28 de julio 2010 - 00:00

Oportunidad para que Kirchner justifique viáticos y sueldo

Juan Manuel Santos, nuevo presidente de Colombia, le dijo a Néstor Kirchner que no revisará cuando asuma dentro de un par de semanas ninguno de los actos de su antecesor Álvaro Uribe sobre la relación de su país con Venezuela.

Esa decisión la supo Kirchner en la noche del lunes cuando cenó con Santos en Buenos Aires y es el eje de la negociación que emprenderá con Hugo Chávez, que rompió relaciones con Colombia después de que Uribe presentase ante la OEA una denuncia contra el Gobierno de Caracas por proteger a la guerrilla de las FARC en su territorio.

El segundo eje de esa negociación halagó mucho más a Kirchner: se hará dentro de la Unasur, ente del cual el ex presidente es secretario, y no en la OEA, organización que para los países de Sudamérica está demasiado atada a los Estados Unidos y a una época de las relaciones internacionales que está superada.

Ese rechazo de la OEA como foro para discutir este tipo de conflictos fue la base sobre la cual Lula da Silva y Eduardo Duhalde promovieron la creación de la Unasur, adonde ahora Kirchner encuentra, con el conflicto entre Colombia y Venezuela, la oportunidad para darle realce al cargo de secretario, hoy un sello de goma que sólo justifica viáticos y viajes.

La reunión de Santos con Kirchner se hizo en la noche del lunes en el piso que ocupa el embajador de Colombia en la Argentina, Álvaro García Jiménez, un periodista devenido diplomático y que sucedió en el cargo al ahora canciller colombiano Jaime Bermúdez, uno de los constructores del uribismo. Santos llegó a esa casa, donde pasó la noche hasta partir ayer rumbo a Lima para entrevistarse con Alan García, junto a María Ángela Holguín, quien viene de ser embajadora de su país en Venezuela y será canciller cuando que asuma el nuevo Gobierno.

«Es la persona más indicada para hablar de lo que vamos a hablar», la presentó Santos a Kirchner, quien se hizo acompañar con los dos asesores que le llevan los asuntos del Unasur: uno es el ex insurgente Rafael Follonier, responsable de las relaciones del Gobierno con la América Morena, es decir, con los países gobernados por partidos que se dicen de izquierda -se hizo amigo de Chávez, Michelle Bachelet, Pepe Mujica como encargado de misiones discretas en nombre de Kirchner-.

El otro es Juan Manuel Abal Medina, que nunca ha hecho revoluciones, salvo en organigramas del Estado, a cuya nómina pertenece desde hace años y de quien todavía se espera qué provecho puede brindarle a la burocracia criolla. Es un pulcro portador de carpeta que todo lo que sabe es lo que aprendió junto a Chacho Álvarez, pero no lo dejan aplicarlo en un Gobierno kirchnerista.

Santos completó la mesa con su vocero y estratega en comunicaciones, Juan Meza, y el embajador García. El presidente electo de Colombia fue sorprendido al llegar Kirchner con un regalo, una camiseta del Racing Club con dedicatoria firmada por la nueva estrella de ese equipo, el jugador colombiano Giovanni Moreno, que ya entrena en Buenos Aires.

En ese clima de risas y búsqueda de coincidencias es que Santos le expuso su idea de avanzar en una solución dentro de la Unasur («Aquí estamos», bromeó Kirchner) pero sin revisar nada de lo hecho por Uribe, ni aún lo de los últimos días en la OEA que provocó la respuesta de Chávez rompiendo relaciones.

Según les explicaron los colombianos a Kirchner y a sus acompañantes, Chávez, ante la dureza de las pruebas no tenía otro remedio que tirar del mantel y hacer algo como romper relaciones. Esas pruebas completaban las que Uribe llevó a la cumbre de Unasur el año pasado en Bariloche y muestran, según dijo Santos, que esa protección a las FARC se ha incrementado.

La propuesta de Colombia en la OEA era crear una comisión que iba a actuar después de 30 días de integrada en la propia Venezuela para ver si esas pruebas eran ciertas.

Según Colombia, esos asentamientos guerrilleros no podrían, por su tamaño y naturaleza, ser desmontados en 30 días, de ahí que Chávez quedase en una encerrona que sólo podían terminar con una ruptura de relaciones.

Kirchner y sus acompañantes escucharon el largo relato de Santos con el gesto que habían tenido ante los colombianos, minutos antes, Cristina de Kirchner y Héctor Timerman, cuando los recibieron en Casa de Gobierno: escuchar, escuchar, escuchar.

Kirchner se entusiasmó por la posibilidad de que la Unasur pueda servir para solucionar éste, que es el problema más grave que enfrenta hoy a países de la región. Si como secretario pudiera lograr algo para superarlo, el cargo que tiene el santacruceño dejará de ser una cucarda simbólica. De ahí que prometiera esfuerzos para acercar a las partes.

