Para la mayor gloria barroca

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«La biblioteca musical de Bach». La Barroca del Suquía (violín y dirección: M. Kraemer). Solista: S. de la Rosa, soprano. Comentarios: M. Videla (Academia Bach de Buenos Aires, Museo Nacional de Arte Decorativo, 25 de junio).

Café Zimmermann (violín y dirección: P. Valetti). Solista: C. Brua, mezzosoprano. Obras de F. Couperin. M. de Monteclair, P. D. Philidor, M. Marais y A. Campra (Festivales Musicales de Buenos Aires, Teatro Avenida, 27 de junio).

Entre el sábado y el lunes pasado, la asociación Festivales Musicales de Buenos Aires ofreció dos excelentes conciertos de música barroca con instrumentos de época. En el primero (enmarcado en el ciclo de la Academia Bach) la agrupación cordobesa La Barroca del Suquía, fundada y liderada por el violinista Manfredo Kraemer, reunió bajo el título «La biblioteca musical de Bach» obras (en su mayoría estrenos locales) que justamente formaron parte del acervo del compositor alemán y que fueron brindadas por él en sus diversas funciones musicales en la ciudad de Leipzig entre 1723 y 1750.

Inició el programa la «Ouverture en sol menor» que lleva el número de catálogo 1070 entre las obras de Bach pero que varios estudiosos atribuyen a su hijo Wilhelm Friedmann, y de hecho desde el primer compás es evidente el abismo que la separa estilísticamente de las auténticas de Johann Sebastian.

Heinrich Ignaz Biber, originalísimo compositor checo del siglo XVII, estuvo presente a través de su «Sonata sexta» para violín y continuo, brillantemente vertida por Kraemer (uno de los más grandes especialistas del mundo en violín barroco). La soprano Soledad de la Rosa intervino en la cantata «Armida abbandonata» HWV 105 de HTMndel (el gran colega al que Bach nunca llegó a conocer), el motete «Languet anima mea» de Francesco Conti y el bis, un fragmento del «Stabat Mater» de Pergolesi en la versión de Bach (BWV 1083). Siempre musicalísima y estilísticamente correcta, De la Rosa pareció demasiado atada a la partitura, lo cual le impidió una mayor entrega interpretativa. Los comentarios de Mario Videla contextualizaron a la perfección cada instancia del concierto.

Dos días después, en el Teatro Avenida, el ensamble Café Zimmermann fundado por el argentino Pablo Valetti y la clavecinista francesa Céline Frisch (entre otros méritos, autora de una de las más acabadas versiones discográficas de las «Variaciones Goldberg»), se presentó en el marco del ciclo de Festivales y del Tandem París-Buenos Aires. Otros dos notables argentinos radicados en Europa, la flautista Diana Baroni y el teorbista y guitarrista Eduardo Egüez, también participaron compartiendo escena con Valetti, Frisch y los franceses Emmanuel Laporte (oboe) y Etienne Mangot (viola da gamba).

El repertorio transitó por el refinado universo del barroco francés, del que los músicos mostraron un profundo conocimiento en todos sus aspectos. Especialmente memorable fue su interpretación de la famosa «Sonnerie de Sainte-Geneviève du Mont» de Marin Marais, donde Valetti, Mangot, Egüez y Frisch dieron gran variedad de colores a la armonía invariable. Igualmente esperada, la actuación de la mezzosoprano francesa Claire Brua jerarquizó aún más el concierto. Su articulación, su inteligencia musical y retórica, su actitud corporal absolutamente compenetrada del texto hicieron que ciertas características de su voz (un timbre algo metálico y un vibrato pronunciado) qudaran en segundo plano. Tanto en la cantata «Pan et Syrinx» de Monteclair como en la «Didon» de André Campra (en la que se hizo presente un guiño intertextual con «Dido & Aeneas» de Purcell), Brua y el ensamble crearon climas dramáticos profundos. Como bis, un recitativo y aria de «Le dépit généreux» de Monteclair coronó un auténtico banquete barroco que Buenos Aires ovacionó.

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