4 de octubre 2013 - 11:44

“No tenemos que olvidar que la Argentina todavía es un país herido”

Robert Cox, dueño de una experiencia y un prestigio extraordinarios en el periodismo argentino, está hace unos meses en Buenos Aires, pasando la parte del año que le dedica al país del que eligió enamorarse, según explica en su departamento de Recoleta. Con motivo del 137o aniversario del Buenos Aires Herald, el diario que dirigió con valentía en plena dictadura, Cox fue entrevistado por Marcelo García. Viernes reproduce el diálogo a continuación.

“No tenemos que olvidar que la Argentina todavía es un país herido”
Robert Cox, el legendario director del Buenos Aires Herald forzado al exilio durante la última dictadura militar, vivió intermitentemente en la Argentina durante las últimas tres décadas. Con tiempo y distancia a su favor, Cox considera que la libertad de opinión es una de las principales victorias que la joven democracia argentina ha conseguido. Pero le preocupa la falta de información y dice que la democracia está amenazada por la corrupción y por ciertas inclinaciones autoritarias.

La existencia de información distorsionada y parcial es una de las razones por las que mucha gente no puede reconciliar su visión de la Argentina con la realidad cotidiana, cree Cox. "Mucha gente se niega a ver todo lo que el país ha mejorado durante estos años", dice el editor. Y agrega: "No tenemos que olvidar que la Argentina es todavía un país herido".

La cuestión de la información trae a Cox a su primera pasión: el periodismo. No hay que ser revolucionario en el periodismo, recomienda, sino simplemente volver a la vieja vocación de brindar información. La profesión necesita superar sus diferencias políticas y generar su propio Nunca Más, basado en el compromiso con la verdad: "Los periodistas se deben a la sociedad en un conjunto, no a un Gobierno ni a un partido político".

Buenos Aires Herald: Estos 30 años de democracia argentina han tenido altos y bajos. ¿Qué rescata como lo más positivo?
Robert Cox:
La libertad de opinión. Aún no tenemos libertad de información, pero contamos con una fantástica libertad de opinión. Eso hace que la Argentina sea un lugar increíble para vivir. Aquí hay mucho talento..., tanto en los medios de comunicación como en todos los ámbitos. Volver a Buenos Aires es como estar en París para mí. Cuando era joven solía cruzar (desde Inglaterra) a París, en un tiempo en el que París estaba bastante derruida. Se la veía sucia y vieja, pero aun así era fantástica. Recuerdo que solía llevar huevos duros y latas de sardinas porque no tenía dinero. Lo único que podía pagar era un albergue de estudiantes, donde la comida era tan mala que una vez hasta me rompí un diente. Después de tantos años, Buenos Aires sigue siendo París para mí... Cuando camino por Buenos Aires veo cosas que los argentinos ven todos los días y quizá pasan por alto.

B.A.H.: Igualmente hay diferentes momentos en la historia de París. ¿Buenos Aires hoy se parece más a la época de la ocupación o de la liberación?
R.C.: La Argentina se siente como un país libre, pero algunas cosas que pasan hacen que parezca que la democracia aún está amenazada. Yo quiero convencerme de que los argentinos no renunciarán a la democracia, que no aceptarán otro Gobierno represivo, sea el que fuere, sea de derecha o de izquierda como en Venezuela o Cuba. Pero es difícil entender cómo gente inteligente puede creer que modelos como ésos sean aceptables.

B.A.H.: ¿Cómo explica que gente que usted considera inteligente pueda apoyar modelos políticos que usted considera totalmente erróneos?
R.C.: No creo que sean totalmente erróneos esos modelos. Pero sí creo que hay algo de sentimentalismo, bastante similar al sentimentalismo de los viejos comunistas, que por ejemplo no criticaban a Stalin. No quiero exagerar con esto, pero pienso que es un tema ideológico y que hay un gran encasillamiento en la mente de algunas personas. No sólo en la izquierda, sino también en la derecha. A veces pienso que la Argentina podría ir en la dirección de Rumania bajo (Nicolae) Ceaucescu.

B.A.H.: ¿Cuándo siente eso?
R.C.: Cuando, por ejemplo, veo a la Presidente denunciando gente, cuando la AFIP investiga la vida de las personas. Pero la mayor parte del tiempo, en realidad, trato de entender de manera acabada a la Argentina. Y uno de los problemas que encuentro es el siguiente: cuando uno se da cuenta del enorme potencial que tiene el país, a veces espera más de lo que debería. En última instancia, no tenemos que olvidar que la Argentina todavía es un país profundamente herido. Eso lo siento todo el tiempo. Tengo muy presente lo que ocurrió aquí y, sobre todo, la forma en que ocurrió. Hubo gente que vivía aterrorizada en los años previos al golpe, gente que luego pensó que los militares podían solucionar todo por ellos y que después miró para otro lado. Y ahora hay gente que aún cree que lo que hicieron los militares era necesario y estuvo bien. Ahora no pueden decirlo en voz alta, lo cual es bueno. Pero sí lo dicen en privado.

