25 de febrero 2015 - 00:21

“Pertenecer a la literatura popular es mi mayor orgullo”

Moccia: “Antes que estar entre los que creen saber demasiado prefiero estar entre los que cada tanto dan sorpresas que cambian la vida de la Letras”.
Moccia: “Antes que estar entre los que creen saber demasiado prefiero estar entre los que cada tanto dan sorpresas que cambian la vida de la Letras”.
En sus novelas, el escritor, guionista y realizador italiano Federico Moccia, lanza propuestas que jóvenes enamorados repiten por el mundo, como prender candados con sus nombres de puentes y luego tirar las llaves al agua como promesa de que nada lo ha de separar. Ese hecho ha causado problemas, por la carga de candados, en puentes de Paris, de España y de Brooklyn. Moccia vino a presentar su nueva novela, "Ese instante de felicidad", que publica Planeta, cuya segunda parte, "Tú, simplemente tú, transcurrirá en Buenos Aires. (cómo ya ha ocurrido en otras versiones en España y en Nueva York). En su breve visita dialogamos con él.

Periodista: Su éxito en la literatura juvenil ha hecho que muchas parejas, crearan problemas municipales, cargaran de "candados de amor" con sus nombres puentes de sus ciudades como en su novela "Tengo ganas de ti", en otra novela les hizo enviar postales. ¿Con "Ese instante de felicidad" los quiere impulsar a viajar?

Federico Moccia:
Se trata de otra cosa. De mostrar la posibilidad de superar un duelo, un dolor. El padre de Nicco en el hospital le dice: un día todo esto pasará. Y el padre muere, pero la frase vale para su Hijo. Y en la novela busco transmitir la necesidad de recuperar la belleza de cada día, aunque muchas veces nos dé la espalda. Nicco se siente traicionado por la muerte de su padre, maldecido por el destino, pero, sin embargo, a veces aparece alguien que provoca un cambio que hace considerar el futuro de otro modo, recuperar la confianza en la vida. En este caso se trata de una chica extranjera que va a cambiar la vida de este muchacho romano, y que puede ser una estadounidense, una española o una argentina. Me gusta mucho eso de estar transitando en un sentido y alguien nos lleve para otro lado, para un lugar insospechado. Es un cambio en el escenario, en los hábitos, pero también en el sentir y el pensar. A quienes están viviendo una pérdida, un duelo, una ausencia, les suele ser difícil hablar sobre el tema con familiares, parientes, amigos. Es remover el dolor, tener la posibilidad de ver surgir reproches. Se llega a sentir que el dolor es sólo de uno. En esos casos el libro es un amigo muy educado que no mete en problemas, que no busca curarte o tranquilizarte sino que te cuenta una historia que te permite vivir la propia de otra manera. Lo bueno es cuando el lector se olvida de que está leyendo. Cuando se siente identificado con el personaje o con lo que está ocurriendo. De pronto, sin ponerse a pensarlo, siguiendo con la lectura sin detenerse, ve pasar algo de su propia vida.

P.: ¿No piensa que puede sonar irreal que los encuentros sentimentales de sus protagonistas pongan el azar y el destino para que eso ocurra?

F.M.:
Hay cosas que cuando las contamos no parecen reales. Si quiero llamar a alguien pero decido hacerlo más tarde porque en ese momento debía estar ocupado y de pronto esa persona me llama, se da una situación, una casualidad, que puesta en una novela parece forzada, exagerada. A veces el destino se divierte y nos mete en situaciones que parecen absurdas. A mí me pasa que contando una historia surja una hecho impensado, algo que me provoque intriga, que me lleve a escribir una segunda parte de la novela. Así pasa con "Ese instante de felicidad" que tiene una segunda parte, "Tú, simplemente tú, que a la Argentina tardará un tiempo en llegar.

P.: ¿Por qué suele llenar sus novelas con "frases para subrayar", muchas con un optimismo espiritualista, canciones o poemas?

F.M.:
Me gusta compartir con mis lectoras cosas que leí, que escuché, que no me sucedieron pero que cuando las supe me pareció que valía la pena repetirlas. Hay frases que cuando se leen en una novela uno dice esto no se me tiene que perder, ahí hay una manera de decir o de entender qué me sirve, qué me da para pensar. Un escritor roba con la memoria. Anota detalles. Graba lo que ve. Luego lo usa para escribir. Me preguntan a veces cómo hago para saber tanto de los jóvenes. Porque lo fui, y porque tengo espías. Como mis hijos aún son chicos, uso a los hijos de mis amigos. Dialogo con ellos. En mis libros mi objetivo no es enseñarles algo sino establecer un diálogo, darles una aventura que los divierta.

P.: ¿Su estilo simple, emotivo, de fácil lectura, es para conquistar al público juvenil?

