29 de junio 2009 - 00:00

Paquete de estímulo de Obama alienta más ahorro que consumo

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
¿Comenzó el paquete fiscal de estímulo del presidente Obama a rendir sus frutos? Gestado y aprobado en tiempo récord, un mes después de asumir Obama, ya era ley sancionada por el Congreso, rara vez se mencionan sus efectos concretos. Como si no existieran. Pero la iniciativa -cuyo poder nominal de fuego es de u$s 787.000 millones, o sea, un 5,5% del PBI- ya despliega sus tentáculos. El repunte del ingreso disponible de las familias y la estabilización del consumo privado -ambos, realidades en curso- son beneficiarios directos del sacrificio de las cuentas públicas promovido por Obama. Son dos renglones importantes, quizás los únicos en el sector real de la economía de los EE.UU. donde se puede justificar el lema reinante de que «lo peor ya pasó».

La economía de los EE.UU. es un gran transatlántico y el consumo se ubica al timón. La razón es transparente: responde por el 70% de la demanda agregada. La muy volátil inversión puede propiciar virajes inesperados, pero, en definitiva, es el consumo privado el que traza el rumbo. Y, como se apuntó, el gasto de las familias logró estabilizarse. Tras caer a plomo en los dos últimos trimestres del año pasado -3,8% y 4,3%, respectivamente-, el consumo reaccionó con un avance promisorio del 1,4% en el trimestre inaugural de 2009. Sobre esta piedra se levantó la iglesia que hoy predica la resurrección.

El ingreso personal disponible es el nodo que vincula el paquete fiscal -la ley de recuperación y reinversión americana, tal su nombre oficial- con el consumo. Como la recesión carcome el ingreso nacional y fuerza la contracción del gasto, el empeño fiscal intenta contrarrestar el proceso. Pero, a diferencia de la ley de estímulo económico que propulsó el ex presidente Bush en 2008, el plan de Obama no se limita a la devolución de impuestos ni al terreno estricto de incentivar el ingreso personal. Su propuesta es ambiciosa. Involucra más recursos fiscales, pero también una panoplia de objetivos que compiten por éstos -desde el alivio tributario y la expansión de los beneficios por desempleo hasta el gasto en educación, salud e infraestructura (incluyendo la eficiencia energética y la ciencia)- y un horizonte temporal de aplicación muy extendido. Quien mucho abarca, bien se sabe, corre el riesgo de apretar poco. Y detener la sangría de la crisis demanda firmeza en el torniquete. ¿Será que los desembolsos del plan fiscal se diluyen en una infinidad de programas distintos y por eso no marcan una diferencia que se note?

Conviene, pues, hurgar en las cifras. Mientras la renta nacional cayó por la recesión, el ingreso disponible de las familias aumentó. Subió un 1,2% real en abril y un 1,6% en mayo. Allí está la impronta del paquete fiscal. Si se disecciona mayo, se advierte la incidencia de la reducción de impuestos personales y de la expansión de los pagos de beneficios sociales que gatilló el régimen de estímulo. Sin su contribución específica, el ingreso disponible apenas hubiera crecido un 0,2% (no hay que olvidarse que también operan los estabilizadores automáticos que son parte del diseño estable de la política impositiva y de la cobertura por desempleo). En concreto, el ingreso disponible a fines de mayo es, en términos reales, un 1,7% más alto que en marzo, como cortesía de los desvelos fiscales de Obama.

Sin embargo, no cabe esperar que el consumo del segundo trimestre exceda en mucho el umbral alcanzado en los primeros tres meses del año. Por supuesto, todavía resta computar el gasto de junio y hay margen para sorpresas. Pero la comparación abril-mayo contra enero-febrero arroja una caída del 0,1%. Lo que no deja de ser curioso: el paquete fiscal se sancionó el 17 de febrero y no tuvo efectos hasta marzo. ¿Cómo explicar la paradoja de un esfuerzo del fisco que apuntala con éxito la renta de las familias, pero no mueve la aguja de sus consumos?

Dos acotaciones son válidas. El repunte del consumo del primer trimestre no hubiera logrado sustento alguno sin el posterior alivio de impuestos y beneficios. Aun así, el paquete fiscal alienta más el ahorro que el gasto en un consumidor asediado por sus deudas y las tribulaciones del mercado laboral. La recesión ya duplicó el número de desempleados -supera los 14,5 millones- y promueve actitudes de suma cautela. La tasa de ahorro personal es su mejor reflejo: de ser fuertemente negativa en 2005 mutó a cero el año pasado y al 4,3% en el primer trimestre del año. Pero, de la mano del estímulo fiscal, continuó en alza: un 5,6% en abril y un 6,9% en mayo (la más elevada de los últimos quince años). Desde esta óptica debe quedar claro que la recuperación que impulsan las cuentas públicas es menos vibrante que la que cotizan las

Bolsas. Y como muchas provisiones de estímulo son por única vez -el pago de beneficios por u$s 250 o el crédito impositivo de u$s 400 para los trabajadores solteros (u$s 800 para las parejas que presentan declaración conjunta)-, no se puede descartar que se agote el combustible antes de la próxima estación de servicio. Aunque el presidente Obama haya dicho el martes último que, por ahora, no ve la necesidad de reforzar el paquete con una segunda versión recargada.

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