B.A.H.: ¿Ve algún tipo de negación en la realidad argentina de hoy?
R.C.: No, no hay negación, pero hay evasiones. Estos paralelismos siempre parecen exagerados y no quiero entrar en eso. Pero, por ejemplo, durante la dictadura no estaba permitido hablar de derechos humanos. Si mencionaba los derechos humanos, la gente se ponía furiosa. Era gente que pensaba que nuestra defensa de los derechos humanos significaba que éramos comunistas, sólo por el hecho de usar la palabra "derechos humanos". Ahora lo que veo es que una palabra prohibida, por ejemplo, es corrupción: se supone que la prensa no tiene que hablar de la corrupción. Y estamos viendo hoy también un montón de definiciones muy tajantes por parte de los periodistas, definiciones que son totalmente ideológicas. Para el periodismo es muy malo ser ideológico. Se puede mostrar la ideología cuando se escribe una columna o un editorial, pero no cuando se cubren las noticias...Es muy grato contar con tantas opiniones, pero me gustaría también tener un poco más de información.

B.A.H.: Mencionó una negación de la palabra "corrupción". Sin embargo, el programa televisivo de Jorge Lanata trata mayormente supuestos casos de corrupción y obtiene récord de audiencia en horario central...
R.C.: Sí, y pienso que ese programa hace que la gente tome conciencia. Hay cosas que la gente necesita saber.

B.A.H.: ¿Cómo evolucionó su opinión sobre la era kirchnerista en estos años?
R.C.: Pienso que en un momento fui muy idealista con respecto al Gobierno. Voy a ser absolutamente franco: a veces me horrorizaba cuando el Buenos Aires Herald criticaba la política económica de Kirchner. Aquellas críticas no tenían sentido para mí, porque creía que las políticas eran bastante acertadas. Pero la corrupción es importante, y Lanata ha sacado a la luz la corrupción. Ha hecho un importante trabajo, como lo hizo Horacio Verbitsky en los 90 cuando expuso la corrupción bajo el Gobierno de (Carlos) Menem.

B.A.H.: Las últimas tres décadas usted estuvo en la Argentina de manera intermitente. ¿Hubo algo durante estos años que lo sorprendiera de manera especial?
R.C.: La Argentina ha mejorado enormemente en muchas formas, pero a veces uno recibe miradas distorsionadas de la realidad. Tengo muchos amigos que sólo leen Página/12 y ocasionalmente reciben Tiempo Argentino y otro grupo que sólo lee La Nación (risas). A este último grupo tengo que decirle cosas muy simples como, por ejemplo, que el otro día fui a la comisaría en la avenida Las Heras..., ¡y que fue fantástico! No fue como lo imaginaba. Había flores y todo, fue adorable. Fueron amables, buena gente. Esos tipos solían ser terribles. En el pasado solía ir a la comisaría para intentar sacar gente de la cárcel. Podría mencionar también el caso del departamento de Migraciones, sobre el que puedo atestiguar en primera persona porque me llevó dos años obtener de vuelta mi residencia. Y la verdad es que la pasé bien yendo a Migraciones. Perdí muchas horas allí, pero lo disfruté. Algunas personas no ven estas cosas. Han estado viviendo todos estos años en un país que ha mejorado en muchas formas, pero se niegan a verlo. Y estoy convencido de que muchas de estas personas aún tienen una visión idílica de la Argentina en sus cabezas, de un lugar que no existe, y que nunca existió en mis 54 años en la Argentina, salvo en sus mentes. Alguna gente no vive en la Argentina real. Y la realidad de la Argentina, insisto, es que es un país que todavía está herido. No solamente por lo que pasó durante la dictadura militar, sino también por lo que pasó antes de la dictadura.

B.A.H.: ¿Y cómo conviven en usted la imagen que tenía de la Argentina cuando llegó al país y la realidad hoy?
R.C.: Yo decidí resolver mi problema con la Argentina de una manera muy simple: enamorándome de la Argentina. Estoy efectivamente enamorado de la Argentina. Cuando amás algo, lo aceptás como es y lo disfrutás. No hay nada que se pueda hacer al respecto (risas). Éste fue también un poco mi sentimiento durante el régimen militar. Pensaba: "OK, voy a morir hoy, hoy me van a matar". Y cada vez que no lo hacían, cada día que no me mataban, me alegraba un poco. Después de eso siento que es imposible preocuparme por la Argentina. Pero lo que sí me preocupa todavía es la gente que vive aquí y que está preocupada.