La mesa coincidió en que hasta que Uribe no deje el cargo el próximo 7 de agosto, lo que pueden hacer todos es juntar papeles y conversar, pero sin sentarse a negociar nada.

Más aún cuando Santos hace de no revisar lo hecho por Uribe el eje central de sus decisiones.

Especulación

Explicó que en los últimos días muchos sectores en Colombia y Venezuela intentaron separarlo de su presidente, pero dio a entender que su fuerza es mantenerse junto a él, aún después de que éste deje el cargo. Después de todo, Santos fue ministro de Defensa de Uribe y cualquier reproche que hiciera a la política hacia Venezuela le caería a él.

Sobrevoló la mesa la especulación, a la que nadie quiso ponerle palabras, de que este gesto de Uribe puede ser el mejor regalo que le deja a Santos. Cuando éste estaba de campaña, Chávez, el ecuatoriano Rafael Correa y sus socios de la región lo señalaban como el peor candidato por su belicosidad. Sería -decían- más agresivo con ellos que Uribe por lo que se le había visto hacer y decir como su ministro de Defensa.

Ocurre ahora que Uribe, con la violenta denuncia en la OEA contra Caracas por proteger a las FARC, lo convierte a Santos en un blando y en un hombre con más capacidad de diálogo. Uribe carga con el costo político de la denuncia en los últimos días de su gestión y Santos ve así facilitado el camino para mejorar, desde el 7 de agosto, las relaciones con Venezuela.

Kirchner anotó todo y prometió ocuparse a tiempo completo de esta crisis en la cual el Gobierno, pese a las señales «caribeñistas» parece actuar según un libreto «atlantista» más cerca de las conveniencias de Bogotá.

Por eso compromete a Héctor Timerman desde mañana en una cumbre de cancilleres para juntar más información. El propio Kirchner irá a Ecuador la semana que viene para verse con el presidente de Unasur, Correa. De ahí irá, siempre con el dúo Follonier-Abal Medina, a Caracas y después a la asunción de Santos en Bogotá.

Al retirarse elogió el servicio que le ofrecieron de carnes y pescados, que Kirchner atribuyó a la mano de la esposa del embajador García, una eficaz cocinera. Le aclararon que con el lío que motivó la visita de Santos a los García se les complicó la gastronomía, que terminó confiada al restorán Bella Italia que está a la vuelta de la embajada, sobre la calle República de Siria y uno de los predilectos de políticos como Mauricio Macri, que lo frecuenta semanalmente y quien allí completó la captura de su actual novia.

Estas faenas justifican el interés que mostró Estados Unidos por lo que pueda hacer la Argentina en ese entuerto: la canciller de Barack Obama, Hillary Clinton, le confirmó a Timerman una reunión a solas en Washington en la semana siguiente a la asunción de Santos. Tanto movimiento -como la entrevista de ayer de Cristina de Kirchner con el canciller de Venezuela- se entiende porque la Argentina tiene un rol central en las relaciones entre los gobiernos de esos dos países, algo que se reflejó en la cumbre de Unasur del 28 de agosto del año pasado, cuando Cristina de Kirchner hizo la faena a favor de Uribe de incluir en la declaración final una cláusula de condena a las actividades de organizaciones terroristas, algo que enfureció a Chávez.

En esa reunión, Cristina de Kirchner también halagó a Uribe al disponer que la sesión completa en el Llao Llao de Bariloche, que incluyó exhibición de pruebas de la protección chavista a las FARC, fuera transmitida en directo por TV. Con esos dos gestos, la Argentina demostró que estaba más cerca de Uribe que de Chávez, personaje que los Kirchner han cuidado siempre como fuente de financiamiento y como emblema tercerista para poner contentos a fracciones internas que se referencian ideológicamente en el bolivariano, pero de cuyas peripecias, actitudes, posicionamientos y políticas se han mantenido lejos cada vez que pudieron.

Les desagradó cuando Chávez aparecía en Buenos Aires, tomaba el micrófono en cenas en el Palacio San Martín, actos en el Salón Blanco o en reuniones en Olivos, y echaba interminables parrafadas. Tampoco lo toleraron cuando hacía giras por el conurbano o prebendando a piqueteros. Mucho menos han compartido en los dos últimos años el apoyo que Caracas ha dado al Gobierno de Irán, condenado por los Kirchner todas las veces que han podido. La designación del canciller Héctor Timerman, un antichavista, cierra ese circuito de desafectos de los Kirchner para quienes Venezuela se ha convertido además en un problema de opinión pública -o sea más grave que una guerra- por las denuncias sobre presunta corrupción en los negocios entre los dos países que recorren los tribunales federales de la Capital Federal.

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