La elección de Nairobi para cometer el atentado tuvo que ver sin duda con la condición de Kenia de histórico aliado de los tres países que acudieron en su ayuda: Estados Unidos, el Reino Unido e Israel. Sin embargo, la victoria sobre los milicianos atrincherados en el centro comercial no disimuló la derrota política del presidente de Uhuru Kenyatta, que no tuvo la capacidad de evitar los ataques terroristas en su territorio.
Al Shabab ya puede presumir, por lo tanto, de la exportación de la "inestabilidad" y el terror a Kenia, el país de los resort, de las fotos de los safaris y de los turistas, especialmente israelíes. Tampoco dejarán pasar como elemento publicitario la presencia sobre el terreno del "Satanás" israelí, que evoca entre los fundamentalistas las "grandes guerras" religiosas.
La facilidad con que los milicianos de Al Shabab penetraron en el centro comercial de Nairobi es una pésima señal de la debilidad del país de África oriental. Tampoco ayuda a su imagen que su presidente y su vicepresidente, William Ruto, estén acusados de crímenes contra la humanidad ante la Corte Penal Internacional. Ambos fueron denunciados ante la Justicia internacional de haber alentado a las organizaciones que desataron la violencia interétnica después de las polémicas elecciones presidenciales de 2007. Ruto rechazó ayer la citación de la Corte Penal Internacional para que se presente ante el tribunal en la ciudad holandesa de La Haya, el próximo 12 de noviembre.
Kenia no puede renunciar, ahora, al papel que eligió para afirmarse en la región, incluso con su invasión hace dos años en Somalia, cumpliendo en la práctica una tarea de erradicación de los grupos terroristas de Al Shabab, a pedido de sus aliados Occidentales y de Israel.
El portavoz de Al Shabab, sheij Adiasis Abu Musab, advirtió ayer que "las fuerzas armadas de Kenia son las más débiles de África". "Luchamos contra las fuerzas kenianas durante dos años y si el presidente Kenyatta desea la paz con nosotros, debe retirar sus tropas de Somalia", agregó el vocero.
La tensión y el miedo contagiaron también a Eastleigh, el barrio de Nairobi conocido como "Litte Mogadiscio" por el alto número de refugiados somalíes, pero también la cabeza de playa clandestina para el ingreso de los militantes islámicos donde se temen ahora represalias.
Es poco probable que la incertidumbre y la desestabilización permanezcan confinadas en la capital y sus suburbios. Uno de los riesgos es que aleje al turismo, que es un ingreso fundamental para la economía del país.
El atentado genera interrogantes a futuro sobre la situación de un país que Estados Unidos no puede darse el lujo de perder por sus intereses geopolíticos.
| Agencia ANSA |


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