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Otra inflación, la de la edad
Actualmente, el paso de los años, médicamente hablando, pesa menos en nuestro cuerpo, cambiando el concepto tradicional de envejecimiento. Aunque en los países desarrollados crece la proporción de personas de edad avanzada, el horizonte de la expectativa de vida se aleja aún más rápidamente y se lentifica también el deterioro del organismo. Paradójicamente, la población envejece, pero al mismo tiempo se vuelve más saludable.
Sin embargo, nos hemos quedado atados a la definición de vejez provista por la demografía clásica, cuando hay definiciones alternativas que son más atractivas para la medicina y la formulación de políticas públicas. Para la demografía clásica, el ser humano sería viejo por contar muchos años calendario en su haber.
Sin embargo, una definición alternativa es considerar «viejo» a quien está cerca del tiempo de morir de forma natural. Y otra podría considerar «mayor» a quien vive bajo los efectos de discapacidades propias de un cuerpo que involuciona.
Si por «vejez» entendemos contar muchos años calendario, entonces el mundo y particularmente Europa y China (también la Argentina) envejecen a pasos acelerados: crece la proporción de personas de edad avanzada respecto de los jóvenes, debido fundamentalmente a que nacen menos personas, y las que hay demoran más en morir. En los países desarrollados, en 2005 había tres personas en edad laboral (15 a 64 años) por cada mayor de 65 años. Y esta relación será casi de uno a uno para 2050.
En cambio, si por «viejo» entendemos alguien cuya muerte de causa natural está cercana, entonces el mundo desarrollado en realidad rejuvenece. Hoy en día, una persona que cumple 65 años en Estados Unidos puede esperar vivir en promedio hasta los 84, mientras que en 1935 tendría que pensar en 77 años. De hecho, la proporción de personas de 70 años que transitan sus últimos cinco años de vida está disminuyendo. El japonés, italiano, alemán, o australiano que cumplió 65 años bien puede planificar sus próximos 25 años de vida, porque en promedio vivirá hasta los 90.
Finalmente, veamos el caso de la incapacidad. Indudablemente, con la edad, el cuerpo humano involuciona en muchos aspectos físicos y mentales. Sin embargo, este proceso es muy variable y hoy, en los países desarrollados, el deterioro se lentifica. Ingleses y americanos han comprobado que, si bien cada vez hay más gente de edad avanzada, la proporción de personas que viven con discapacidades en relación con el total de la población adulta se mantiene constante o tiende a disminuir. Es decir que la población envejece, pero también, y al mismo tiempo, se vuelve más saludable.
En consecuencia, dado que las edades calendario y biológicas ya no significan lo mismo, habría que replantear la edad de la jubilación. El 82% móvil podrá ser hoy impagable (o no) para quien se jubila a los 65, pero quizás podría ser viable a partir de los 67 o 68 años. Además, la gente permanecería más tiempo en su obra social sin pasar al PAMI, aliviándolo, y el sistema general permitiría que todos sigamos activos algunos años más, lo que sumaría fuerza laboral a un país que la necesita desesperadamente dada su escasa población.
Lamentablemente, la tendencia hacia una población que envejece sanamente y vive más no es válida por igual para todos los países y regiones. La mortalidad entre 65 y 74 años es de 23 por mil habitantes en promedio en Gran Bretaña y de 24,6 por mil en la Argentina. Ahora bien, no sólo la vida después de los 65 es más corta en nuestro país, sino que además hay diferencias entre las distintas regiones.
En 2008, según las Estadísticas Vitales del Ministerio de Salud, en ese rango de edades morían 19,6 personas por mil habitantes en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires contra 32 cada mil en el Chaco, 29 cada mil en Misiones, 28 cada mil en Santa Cruz y 27 cada mil en Formosa. Es decir que la probabilidad de morir entre los 65 y los 74 años es un 50% mayor para quienes viven en el Nordeste (es parecido en el NOA), comparado con la Capital Federal.
Evidentemente, no es justo que sólo algunos argentinos privilegiados tengan más años de vida saludable por delante, luego debemos hacer algo para que todos goce-mos de este beneficio propio de países de-sarrollados.
Para ello hay algunas cuestiones que cuidar, en la medida de nuestras posibilidades: mantenerse laboralmente activo, practicar deportes, tener vida social y comunitaria, controlar el colesterol, la presión arterial y el azúcar, no fumar y conducir con cinturón de seguridad, además de contar con la ventaja de haber estudiado durante no menos de 12 años y gozado de buenos salarios.
Es decir que contar 75 cumpleaños y que el cuerpo acuse en realidad 65 es un privilegio condicionado fuertemente por factores sociales. Intervenir en este sentido es una prioridad. Después de todo, la inflación de la edad es probablemente la única inflación que todos estaríamos dispuestos a votar, y nos ayudará a superar el debate por la edad jubilatoria.
(*) Doctor en Medicina, programa de Envejecimiento Saludable del Instituto de Neurología Cognitiva, INECO.


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