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“No hay registro del impacto emocional del narcotráfico”
Juan Gabriel Vásquez ganó el Premio Alfaguara 2011 con su primera novela en abordar el tema del narcotráfico, «no para dar información de la violencia sino sobre el impacto en nuestra vida íntima, en nuestra forma de amar, de tener hijos».
Periodista: Finalmente una novela suya está dedicada a contar del negocio de la droga, que marcó duramente a su generación, a su país y a buena parte del mundo.
Juan Gabriel Vásquez: Finalmente es la palabra. Ese tema no estaba en mis proyectos. Mis novelas iban por una zona muy distinta. Y aunque «Los informantes» partían de un narrador de fines de los 90, el tema era un lejano pasado que no le tocó a ese narrador, ni a mí tampoco. El origen remoto de «El ruido de las cosas al caer» es una imagen que se me apareció cuando tenía veintipocos, estudiaba Derecho y me iba a perder el tiempo en la Casa de la Poesía Silva, que fue donde vivió, y donde se mató en 1896, el poeta José Asunción Silva. Allí uno se sienta en una sala, se pone audífonos y oye poesía de manera gratuita. Un día estaba en eso, y frente a mí había un tipo de unos 50 años que de pronto se puso a llorar como no he visto nunca llorar a un adulto. Eso me impresionó mucho. En 2008 empecé a escribir esa escena, y fui tirando del hilo, tratando de averiguar quién era ese hombre, por qué estaba llorando, y qué estaba oyendo en sus audífonos. Así fui descubriendo que acababa de salir de la cárcel, que era piloto retirado, que lo que escuchaba tenía que ver con la muerte de alguien amado, ahí me di cuenta de que ese hombre había sido testigo de los primeros años del narcotráfico. Cuando estaba armando esa historia, la de Ricardo Laverde, me empecé a preguntar por qué estoy contando esto, qué urgencia tiene para mí, por qué se me atraviesa en el camino. Y al abrir una revista me entero de que habían matado al hipopótamo que se había escapado del zoológico de Pablo Escobar, que es con lo que comienza la novela. Ese hipopótamo muerto me devolvió a una visita. Yo estuve como el narrador allí, en ese zoológico cuando tenía 12 años.
P.: ¿Cómo era ese zoológico?
J.G.V.: Pablo Escobar tenía una hacienda de 3.000 hectáreas, donde había ríos que nacían y morían dentro de la propiedad. En esa inmensa Hacienda Nápoles, que compró con el dinero de la droga, tenía su cuartel de operaciones, su casa donde recibía a toda la clase política colombiana, donde hacía sus negocios y lo que fuera. Tenía pistas desde donde despegaban aviones con droga y aterrizaban con dólares. Tenía una plaza de toros, donde estaba su colección de autos antiguos. Y el zoológico, que era su lado populista. Estaba abierto al público en forma gratuita. Allí se podían ver animales increíbles, porque Escobar no tenía respeto de especies en vía de extinción ni nada de eso. Para mi generación era un lugar conflictivo, una gran experiencia, pero era ir a lo de un mafioso. Sentíamos culpa de visitarlo, pero una fascinación de niños. En mi familia lo tenía prohibido, pero pude ir con la familia de un amigo. Recordar todo eso me llevó a ver que mi generación es contemporánea del narcotráfico como negocio. Un negocio que nace en Colombia a principio de los setenta como nosotros, y cuando llegamos a nuestra vida adulta es cuando llega a su momento de mayor peligrosidad y de mayor daño social. Es la época de las bombas en Bogotá, de los asesinatos de candidatos a la Presidencia, de ministros, de cualquiera. Ahí me surge: ¿cómo afectó a mi generación en su vida privada, en su vida más íntima, el ser contemporáneos de ese negocio, haber atravesado esa década difícil de los ochenta que termina en el 93 cuando matan a Escobar. Década donde vivimos con mucho miedo, con conciencia del riesgo, la amenaza, la vulnerabilidad, porque Pablo Escobar en su guerra contra el Gobierno, agarró a los ciudadanos de Bogotá como objetivos legítimos de presión. Así ponía una bomba en un centro comercial el Día de la Madre, o en un avión civil donde creía que iba a estar un político, que ni siquiera se subía pero morían 140 personas.
P.: ¿Es el tiempo donde surgen los sicarios?
J.G.V.: El sicariato es el invento del narcotráfico para asesinar políticos. Comienza a principios de los ochenta con el asesinato del Ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla. Ahí conocimos ese método de dos tipos montados en una moto que se ponen junto al auto de la víctima, disparan y escapan.
P.: Antonio, el narrador que padece ese mundo ¿es su alter ego?
