4 de julio 2011 - 00:00

Paco Zarzoso hilvana los cielos porteños

Zarzoso: «El cine de Tarkovsky me inspiró este Apocalipsis, como una metáfora de la catástrofe vivida desde los abismos interiores de cinco personas muy diferentes».
Zarzoso: «El cine de Tarkovsky me inspiró este Apocalipsis, como una metáfora de la catástrofe vivida desde los abismos interiores de cinco personas muy diferentes».
«El teatro de Buenos Aires me ha nutrido mucho. Por primera vez en veinte años, dejé de escribir, para ir a ver cuatro obras por semana. Me va a costar volver a España», confiesa el dramaturgo y director valenciano Paco Zarzoso. El celebrado autor de «Umbral» (estrenada aquí en 2001, con dirección de Fernando Piernas y elenco argentino) es uno de los fundadores, junto a Lluïsa Cunillé y Lola López, de la Compañía Hongaresa de Teatre, en permanente actividad desde 1995. Esta vez fue invitado a participar del Proyecto Dramaturgo-Directores, que reúne a representantes extranjeros y argentinos. Su nuevo trabajo, «Hilvanando cielos», se exhibe de miércoles a domingos, en la Sala Cunill Cabanellas. Integran el elenco Luis Campos, Cesar Bordón, Eugenia Alonso, Ximena Banús y Sofía Palomino. Paralelamente, se está exhibiendo en el Teatro Sha su obra «El hipnotizador», interpretada por el cordobés Marcelo Márquez.

Periodista: ¿En qué se inspiró para escribir «Hilvanando cielos»?

Paco Zarzoso: Estaba desarrollando un taller de «Teatro ebrio», un teatro de mayor intensidad y variedad de emociones, y en ese marco volví a ver «El sacrificio», de Andréi Tarkovsky, que me generó un gran impacto. De allí tomé la idea de un Apocalipsis, como una metáfora de la catástrofe, vivida desde los abismos interiores de cinco personas muy diferentes. Como si el meteorito que se anuncia fuera a caer dentro de cada individuo. Y cada uno de ellos tiene su manera de enfrentarse a la muerte. No todas sus estrategias tienen por qué ser apocalípticas y terribles. La nuera del protagonista, por ejemplo, es una arquitecta que está diseñando un edificio que le encargaron antes de la catástrofe. Y aunque sabe que nunca se construirá, ella sigue haciendo los planos.

P.: Como decía Martin Luther King: «Aunque supiera que el mundo se desintegrará mañana, igual plantaría mi manzano»...

P.Z.: Sí, lo primordial está en los planos. Es importante conservar una esperanza íntima y hasta metafísica, crear una habitación propia -como pedía Virginia Wolf- pero en el interior de uno.

P.: El protagonista es un viejo actor de compañía nacional, enamorado del teatro. Pero su hijo actúa en televisión, lo que parece estar muy mal visto.

P.Z.: Esa no fue mi intención. Con la Compañía Hongaresa siempre hemos trabajado personajes polifónicos, que no sean ni buenos ni malos, sino que tengan una complejidad y no resulten previsibles. El protagonista se enfrenta al Apocalipsis desde el teatro concebido como juego de máscaras. Por momentos interpreta a «Rey Lear» y a «Ricardo III». Quizás sea el personaje con el que más me identifico, porque ante este mundo terrible el teatro es un buen refugio y también un lugar magnífico para enfrentarse a la vida.

P.: ¿Y qué pasa con el actor de televisión?

P.Z.: Contrasta mucho con su padre, porque la ficción le ha quemado la cabeza. El tiene una amante y es puro «carpe diem», es de vivir el momento y tomar decisiones que de no haber sido por el meteorito jamás habría tomado. Procuré no demonizarlo por ser actor de televisión o por serle infiel a su esposa. Todos tienen una parte débil. El viejo tiene la locura, pero por su relación con el teatro parece más joven que el hijo al que anima para que tome decisiones vitales y escape de la farsa. Luego, está la nieta de diecisiete años, muy hermanada con el abuelo por su amor al teatro. Es una especie de ángel y demonio, pero el abuelo confía en que se haga mayor para que el teatro sobreviva a través de ella. No quiero anticipar lo que sucede, pero es una obra que enlaza destrucción y nacimiento. La humanidad siempre se ha movido entre estas dos fuerzas. Incluso, para que haya un renacimiento antes tiene que haber un Apocalipsis.

P.: ¿La acción transcurre en un jardín destruido?

P.Z.: Es una metáfora que tomé de un concepto introducido por Zygmunt Bauman, el autor de «Modernidad líquida». En otra de sus obras dice que estamos en una época de cazadores y depredadores y que ya es hora de arreglar el descuidado jardín.

P.: ¿Escribió «Hilvanando cielos» rodeado de naturaleza?

P.Z.: La empecé en Unquillo, Córdoba, y luego escribí el grueso en una aldea de Asturias de siete habitantes. Pasé dos meses de verano en una casa de piedra que tengo con mi familia, entre bosques de robles y con un río muy cerca. Es un lugar perfecto para escribir.

P.: ¿Sus vecinos son campesinos?

P.Z.: Sí, son señoras viudas. Lo más curioso es que ésta era una aldea de 45 casas, y a principios de siglo XX la mitad de la población, que nunca antes había salido del pueblo, se largó a Buenos Aires. Me emocionó escribir esta obra sabiendo que yo también vendría por trabajo a Buenos Aires, como lo hicieron aquellos campesinos.

P.: ¿Cómo sobrevive al caos porteño?

P.Z.: Ahora que estoy aquí hay noches que sueño con esos territorios añorados, pero la verdad es que podría vivir mucho tiempo más en esta ciudad, porque lo que aprendí viendo teatro ha sido muy importante.

Entrevista de Patricia Espinosa

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