12 de julio 2017 - 00:00

Para combatir inflación: buena moneda

La inflación refleja la incompetencia de las autoridades para controlar la emisión. Entre 1970 y 1999, Argentina fue la tercera nación con mayor inflación del planeta, en esas tres décadas. Para comprar lo mismo que un peso de 1970, hacían falta 277.000.000.000 de pesos en 1999. Cantidad que BCRA emitió efusivamente. Para facilitar las cuentas, ante semejante desbarajuste, sustituyeron cinco sucesivos signos monetarios y suprimieron 13 ceros. Una forma de ocultar el desgobierno. No obstante ese comportamiento anárquico, en cada turno, las respectivas autoridades persisten insistiendo que confiemos en su política monetaria. Que harán las cosas bien y no como sus antecesores. Cada administración sucesiva repite el ruego.

La relación entre política monetaria e inflación es contundente. Durante los once años de vigencia de la Ley de Convertibilidad, entre el inicio de 1992 y de 2002, la inflación en Argentina fue inferior a la de EE.UU. La quimera de que la inflación está causada por falta de competencia, monopolios, connivencia de los supermercados, costo argentino, y otras causas quedó desmentida. Simplemente, empleando la moneda preferida, la que no podemos emitir, suprimimos de golpe la hiperinflación anterior a 1992.

Sabemos bien como eliminar la inflación drásticamente. Basta suprimir la emisión mayor a la requerida, para tener precios estables. La Convertibilidad aseguraba que no se emitiese por encima de lo demandado, pues la circulación sólo aumentaba en la medida que entrasen dólares por decisiones privadas.

Con libertad de elegir la moneda de nuestras transacciones tendríamos dos precios: en pesos y en dólares. Dado que no podemos emitir billetes verdes, nuestra inflación en dólares sería similar a la de EE.UU., a mediano y largo plazo. Y si decidiéramos emitir pesos de acuerdo con lo demandado, para inflación cero, acabaríamos con las alzas de precios en pesos, en corto tiempo. Por supuesto, esto exige sanear las cuentas públicas de una vez.

La receta es clara: una moneda sana exige no emitir más dinero que el demandado con precios estables. Las autoridades podrían proponer y explicar este programa a la gente, que se entusiasmaría con una perspectiva bien definida. Como ocurrió en anteriores planes de estabilización bien estructurados. Eliminar la inflación rápidamente es la forma más eficaz de impulsar la ocupación productiva y los ingresos del conjunto.

La información, el conocimiento, son las palancas del progreso. Por el contrario, la inflación distorsiona, obscurece, corrompe, la información, pues entorpece conocer ofertas y condiciones de contratación. Sobre todo en el tiempo, hacia adelante, para formar expectativas, y hacia atrás, para controlar lo realizado. Desconociendo series de precios temporales debilitamos el ambiente de negocios y la inversión. Ninguna sociedad progresa contra el pesado obstáculo de persistentes alzas de precios y cambios regulatorios.

Un gobierno democrático no tiene argumentos para prohibir a las personas decidir la moneda de las transacciones. En este sentido, sentenciaba John Stuart Mill, uno de los fundadores de la ciencia económica, en el siglo XIX. "Subsiste tanto barbarismo en el mundo que casi todos los países eligen afirmar su nacionalidad manteniendo, para su propia inconveniencia, y la de sus vecinos, una particular moneda propia", citado en mi libro "La Riqueza de los Países y su Gente".

Tampoco un gobierno realmente responsable puede condenar a sus ciudadanos a una inflación enteramente resultante de su incompetencia para proveer el bien público de precios estables.

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