F.M.:
No me sorprendo cuando madres o abuelas me vienen a comentar mis novelas. La capacidad de soñar es una de las fórmulas para no envejecer. En el caso de "Ese instante de felicidad" es la historia de una familia que está de duelo, en la que ha muerto el padre. Me interesa qué pasa con la madre, con la hermana, con Nicco. Es más, comencé la historia a partir de la relación de Nicco con su madre. En cuanto a la escritura, la ligereza no necesariamente significa superficialidad. La complejidad no determina que algo sea inteligente o profundo. Yo sé que si se tratan temas de todos los días, sucesos permanentes como el amor, eso interesa más ampliamente. A mí me gustan los libros que me excitan en todos los sentidos. A veces ocurre que un libro tratar de llegar a su lector. A mi me pasó, y le pasó a Albero Moravia, y a muchos otros.

P.: ¿Qué es lo que tiene en común con un emblema de las letras italianas del siglo XX?

F.M.:
A Moravia el primer libro que escribe nadie se lo quería publicar. Tuvo que pagarlo con plata de su bolsillo. A mí me pasó lo mismo. Cuando me cansé de que me rechazaran las editoriales, "A tres metros sobre el cielo" la publiqué con plata de mi bolsillo. Es la relación entre una hija perfecta y estudiante modelo con un muchacho violento y descarado. Un Romeo y Julieta contemporáneo en Roma, en los violentos años ochenta. Con el fondo del secuestro y asesinato de Aldo Moro, aunque no me interesaba darle lugar a la política. La gente no sólo la leyó sino que se pasaba la novela. Se hacían fotocopias. Cuando la llevaron al cine, doce años después, una gran editorial decidió reeditar el libro, que volvió a ser un best seller. Y los críticos no se dieron cuenta de que el final de la novela era un homenaje a "Martin Eden", de Jack London.

P.: ¿Le gusta escribir en el género literatura romántica juvenil, pertenecer a la denominada literatura popular?

F.M.:
Pertenecer a la literatura popular es lo que más me gusta, es mi orgullo. Uno puede comentar lo que le sucede a la gente común. Antes que estar entre los que creen saber demasiado prefiero estar entre lo que cada tanto dan sorpresas que cambian la vida de la Letras. Antes se mencionaba a Dickens, yo diría que Steve Jobs dejó la facultad y creó cosas que cambiaron la vida de la gente. De Alberto Moravia se decía que escribía con muchos errores, no le daban espacio en los grupos literarios porque consideraban que su obra no pertenecía a la literatura. No, su literatura respiraba el mismo clima que la gente, era superior a esos otros que necesitaban reunirse en grupos para considerarse literatos.

P.: A usted, ¿Qué autores le gustan?

F.M.:
Me recibí en Literatura Clásica. Leí a los clásicos con placer, y luego los fui mezclando con libros de Pavese, Montale. Moravia. Todo eso influyó en mí, como también haber leído a Scott Fitzgerald. Hemingway, Levitt o Carver, entre otros, donde no faltaría, por ejemplo, Richard Powell con libros divertidos como "Pioneer, go home" que fue llevado al cine protagonizado por Elvis Presley.

P.: ¿Cómo surgen sus historias?

F.M.:
de la observación, de hechos, de la reflexión. De una intriga que me lleve a escribir. Por ejemplo un chico que ve a su madre llorando y que luego al fin de la historia sabrá por qué lloraba. En principio me importan más las personas que la historia. Luego voy construyendo lo que va sucediendo, cada una de las etapas de la historia. Así es como tengo una visión global. Eso lo aprendí de mi padre, Giuseppe Moccia, conocido como Pipolo, que fue un guionista de muchísimas películas italianas, comedias populares, muy exitosas. Él me enseñó a trabajar con escaleta, con step out line, con el listado de escenas para construir el guión. Esa forma de estructurar el relato yo lo pasé del cine al libro. Eso me permite, una vez que tengo la estructura, escribir sin parar. En cuatro meses, trabajando del mediodía a la noche, entre ocho y diez horas diarias, en cuatro meses tener la novela.

P.: Usted es, además de novelista, guionista y director de cine. ¿Qué piensa se las películas que se hicieron con sus novelas?

F.M.:
Se realizaron cinco películas con otras tantas novelas, algunas tuvieron una segunda realización en España. Yo dirigí dos "Perdona si te llamo amor" y "Carolina se enamora". Es difícil hace un cine ligado al libro. El director tiene que alejarse del texto para captar la atmósfera de la historia, interpretar lo contado, porque el libro es una cosa y la película otra bien distinta.

P.: Ahora tiene que escribir la segunda parte de "Ese instante de felicidad" que en la edición argentina ya adelantó que transcurrirá en nuestro país.

F.M.:
La novela ya está escrita, y ha aparecido en otros destinos. Ahora tengo que modificar una ciens páginas para adecuarla, para que ocurra en la Argentina. Si bien tengo una visión de Buenos Aires de una visita anterior, quiero capturar la atmósfera, algunos detalles, ciertos lugares para mis personajes.

Entrevista de Máximo Soto     

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