12 de noviembre 2009 - 00:00

Mercados eufóricos: ¿hay que frenar efervescencia?

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
Nadie aprende de la experiencia ajena. Ya cuesta demasiado aprender de la propia. El apetito por los activos de riesgo regresó intacto. Todo sirve para montar apuestas. Oro, acciones y obligaciones de empresas, materias primas, monedas, mercados emergentes. La debilidad del dólar es como la marea que levanta todos los botes. O casi: no hay todavía una reivindicación abierta de los negocios inmobiliarios. Dice bien el refrán que quien se quema con leche ve una vaca y llora. Por eso puede sorprender esta afición por los toros. Pero los banqueros centrales y ministros de finanzas del G-20 prometieron que, de su parte, no habrá cornadas. Precisamente, la garantía de los avances estriba en que el mundo convalece, que la crisis aún carcome los tejidos del empleo y las finanzas. Bajo esas condiciones, de ninguna manera, los gobiernos pueden pensar en apartarse del ruedo. Que en EE.UU. octubre destruyera 190 mil empleos, o que la tasa de desocupación se encaramase por encima del 10% no fue óbice para el ascenso. Más bien validó la promesa repetida de la Fed de mantener las tasas de interés extremadamente bajas por un «tiempo extendido». Que, cada fin de semana, un puñado de bancos caiga como moscas -ya suman 120 en 2009- es abono de la misma naturaleza. Así, el presidente de la Fed de Atlanta, Dennis Lockhardt, manifestó que la recuperación de los bancos está lejos de concretarse y que se corre el riesgo de subestimar el impacto dañino de las hipotecas comerciales como ocurrió con los préstamos subprime. Sin embargo, a nadie se le ocurrió que tales desventuras fueran motivo para bajar las persianas del rally.

Basta ver las penurias de las Bolsas de China para comprender cuán frustrante puede ser el caso opuesto, la superación rotunda de las dificultades económicas. La desidia que las aqueja desde agosto, cuando antes subían como rayo, no tiene otra explicación que el temor de asmático de perder el acceso al pulmotor artificial. Las autoridades no lo quitaron ni lo harán en fecha cercana. Sin embargo, desde que la amenaza tomó entidad, China aceleró su expansión a un 8,9%, pero Shanghai y Shenzhen respiran entrecortados. Sin conexión con la euforia de ultramar.

Interrogante

¿Qué hubiera acontecido si la propuesta del premier inglés Gordon Brown -un impuesto a las transacciones financieras à la Tobin- en vez de rechazarse de plano en el G-20, hubiese pasado a cuarto intermedio para su mejor estudio? En toda cornisa, la zozobra está siempre a la vera del camino. El balance es delicado. La economía no debe crecer tan de prisa como para zanjar de golpe todos sus trastornos, pero tampoco permitirse una recaída. Las autoridades no deben permanecer ajenas (y los problemas del empleo y del crédito son una manera eficaz de involucrarlas). No se precisa sólo el estímulo fiscal y monetario. El Tesoro británico tuvo que volver a remolcar a dos de sus grandes bancos: Lloyds y RBS. Su par en Washington carga con su propia cruz: las agencias hipotecarias. Los gobiernos deben intervenir, pero no poner piedras en el camino (como pretendía Brown). Cumplir con todas esas condiciones es un milagro. Y es una hazaña todavía mayor que el rally de las Bolsas y los activos de riesgo no se detenga y vaya por más.

Donde Nouriel Roubini ve una burbuja, los inversores ven una oportunidad. ¿Hasta dónde podrá galopar el rally montado sobre la grupa de la debilidad del dólar? ¿A esta altura, siendo un precio relativo, cuánto recorrido le resta? La tranquera que el dólar debería traspasar está cerrada -las monedas asiáticas y, en especial, el yuan que, desde que estalló la crisis, se ató a su suerte con candado-. Retozar sólo contra las monedas que flotan no provoca gracia ni en Europa, ni en Japón. Ni en Canadá, ni en Suiza. Que el dólar financie los negocios de arbitraje es un problema en ciernes, como también lo es la calidad de mucho de lo que se arbitra a favor. Así, que la libra cotizará a su valor más alto en dólares de los últimos tres meses -con el argumento del diferencial de tasas- mueve a risa. ¿Acaso un cuarto punto de tasa vale más que el engorro británico de no saber cómo diablos se zafará de la recesión? En este caso, hay que darle la diestra a Roubini. Sin embargo, con tan burdos arbitrajes será difícil inflar algo más perdurable que meras pompas de jabón. Bastará un corcovo del dólar -y no de los más fuertes- para derribar toda la estantería junta. El rally genuino podrá continuar, pero deberá cambiar de monta.

Que los activos de riesgo suban de precio es parte de la solución de la crisis (Alan Greenspan ya no estará de moda pero, en este punto, está en lo cierto). Pero hay subas y subas. Las hay -como las del precio del petróleo- que perturban. Que el crudo anticipe en sus cotizaciones una economía vibrante puede ser, por su rol clave en la matriz de insumo producto, una profecía autodestructiva, y por ello eriza los nervios. Gordon Brown fue muy tosco, pero el objeto de moderar la especulación «excesiva» era el que animaba al mentor original de su propuesta, James Tobin. Intervenir en el mercado de cambios -y estabilizar las expectativas de devaluación del dólar contra las divisas principales- bastaría para prevenir los dolores de cabeza de la coyuntura. Pero, como lo reconoció el secretario inglés del Tesoro, Alistair Darling, el G-20 debería desarrollar una vía de contener las efervescencias de precios de los activos que se producirán a medida que el mundo se recupere. Conviene saber que la intención existe aunque no se haya logrado consenso sobre la herramienta adecuada.

Dejá tu comentario