela, y tenía muchas ganas de venir en un año especialmente importante, a 40 años del golpe militar, tema que sigue candente. La Argentina fue para mi padre su amor primigenio, pero también el de sus relaciones amistosas siniestras. Yo ofrezco episodios de su vida novelados que componen facetas del general Luis Federico El Gaucho Cisneros. Uno escribe algo así para desprenderse del padre, pero sólo sirve para aprender a llevarse mejor con su fantasma, nada más.
P.: A partir de la "Carta al padre" de Kafka ese intento de llevarse mejor con ese fantasma ha crecido en la últimas décadas con la "literatura del yo".
R.C.: En Latinoamérica esa pregunta acerca del padre es una metáfora íntima de la pregunta sobre el poder. El padre es la primera imagen del poder. Si se analiza esos libros que tratan de narrar la historia del padre se ve que exploran cómo se administra el poder en nuestros países. Y Rulfo es en América Latina el gran autor de la literatura del padre.
P.: Su padre nació en nuestro país, aquí se hizo militar, fue compañero y amigo de Videla, y estuvo a punto de ser presidente del Perú.
R.C.: Cuando la Junta Militar del Perú tenía sucesivos cambios internos, a mediados de los setenta, durante la presidencia de Morales Bermúdez, estuvo por ser presidente. Siendo muy amigo de mi padre, Morales sospechaba de él, porque en esa época todos sospechaban de todos. Por eso lo mandan a Francia a un cargo que le correspondía a un general de brigada, y él era general de división. Aceptó para no quedarse relegado. Estuvo muy cerca del poder durante cantidad de años, y tuvo relación directa con los militares argentinos. Nació en Buenos Aires, en Esmeralda 865, estudió en el Colegio Militar San Martín, estuvo en El Palomar, y sus amigos eran esos que con el tiempo se convirtieron en los monstruos de la dictadura. Yo crecí escuchando los nombres de Videla, Galtieri, Massera, Suárez Mason, a quien llegó a dar refugio. Nebulosa de sus amistades en la Argentina. Yo no sabía nada y entendía poco. Cuando estudié, me hice crítico del pensamiento que mi padre promulgaba y creía algo tan facho, eso me llevó a sentimientos encontrados. Lo más simpático es la relación sanmartiniana durante Malvinas, pero está también el capítulo previo a la Operación Cóndor donde hubo entendimiento entre los militares peruanos y argentinos para desaparecer algunos argentinos que buscaron refugiarse en Perú o para encubrir alguna acción militar.
P.: Al interés de esa parte de la novela se suma el atractivo de su macondiana historia familiar.
R.C.: Al estudiar a mi padre se me reveló un personaje lleno de sombras, a quien creía conocer y conocía muy poco. Me pregunté cómo sería la relación de él con mi abuelo, y la de mi abuelo con su padre, la de mi bisabuelo con el suyo. Y así encuentro que hay patrones de ilegitimidad que nos vienen de mi tatarabuelo, un sacerdote que sumaba hijos pero no les daba el apellido. Cisneros no es el apellido que me corresponde, yo debería llamarme Cartagena. Cuando le entregué al editor el original de 700 páginas, me dice: "Aquí hay dos novelas, la de su padre, y otra, macondiana, decimonónica, la de la gran familia latinoamericana". Esa familia tradicional, parental, donde hay quienes se encargan que los secretos permanezcan ocultos y otros, indiscretos, que deslizan pistas para que los descendientes inquietos podamos ir tras ellas. Cuando se cuentan las cosas más íntimas se suelen contar las más universales.
P.: ¿Por qué comienza su libro advirtiendo que no es una novela de autoficción?
R.C.: Cuando muere mi padre me di cuenta que él era el tema que iba a partir mi literatura. Tardé diez años en comenzar a escribir. Hay dos luchas. La del hijo que descubre y se horroriza ante ciertos datos que para el escritor son el combustible. Es la lucha del narrador con el lenguaje, cómo hablar del padre sin que sea melodramático. El Gaucho Cisneros, el ministro, el general, fueron formas retóricas que me dieron distancia. A mí, mi familia me hizo otra lectura no exactamente literaria. La advertencia inicial fue para que no se tomara la novela como un documento, es una novela. Los recuerdos son siempre de algún modo ficción. Mi padre fue para un sector de peruanos el gran villano del Gobierno militar, aún del Gobierno democrático de Belaúnde, quería decir eso sin subterfugios, sin negar el horror o maquillar su conducta, pero también su historia sentimental con Beatriz, y sobre todo su epílogo, arrinconado por la enfermedad y la muerte que lo van despojando de esa gran construcción que había hecho de sí mismo.
P.: ¿Y ahora qué está escribiendo?
R.C.: "La mentira original", una novela histórica precuela de "La distancia que nos separa". Trata de cómo la ilegitimidad se va repitiendo generación tras generación. El tatarabuelo cura y sus siete hijos con la misma mujer, mi bisabuelo con tres hijas ilegítimas como una amante del presidente, mi abuelo con dos historias en paralelo, deportado a la Argentina en tiempos de Alvear. Es divertido ver cómo, con distintas formas, se replica el modelo.


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