Obama, expuesto a los límites de sus promesas de cambio

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Termina el año y con él culmina el lapso que había otorgado el Gobierno de Barack Obama para alcanzar una solución negociada al desafío nuclear iraní. En rigor, el punto de inflexión excede lo relativo a la República Islámica.

El «new deal» versión Obama propuesto para superar la era Bush derivó en el último trimestre del año en posturas más en línea con los trazos centrales de los gobiernos norteamericanos de, al menos, las últimas dos décadas. Honduras, Afganistán, Irán, Israel-palestinos y Colombia son botones de muestra de ello, claro que sin el condimento de revelación divina que inspiró al último presidente republicano.

Centrémonos en la perspectiva de la relación entre Estados Unidos y el mundo musulmán, o civilización y barbarie, o valores democráticos versus brutalidad fundamentalista, según la división a la que apelaron en la última década algunos gobernantes amparados por un sector de la intelectualidad y de la prensa, a la vez que clivaje en más de una cita electoral.

El Gobierno demócrata de Estados Unidos viene anticipando un cambio de tono hacia el régimen de los ayatolás, que ha dado muestras de profundizar la estrategia huidiza a la hora de afrontar los controles internacionales. El aviso tardío por parte de Irán a la Agencia Internacional para la Energía Atómica (AIEA, brazo de la ONU) sobre la construcción de una segunda central de enriquecimiento de uranio en la localidad de Qom, y el anuncio a fin de noviembre de que se levantará una decena de nuevas plantas son señales claras del rumbo elegido para 2010 por el presidente Mahmud Ahmadineyad y los clérigos que lo amparan.

La agitación iraní, retórica o realidad, mostró el límite del «nuevo comienzo» propuesto por Obama al mundo musulmán (o a los mundos del Islam, para evitar simplificaciones). Europa parece en este punto decidida a acompañar la queja de la Casa Blanca y también -aquí la novedad-, Rusia, que hasta ahora, más que cuestionar, venía siendo socia del desarrollo atómico de Irán. Si no se alcanza un acuerdo de último momento con los clérigos, o si éste es endeble, todo parece indicar que las sanciones emanadas del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas vienen marchando. Las penalizaciones no incluyen, por ahora, la acción bélica, que tanto sedujo a los republicanos. Distinto es el caso de Israel, que tiene otros intereses en juego, como por ejemplo el hecho de estar al alcance de los misiles iraníes, lo que hace que la hipótesis armada sea moneda corriente en el discurso público de ese país.

Para más datos, acaba de asumir en la AIEA el japonés Yukiya Amano, un hombre a quien se indica como más sensible a los reclamos de la Casa Blanca, y que reemplaza al egipcio Mohamed El Baradei, quien tuvo un alto perfil en el expediente Irak y se empecinó en no encontrar amenazas de destrucción masiva bajo el régimen de Sadam Husein, por lo que quedó en la mira del ala dura de los republicanos.

Las sanciones, vale decir, se aplicarían a un país de 70 millones de habitantes en cuyo suelo subyace el 11% de las reservas mundiales de petróleo y las segundas reservas de gas después de Rusia. Irán es, además, una nación mayormente chiita, en la que, pese al fraude, la represión, el negacionismo de su presidente y la compleja nomenklatura teocrática, existen otras variables de las que carecen algunos países musulmanes menos ruidosos: cierto umbral de disenso, de expresión de diversidad, de pensamiento crítico en las universidades, de ebullición callejera, aunque parecen a todas luces insuficientes desde la óptica occidental. Irán es lo que es hoy, a 30 años de una revolución que concitó en su momento enorme apoyo popular. Arabia Saudita es la monarquía absoluta que es hoy por un pacto histórico entre la afortunada familia Saud y la secta wahabita.

Riad y Teherán dan cuenta de que los límites que alcanza la retórica dialoguista de Obama tienen también que ver con la lógica política interna en cada país.

En ese sentido, la amenaza externa es una bandera predilecta para exacerbar los ánimos para políticos nacionalistas en campaña. Si se pudiera, los encuestadores indagarían cuánto influyó el concepto del «eje del mal» y el belicismo del ciclo Bush para que Ahmadineyad resultara electo presidente en 2005. Todo indica que en 2009 hizo fraude, pero las agencias internacionales informaron que los actos proselitistas del mandatario iraní no fueron especialmente raleados durante la campaña electoral.

Obama lidiará en 2010 con Irán y con una agenda internacional no menos compleja que la que debió afrontar su predecesor. Empieza el año con una guerra que no marcha nada bien en Afganistán -a la que terminarán destinando 100.000 efectivos- y lo terminará con sólo 10.000 hombres en Irak, si nada cambia los planes de retirada. El abogado de Harvard prenderá velas. Se suman las idas y vueltas en torno a Guantánamo y a todo el montaje ilegal pergeñado por la era Bush para la lucha contra el terrorismo, y persiste además la morosidad estadounidense sobre el cambio climático y otros asuntos de segundo orden para las prioridades del Departamento de Estado, como Latinoamérica y la relación con Europa. Una legión de escépticos se prepara para poner el dedo en la llaga y demandar para cada punto una respuesta acorde a un Premio Nobel de la Paz. Le quieren pinchar el globo de la ilusión que generó.

Probablemente, nada de lo antedicho sea central para la mayor parte de la población estadounidense, sumida en un desempleo del 10%, más del doble del promedio de los últimos quince años, y la incertidumbre general que provocó la mayor crisis económica en seis décadas.

Ninguno de los temas tratados en el primer año de gestión de Obama despertó tanto a sus enemigos como el proyecto de reforma de salud, cuya profundidad está por verse. Es un año electoral en Estados Unidos, por lo que el intento de cambiar el sistema de salud más ineficiente de los países desarrollados repercutirá en las urnas. No será fácil para el oficialismo, de acuerdo con la tradición adversa que afecta a los gobiernos en las elecciones parlamentarias de medio término.