J.G.V.: Yo me fui de Colombia en 1996, y Antonio comienza a narrar a partir de ahí. Alguien me dijo: es lo que te hubiera ocurrido si te hubieras quedado. Antonio me permite contar en una primera persona que, mientras cuenta de otros, se cuenta a sí mismo, entiende su vida. Eso Conrad lo hacía todo el tiempo. Está en Scott Fitzgerald, en «El Gran Gatsby», que leí obsesivamente cuando estaba escribiendo esta novela. Y está ya en mi novela «Los informantes» porque me permitía, como en este caso, hacer una investigación.
P.: ¿Cuánto tienen de realidad personajes como Laverde?
J.G.V.: Laverde es uno de esos cócteles raros que hacemos los novelistas de muchas imágenes. No es la ficcionalización de un personaje real sino una mezcla. Antonio, en cambio, se parece mucho a mí. Estudia en la universidad donde estudié, frecuenta los mismos billares que yo. Al escribir me sorprendía que me hubiera costado tanto tiempo comprender que lo que había vivido era material literario, que la cotidianeidad de esos años tenía valor y no eran sólo recuerdos molestos de esa Bogotá de la que me había ido. Necesité alejarme temporal y geográficamente para poder volver con la escritura. Necesitaba ser el mismo y otro, más maduro. Y también, me ayudó escribir en la España posterior a los atentados del 11 de marzo en Madrid. Las emociones que giran en la novela, el miedo, la vulnerabilidad, las amenazas, estaban allí en la cara de la gente, en las conversaciones luego de los atentados. Eran semejante a las que se veían en Bogotá cuando los atentados de Pablo Escobar. Pero ahora podía ver eso como escritor, con el entendimiento de la madurez.
P.: Desde hace unos años han aparecido novelas de colombianos que teniendo como tema el narcotráfico, son absolutamente diferentes. ¿Cree que hay ya una tradición, un género?
J.G.V.: Comencé a estar consciente de eso ya metido en mi novela. Antes, me resultaba absolutamente extraño escribir sobre el narcotráfico. No tenía que ver con mis preocupaciones literarias. Cuando escribía «El ruido de las cosas al caer» me daba cuenta de que hacía algo que no había visto en otras novelas de esa tradición. Sentí que en otras estaba la información de la violencia, pero no el impacto emocional de esa época en la vida íntima, en nuestra forma de amar, de tener hijos, de relacionarnos con los otros. Ahí tenía algo que decir. Podía ser un notario de esas emociones, y darles un lugar donde existir: la novela.
P.: El miedo afecta las relaciones sentimentales del narrador.
J.G.V.: Al punto de jodérselas. Registrar eso hace que «El ruido de las cosas al caer» se diferencie del magníifico libro autobiográfico de Héctor Abad Faciolince «Traiciones de la memoria», por más que un periodista de «Los Angeles Times» haya reunido nuestros libros en lo que llamó «la literatura del conflicto». Se diferencia de «La virgen de los sicarios» de Fernando Vallejo, que es un libro muy estilizado, de «Cartas cruzadas», una extraordinaria novela de Darío Jaramillo Agudelo, es totalmente diferente de «Rosario Tijeras» de Jorge Franco. Es que es un tema muy rico.
P.: ¿Tuvo que investigar mucho para escribir esta novela?
J.G.V.: No tanto como con mis otras novelas. En ésta el poso autobiográfico era mucho más rico. Pero la novela está montada, de cualquier manera, sobre documentos que he ido recogiendo de manera azarosa a lo largo de diez años, como la grabación de una caja negra, las cartas de un voluntario estadounidense en los Cuerpos de Paz, documentos sobre un accidente que ocurrió en 1938. La novela se fue formando involuntariamente a lo largo de una década, hasta que no me quedó más remedio que ponerme a escribir. Es que yo no elijo mis temas, ellos se me imponen.
P.: Con esta novela pasó a formar parte del exclusivo grupo de narradores que ganaron el Premio de Novela Alfaguara.
J.G.V.: Colegas que aprecio mucho como Santiago Roncagliolo o Andrés Neuman. El premio va a ser la experiencia de algo que no me ha tocado en los diez años que llevo publicando libros en Barcelona, poder dedicarme sólo a escribir libros, que es algo que no me ha tocado. He tenido que hacer muchos trabajos al mismo tiempo: traducir libros, dar clases, hacer periodismo. Todo eso para comprar una especie de parcela diaria donde poder escribir mis novelas. Ahora voy a poder escribir sólo novelas. Escribir «El ruido de las cosas al caer» hizo que interrumpiera otra historia que estaba escribiendo. No sé si voy a volver a ella, porque cuando un proyecto se interrumpe por otro eso no habla bien de aquello en lo que se trabajaba, porque por algo perdió interés para uno.
Entrevista de Máximo Soto


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