Obama, atascado en la meta de agradar a todos

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La columnista de The New York Times Maureen Dowd se mofó el sábado de las posturas binarias de Barack Obama. El último capítulo del intento de agradar a todo el mundo lo representó el apoyo del presidente al matrimonio homosexual, que fue aprobado el viernes en el estado de Nueva York. Sus críticos recordaron que Obama había rechazado el matrimonio igualitario en 2007 y había alentado las más limitadas uniones civiles. Las encuestas registran ahora un cambio en la opinión pública y Obama acompaña el viraje, pero limitadamente. Veamos fragmentos de la visión de la centroizquierdista Dowd sobre un punto débil del mandatario demócrata.



Nació de esta manera.

Bi.

No es bisexual. Ni siquiera bipartidista. Sólo binario.

A nuestro presidente le gusta estar en ambos lados a la vez.

En Afganistán, se quiere ir, pero quiere quedarse. Está dejando menos tropas de las necesarias para una estrategia de contrainsurgencia, y más de las necesarias para un plan antiterrorista. Nuestro trabajo está terminado, pero todavía tenemos que estar allí.

En Libia, el presidente Obama quiere liderar desde bambalinas. Se está comprometiendo en las hostilidades contra Gadafi mientras le dice al Congreso que no está participando en las hostilidades contra Gadafi.

Sobre el presupuesto, quiere reducir el gasto y aumentar el gasto. Sobre el medio ambiente, quiere aumentar la producción de energía, pero se resiste a más perforaciones. En cuanto al seguro de salud, quiere que todos estén cubiertos, pero no ejerce presión para lograr un sistema universal. En Wall Street, ataca los peces gordos, pero en los cócteles, procura recaudar algunas de sus abundancias para su campaña política.

Le gusta tener amigos en el otro bando, pero los combate al mismo tiempo. Para el presidente Obama, el bipartidismo quiere decir que participa en todas las identidades políticas. No parece muy identificado con ningún lado, excepto el suyo.

Fue elegido con la idea de un cambio audaz, pero ahora juega a lo seguro.

Tal vez, dados todos sus problemas económicos y heridas de guerra mientras se dirige a la elección de 2012, Obama teme la desaprobación de los sectores homofóbicos de su propio partido. Pero ha tratado de explicar su renuencia al matrimonio homosexual como una expresión de su fe cristiana, a pesar de que rara vez va a la iglesia y es la imagen propia de un humanista secular.

Al recolectar más de u$s 750.000 de 600 invitados a una gala gays y lesbianas en Manhattan, el jueves por la noche, el presidente declaró: «Creo que las parejas homosexuales merecen los mismos derechos legales que cada pareja en este país», aun cuando se aferró a su idea de que son los estados los que deben decidir.

Sin embargo, la reticencia de Obama a hacer campaña por el matrimonio gay (a nivel nacional) parece enorme y voluntariamente inconsistente con lo que sabemos acerca de su visión progresista del mundo. Y resulta extraño cómo el primer presidente negro deja que Andrew Cuomo (gobernador del estado de Nueva York) pase a la historia como el líder de vanguardia en la lucha por los derechos civiles de nuestro tiempo.

Obama no lidera al pueblo, lo sigue. Y lo que es peor, el joven presidente negro que fue elevado por una ráfaga de cambio, audacia y esperanza se está quedando atrás de un par de viejos blancos conservadores, Dick Cheney y Ted Olson (ambos apoyan el matrimonio gay).

No es suficiente con entender qué es lo que cada uno piensa. Hay que decidir quiénes tienen razón y pararse junto a ellos. Un líder no es un mediador, un árbitro, un coordinador o un facilitador.

Con cada equivocación, el hombre del Salón Oval oculta su identidad y cubre de secretismo quién es el real Barack Obama.

Debe inspirarse en la comunidad gay: después de todo, lo que los gays tienen que hacer es proclamar lo que son de costa a costa.

En algunas de las cuestiones más importantes que enfrenta esta nación, es el momento para que el presidente salga del armario.

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