El desafío de la reforma sanitaria en EE.UU. tiene una implicancia directa en el conflicto de Medio Oriente, en la visión de Alberto Spektorowski, docente de Ciencias Políticas de la Universidad de Tel Aviv. «Si pasa la reforma sanitaria, y si se logra unificar criterios en la Autoridad Palestina (AP), Obama va a entrar a jugar más fuerte, y es el único que puede mover el asunto», explica Spektorowski en un diálogo telefónico.

«Si se dan las condiciones, Obama va a ejercer una presión que Israel no conoció hasta ahora, y cambiará la coalición de gobierno, con el Likud (derecha), Kadima (centro) y los laboristas (centroizquierda)», arriesga el docente. Dejaría el Gobierno en ese caso el principal socio del primer ministro Benjamin Netanyahu (Likud), el partido ultranacionalista Israel Beitenu. «El portazo de Obama puede ser muy efectivo, pero sólo si hay una opción efectiva de salida. Obama les dice a los palestinos: Ayúdenme a ayudarlos».

El presidente palestino, Mahmud Abás (Abu Mazen), mimado como interlocutor en los últimos años por Israel y Estados Unidos, dijo al mundo que, en la situación actual, no tiene ninguna posibilidad de avanzar hacia un Estado palestino, y renunció a la reelección. Sin injerencia sobre la Franja de Gaza, bajo dominio militar y electoral de los islamistas de Hamás, y con la progresión ininterrumpida de los asentamientos en Cisjordania, el heredero de Yaser Arafat tiró la toalla.

Agustín Romero, docente de la Maestría de Ciencias Políticas de la Universidad de Buenos Aires, analiza que Obama «empezó con una perspectiva inspirada en asesores que no hizo hincapié en las relaciones históricas entre Israel y EE.UU., pero se está dando cuenta de que va a tener que adaptarse». «Tras prometer muchas cosas, está midiendo el poder real con el que cuenta», argumenta.

Para el analista, el mandatario tendrá costo cero por el giro evidenciado en el respaldo hecho público por Hillary Clinton a que las negociaciones deben continuar sin que se frene la construcción de asentamientos. «A Bush nunca le criticaron demasiado su política con Israel; tampoco le va a pasar a Obama», agrega Romero.

¿Es posible que los palestinos alcancen un criterio que englobe a Hamás y a Al Fatah al que aludió Spektorowski? Con el histórico «rais» aún en vida, en Israel ya se hablaba con rara esperanza de la emergencia de Maruan Barguti como líder palestino. No es llamativo, de acuerdo con la lógica de Medio Oriente, que esa esperanza estuviera puesta en un hombre con cinco cadenas perpetuas que cumple en una cárcel israelí. Más bien, la condición de prisionero de Barguti alimenta su aura entre muchos palestinos.

Este hombre es en estos días mencionado como uno de los centenares de palestinos que serán canjeados por el soldado israelí Guilad Shalit, secuestrado por Hamás desde 2006. «Si Barguti es liberado, va a demorar muy poco tiempo en encabezar la Autoridad Palestina. Reúne dos condiciones. Es el único que tiene una posición aceptable de diálogo y a la vez es respetado por los palestinos», argumenta Spektorowski.

Safward Kahlout, cronista de la agencia italiana ANSA, responde a este diario desde Gaza: «Barguti ha insistido en la reconciliación entre Hamás y Al Fatah (el movimiento de Arafat y Abás). Su probable liberación sería importante para toda Palestina».

El periodista palestino grafica la división entre los dos principales movimientos. «Al Fatah ha construido su identidad en Cisjordania impidiendo cualquier actividad política y social de Hamás, y éste hizo lo mismo en Gaza. La mediación de Egipto no ha dado ningún resultado durante un año y medio».

Con los territorios palestinos partidos en dos por los bloqueos de Israel, «el pueblo paga el precio».

Kahlout narra la realidad de Gaza un año después de la última gran batalla: «Israel hace una ocupación cinco estrellas. Se siente tranquilo de emprender una guerra sin hacerse responsable de la reconstrucción y las consecuencias. Gaza sufre niveles de desocupación del 60%, más de la mitad de la población depende de la ayuda humanitaria de ONG, y los pacientes que requieren atención médica tienen que solicitar permiso para ser atendidos».

El docente Spektorowski observa la situación de manera diferente: «La estrategia israelí es muy inteligente: no llegar a una caída humanitaria de Gaza. Lo atestiguaron gente de La Haya, médicos y Naciones Unidas. La política es abrir a cuentagotas, que no haya ni miseria ni una vida cómoda».

¿Podrían volver los atentados? «La estrategia de resistencia de los palestinos cambió. No quiere decir que si los israelíes inician otra guerra, no tengan armas para defenderse», responde Kahlout, dando cuenta de una lógica con bastante consenso en Gaza. «Qué es lo que puede pasar, no se sabe. Si Hamás va a jugar con fuego, Israel no le va a tener miedo a otro informe Goldstone», dice por su parte Spektorowski, en alusión al documento de una comisión especial de Naciones Unidas que acusó a Israel y Hamás de haber cometido crímenes de lesa humanidad.

¿Insistirá Obama con su «nuevo comienzo»? ¿Jugará fuerte? ¿Sellará aún más su alianza con Israel? ¿Y si Irán sigue acercándose a la bomba atómica pese a las sanciones? ¿Seguirá descendiendo la popularidad del presidente demócrata de Estados Unidos? Buenas preguntas que responderá el próximo Anuario. n

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