B.A.H.: ¿Qué le parece lo mejor y lo peor del periodismo argentino hoy?
R.C.: En general es muy bueno, sobre todo si se lo compara con la época en la que llegué a la Argentina. En aquellos tiempos no había periodismo en verdad, porque el país todavía sufría a causa de una dictadura. La de Perón fue una dictadura, una dictadura popular. Y destruyó completamente al periodismo. Yo solía tener varios trabajos, porque el Herald pagaba muy poco, y uno de los lugares para los que trabajé fue la revista Time. Su corresponsal era un hombre maravilloso al que le tocó vivir bajo el régimen de Mussolini y miraba a la Argentina bajo el prisma de lo que había vivido en Italia. Lo primero que me dijo, cuando llegué en 1959, fue que la Argentina se movía en círculos. La segunda fue que lleva mucho tiempo superar las dictaduras. Lo que le pasa al periodismo en gobiernos como el de Perón, u otros que borran toda oposición en los medios o en la prensa, es que los periodistas se acostumbran demasiado a escribir lo que el Gobierno quiere. Lo vi en aquel momento en la primera conferencia de prensa a la que fui (durante el Gobierno de Arturo Frondizi). Me quedé asombrado de ver cómo los periodistas no tomaban ninguna nota ni hacían preguntas. Y la razón era que ellos esperaban la gacetilla oficial. Estaban tan acostumbrados que no podían escribir nada que no fuese aprobado por el Gobierno de turno. Y esto siguió así por un largo tiempo.

B.A.H.: ¿Observa hoy alguna forma de autocensura como ésa?
R.C.: Se pueden leer cosas extraordinarias en estos días, aun en diarios como Página/12, pero ya no en la sección política, que es donde deberían estar. Un diario como Página/12 dejó de ser un diario en su sección política. Es una pena. Y podría decir exactamente lo mismo del diario La Nación.

B.A.H.: Antes dijo que había una enorme libertad de opinión, pero no de información ¿Los periodistas son los responsables de ello? ¿O lo son las empresas mediáticas o el propio Gobierno?
R.C.:
Los periodistas no son los responsables, como no se puede responsabilizar a los periodistas por lo que ocurrió durante la dictadura militar. Es cierto que los periodistas que desaparecieron estuvieron generalmente involucrados en algo..., eran activistas políticos además de periodistas. Menchi Sabat suele decir que eran como Superman: Clark Kent durante el día y Superman por la noche. Pero los periodistas en su conjunto no fueron responsables, porque la situación era realmente muy peligrosa. En mi caso, por ejemplo, muchas veces iba yo mismo a hacer las coberturas porque sabía que si enviaba a un cronista, era muy probable que no volviese.

B.A.H.: ¿Por qué piensa que la opinión supera a la información hoy?
R.C.: Pienso que esto es en primer lugar un problema del Gobierno. La Presidente decide no hablar con los periodistas e ignorarlos todo el tiempo. Ella le habla a la gente, según el estilo peronista. Perón, por ejemplo, solía mostrarles el Herald a los extranjeros que llegaban a la Argentina: como el Herald era un poco crítico podía mostrar que había libertad de prensa en la Argentina, que estaba en la mira internacional por impedir la libertad de prensa. Hay algo de eso aún hoy, si se observan, por ejemplo, los medios respaldados por el Gobierno, como los de (Sergio) Szpolski. El Gobierno se lanzó a construir su propia cadena de medios, que nadie lee y no es exitosa. Creo que a los medios de Perón al menos les fue mejor.

B.A.H.: En este contexto, ¿qué les recomendaría a las jóvenes generaciones de periodistas?
R.C.: Les diría que no quieran hacer nada revolucionario. No creo que yo haya hecho nada especial en los años de la dictadura. Realmente no lo creo. Obviamente, la situación que nosotros vivimos entonces era muy particular porque conocíamos a personas que trataban desesperadamente de saber lo que les había pasado a su marido, a sus hijos. Estuvimos con ellos todo el tiempo. Todo lo que hice tiene que ver con eso. No estuvo relacionado con denunciar al Gobierno militar. La razón por la que una persona como (Jorge) Lanata es importante es porque busca llamar la atención sobre lo que parece ser una enorme corrupción. A las jóvenes generaciones de periodistas podría sugerirles, basándome en mi propia experiencia, que participen en organizaciones de periodistas. Los opinólogos no son importantes. Una de las razones por las que los militares pudieron silenciar a los medios fue porque los periodistas no estábamos en contacto unos con otros. El periodismo (y por periodismo entiendo la tarea esencial de brindar información) es una vocación. Los periodistas se deben a la sociedad en su conjunto, no a un Gobierno ni a un partido político. Los periodistas deberían generar su propio Nunca Más y trabajar juntos para establecer a la libertad de información y expresión como un derecho humano básico. Nunca más deberían ocultar la verdad o alejarse de ella.


BIO

Londres, 4 de diciembre de 1933

Educación:
Northfields Junior School (primario), Latymer Upper School (secundario) y Universidad de Harvard.

Está leyendo: "Clarín, una historia", de Martin Sivak; "Viva la muerte", de Ceferino Reato; "Poesía argentina para el siglo XXI" (en castellano/inglés), de Andrew Graham-Yooll.

Diarios: "Me gusta salir para comprar una selección de diarios al canillita cerca de casa; leo unos cuantos por internet".

Bar preferido: Monet (Quintana y Callao).


@mjotagarcia
(Traducción: Ruth Slepoi)

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