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Montevideo, la ciudad escenario del carnaval
Las murgas preparan cada año una presentación diferente, con letras, música y vestuarios renovados. Japilong (arriba), Agarrate Catalina (arriba derecha) y La Cofradía (derecha) son algunos de los conjuntos más conocidos.
Para explicar que el carnaval es su pasión, los uruguayos suelen decir que es comparable con el fútbol. Murgas y comparsas tienen «hinchas» y «simpatizantes» y todo el festejo es encuadrado en una competencia que hasta tiene lenguaje futbolero (primera y segunda ronda, liguilla y, finalmente, un campeón). Este año incluso hubo polémica por la transmisión televisiva, que quedó en manos del Estado. No es para menos, el público de carnaval se acerca a los 800 mil espectadores y supera largamente al que sigue a la pelota de cuero. La metáfora futbolera sirve como ejemplo para el turista, pero el carnaval es un fenómeno en sí mismo, con arraigo en todos los niveles sociales y, seguramente, mucho más complejo que el deporte más popular de la región. Baste decir que hasta hay un sindicato exclusivo de los carnavaleros (DAECPU), que el actual ministro de Economía, Álvaro García, es letrista de una murga nueva llamada La Cofradía, o que la música de la revolucionaria murga Agarrate Catalina -que suele visitar Buenos Aires- acompañó la campaña del presidente electo Pepe Mujica. Desde hace tres años se redobló la apuesta institucional con la creación del Museo del Carnaval en la zona del puerto, que acaba de inaugurar su propio tablado.
De este modo, del 1 de febrero al 10 de marzo, la ciudad se transforma. Las acciones principales se desarrollan en unos 20 tablados repartidos por casi todos los barrios. Los hay privados (bajo el amparo de algún capitalista) y públicos (organizados por el Estado y DAECPU). Se agrega la alternativa del céntrico Teatro Plaza (el único bajo techo) y, en la trasnoche, la opción de bares como Tras Bambalinas o el histórico Fun-Fun, en Ciudad Vieja, donde entre cervezas y uvitas (shot a base de vino con receta «secreta») se pueden escuchar muy buenas voces murgueras.
La agenda por estos días indica que todas las noches a partir de las 21 hay ofertas para ver y escuchar a todos los conjuntos en escenarios montados en clubes de barrio o en predios especiales. La cartelera suele incluir, por la misma entrada (un tablado «popular» cuesta entre 7 y 10 dólares y uno comercial, generalmente con mejor estructura, entre 12 y 25 dólares) la presentación de un par de murgas, algún parodista o humorista, y una comparsa de candombe.
Categorías
Aquí hay que aclarar que el carnaval montevideano exige una cierta competencia del espectador. El festejo tiene, por un lado, la expresión de las cinco categorías: murga, parodia, humor, revista (todas de tradición europea) y comparsa de negros y lubolos (tradición africana). Hay decenas de conjuntos, cada uno se dedica exclusivamente a sólo uno de estos géneros y desarrolla el mismo espec-táculo durante todo el carnaval. Las presentaciones son en los tablados y, en paralelo, están las actuaciones en el Teatro de Verano ubicado en la zona de Parque Rodó. Éste es el escenario oficial del carnaval, donde los conjuntos son puntuados por un jurado y van sorteando etapas hasta llegar a la liguilla en busca de la coronación. Luego está el fenómeno de los desfiles, que puede vincularse en parte con el resto de las expresiones carnavalescas del continente. Se realiza una apertura, que es un gran despliegue por la céntrica calle 18 de Julio y luego está la gran estrella: las Llamadas, sólo dos jornadas -fueron a principio de mes- en las cuales las comparsas ponen en escena toda la fuerza del candombe uruguayo. El desfile es por la calle Carlos Gardel y su continuación, Isla de Flores, en los barrios Sur y Palermo, y allí se recrea el espíritu surgido de los hipnóticos ritmos a base de percusión que introdujeron los esclavos traídos de África.
*Enviado Especial


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