8 de marzo 2010 - 00:00

“Muaré”: atractiva danza de pequeño formato

Natalia López y Marina Quesada, creadoras e intérpretes de «Muaré», pieza coreográfica que se desarrolla en un espacio muy acotado y cuya mayor virtud es su plasticidad casi pictórica.
Natalia López y Marina Quesada, creadoras e intérpretes de «Muaré», pieza coreográfica que se desarrolla en un espacio muy acotado y cuya mayor virtud es su plasticidad casi pictórica.
«Muaré», coreog., dir. e int.: N. López y M. Quesada. Mús.: J. Grela. Ilum.: E. Pérez Winter y A. Grimozzi. Esc.: J. C. García Gutiérrez y J. Drolas. Vest.: J. Harca y E. Kuriss Dick. (El Camarín de las Musas). Domingos a las 21.

A la manera de las artes plásticas, «Muaré» es danza contemporánea en pequeño formato. La obra de Natalia López y Marina Quesada (que ellas mismas bailan) se desarrolla en un espacio muy acotado, con una escenografía escueta en perspectiva que enmarca una reducida habitación contigua a un salón de baile. Un sillón, una mesa y abrigos amontonados crean la atmósfera de una trastienda que se vincula directamente con otro espacio, virtual para el espectador, donde se desarrolla algo así como una fiesta muy ruidosa.

Partiendo de la frase «El mundo es siempre de los otros», de la escritora brasileña Clarise Lispector, López y Quesada bailan los miedos que les despiertan los otros, los de más allá, los que están del otro lado de la puerta esmerilada, sin atinar ellas a enfrentarlos. A través de lo que se intuye una diversión muy rumbosa y casi violenta, las protagonistas ceden a la tentación de recluirse en la trastienda, para protegerse y entablar una relación que ligue las dos soledades.

Quizá esa conciencia de la soledad ontológica sea la que emparenta «Muaré» con el pensamiento de Lispector. Las bailarinas reflejan su mundo individual y sus terrores a través de una danza convulsiva, que en los primeros tramos de la obra se manifiesta en puntuales movimientos corporales que acompañan a los desplazamientos en el espacio. Luego, como buen dúo que es, se enlazan en una suerte de complementación solidaria. La banda sonora acompaña con el naturalismo de la música proveniente del baile, sus ruidos y climas sonoros, los movimientos de las intérpretes envueltas en una gran tela plástica, casi un símil de una gran placenta que las cobija del peligro exterior.

Lo mejor de «Muaré» es esa búsqueda de plasticidad casi pictórica que ubica el rojo y el verde del vestuario en un escenario de trasparencias. Las luces muy bien puestas descubren en la masa plástica que envuelve a las protagonistas recodos y resquicios ocres o azulados, que con el movimiento, evocan el efecto «muaré» al que hace referencia al título de la obra.

Hay un momento muy logrado, cuando se muestra el fragor de la fiesta con una invasión de papel picado, serpentinas y otros elementos que transforman a ambas bailarinas en dos figuras de rugosas texturas que contribuyen al clima dramático del que la obra no se desprende casi en ningún momento de su desarrollo. Son unos cincuenta minutos, muy intensos por cierto.

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