20 de mayo 2010 - 00:00

Notable pintura de otra Argentina

Bruno Bichir (Siqueiros) y Carla Peterson (Blanca Luz Brum) en «El mural», lograda pintura de Héctor Olivera de conflictos de famosos y poderosos de la Argentina rica de los años 30.
Bruno Bichir (Siqueiros) y Carla Peterson (Blanca Luz Brum) en «El mural», lograda pintura de Héctor Olivera de conflictos de famosos y poderosos de la Argentina rica de los años 30.
«El mural» (Argentina-México, 2010, habl. en español). Dir.: H. Olivera. Guión: H. Olivera, A. Armonia, J. Olivera. Int.: L. Machin, B. Bichir, C. Peterson, A. Celentano, S. Boris, J. Palomino, L. Campos, C. Cuello Vitale, R. Noya, M. Galán.

Cine argentino como el de antes, en el buen sentido de la expresión. Óptimo elenco, despliegue de ambientación, vestuarios, autos, diálogos atractivos, una representación fluida y natural de nuestros famosos y poderosos, con sus méritos y defectos, situaciones bien equilibradas, desde los dramas familiares a la distensión picaresca, amén de la referencia histórica, calidad técnica impecable, el plus de una música que se termina volcando con energía y belleza (compositor mexicano Eduardo Gamboa con la Sinfónica de Bratislava dirigida por el maestro David Hernando), y la gracia de entrar a la historia como entraron aquellos que la hicieron, y encima seguirlos hasta el dormitorio, cuando no se iban precisamente a dormir.

Como se sabe, ésta es, con algunas licencias cronológicas, la historia de los tormentosos amores y amoríos que hubo en la mansión de los Botana mientras Siqueiros pintaba su famoso mural, allá en los 30. Ahí, en liberal convivencia, están Natalio Botana, creador del primer diario «Crítica» (un millón de ejemplares diarios en un país de diez millones de habitantes), gentilmente peligroso, que palmea y conoce por su nombre a cada empleado, su esposa, la contradictoria y notable Salvadora Medina Onrubia, los invitados de izquierda David Alfaro Siqueiros, Blanca Luz Brum y Pablo Neruda, el general Agustín P. Justo, bien representado, Victoria Ocampo, un criollo alcahuete, un anarco jardinero, los chicos de la familia, sobre quienes se abate una fea competencia de cariño y exigencia, los ayudantes del pintor, nada menos que Berni, Spilimbergo, Castagnino y Lázaro, en fin. Algunos reconocerán también a María Rosa Olivier, Victorio Codevilla, y otras figuras que hoy parecen menores, pero algo hicieron en la historia argentina.

Todos ellos mostrados, como se dijo, con fluidez y naturalidad, con lo cual la película sortea uno de los mayores riesgos del género. Y se hace entretenida, además de calladamente reflexiva. Porque acá no vemos solamente las fiestitas privadas y los escarceos amatorios de Blanca Luz, sino también la viveza de los dueños del poder para manejar la opinión pública, la aflicción agresiva de quien quisiera ver otro mundo y sin querer destruye lo más lindo que tiene en éste, y el rencor de los artistas que posan de antiburgueses, viejo rencor que tal vez sea amor, como dice el tango, o parte de una misma hipocresía, como dice Neruda en un íntimo brindis con Siqueiros, sumiendo a éste en un silencioso disgusto consigo mismo.

Hay mucho que masticar de la película, además del último, revelador acercamiento de la cámara a una parte del mural. Y hay mucho que brindar, también, por los actores y los técnicos, pero la lista es larguísima y llevaría varias botellas. Sinteticemos los elogios en el nombre del factotum, el veterano director y productor Héctor Olivera, acá también guionista (¡recién por primera vez guionista, qué lección para tantos realizadores noveles!).

Luego, para quienes sigan enganchados, quizás ayuden algunos libros como «El tábano. Vida, pasión y muerte de Natalio Botana» y «Cautivo. El mural argentino de Sequeiros», ambos de Alvaro Abós, «Confieso que he vivido», de Neruda, «Falsas memorias», de Carlos Achúgar, con relatos de Blanca Luz, y, especialmente, el documental «Los próximos pasados», de Lorena Muñoz, del que «El mural» viene a ser algo así como una precuela impresionante. Testimonios de una Argentina que fue, y sigue siendo, aunque ahora, comparativamente, sólo nos queden las migas de la fiesta.

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