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Pelea de funcionarios que recién comienza
los Estados Unidos; no mencionó a ninguno, pero puso la mira en diarios y radios -algunos amigos del Gobierno- que les dieron micrófonos a funcionarios de los Estados Unidos. Tampoco mencionó a los medios que, como Página/12, recibieron información del caso que tenían derecho otras publicaciones de conocer con los detalles que dio el domingo el privilegiado Horacio Verbitsky.
Ricardo Alfonsín no quiso dejarle la bandera nacionalista al Gobierno y defendió la posición de que EE.UU. es el que debe explicar por qué hubo elementos no inventariados en ese embarque de la discordia, aunque le costase pelearse con sus compañeros de bancada, como Ricardo Gil Lavedra, que se quejaron del efecto que esto pueda tener en las relaciones con los Estados Unidos -algo que es discutible porque los lazos que unen a los gobiernos de los dos países son más firmes que estos cruces de titulares y están a resguardo hasta de anécdotas como que Barack Obama no visite el país cuando viaje al barrio, seguramente porque las cosas están tan bien con la Argentina que no vale el gasto de una escala para cruzar sombrerazos y regalos.
Sordidez
Ni el Gobierno ni la oposición dijeron tampoco nada del corazón de este entuerto, que no nació de inquinas entre EE.UU. y la Argentina -aunque las tenga como consecuencia-, sino de una pelea sorda entre sectores del Gobierno. Estos entrenadores militares de policías vinieron al país llamados por el Gobierno argentino antes de que asumieran los ministros Nilda Garré y Héctor Timerman. Ocurrió cuando las fuerzas de seguridad no habían sido sometidas a purgas -sus anteriores administradores no lo creyeron necesario- ni se cuestionaba la camaradería entre uniformados de los dos países en cursos de entrenamientos, visitas mutuas, intercambios de información, canje de elementos de seguridad, etc. El Gobierno Kirchner se entera recién ahora, a siete años de haber asumido, que estos cursos se realizaban con un consentimiento de usos y costumbres que, como ocurre en ese mundo tenebroso y oscuro que es la seguridad, no estaban sujetos a ningún inventario riguroso. Nadie cuestionó hasta ahora, que se sepa, esta colaboración que de las dos partes se justificó como una ayuda a la seguridad del país. Por más que EE.UU. la promoviera también como una manera de obtener colaboración, información y gestos de amistad que son también comunes en este terreno de la seguridad.
El Gobierno se encanta por haber sorprendido al imperio en una infracción; los americanos, con la misma ingenuidad que muestran en otros terrenos de la acción internacional -por ejemplo, enterarse por los diarios de que Hosni Mubarak se caía sin remedio-, tendrán que revisar sus rutinas y doctrina de combate, dado que nunca previeron que unos funcionarios del Tercer Mundo los hicieran revolcar por nimiedades de vista de aduana. En esto tiene razón en festejar el Gobierno que le han ganado al campeón del mundo con la novena división. Le sirve además para asentar la nueva doctrina criolla de seguridad, que el Gobierno revela con cuentagotas: no quiere que nunca más haya asesores militares de los EE.UU. en las Policías argentinas porque cree que esa colaboración intenta implantar la idea de que los militares deben actuar en represión de delitos de drogas y terrorismo, argumentos que puede reflotar el militarismo en estas costas. Este rumbo impugna todo lo que se ha hecho en materia de colaboración en seguridad con Estados Unidos y otros países desde hace años y hasta con los gobiernos Kirchner que descubren, tarde, que todo lo que hacían antes -por ejemplo, sus viejas amistades monopólicas- ahora es malo y deben rectificarse. Combustible para otra guerra interna entre funcionarios que recién comienza y que para algunos es un ajuste de cuentas para el que no queda mucho tiempo antes de las elecciones.


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