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Picardías tras rescate bancario
España ensayó cuatro estrategias para atacar los males de su sistema financiero, y ahora precisa una quinta versión. Será la tercera intentona del Partido Popular (PP). Hasta hace un mes la idea del Gobierno era que el propio sistema generase los fondos necesarios para su saneamiento a través de las contribuciones al Fondo de Garantía de los Depósitos. Bankia destrozó esa ilusión. Pero el episodio no puede rotularse como una sorpresa. La entidad -que surgió de la fusión de siete cajas de ahorro regionales, encabezadas por las poderosas Cajamadrid y Bancaja- lleva la impronta del PP desde su nacimiento. Son las cajas de los territorios que el PP domina. De ahí que se haya encumbrado a Rodrigo Rato, un hombre del riñón del partido, para conducir su destino mancomunado. Mal podía desconocer Rajoy (y otros que hoy piden explicaciones) la situación subyacente. Lo que el Gobierno no acertó -sin dudas- fue la capacidad de administrar los tiempos. La idea al dilatar una solución patrimonial de fondo -no sólo en España, sino en toda la eurozona- era simplemente no hacer olas. Una apuesta a que las heridas cicatrizasen por sí mismas. Sostenerla en Bankia ya no es posible.
Duda
¿Cómo hará España para atender los requerimientos de Bankia si a la par tiene que cumplir con las metas de reducción del déficit fiscal para este año y el próximo, que ya eran de por sí inalcanzables? Hay una respuesta administrativa a mano: los aportes a Bankia no cuentan como gasto. No impactan en el cómputo del resultado de las cuentas públicas. Es una convención contable que la eurozona aceptará pacíficamente mientras el banco se mantenga a flote, no se trata de una estratagema ad hoc que Rajoy extrajo de la galera. No obstante, nada garantiza que los fondos se recuperarán. Como bien saben los inversores minoristas que proveyeron capital antes que el Estado, el aporte puede derivar en un serio quebranto. La respuesta administrativa, desde ya, no le despierta ninguna confianza a los mercados: el bono español a diez años elevó sus rendimientos ayer al 6,5%. Y la parte del león -una tasa del 5%- no es más que pura prima de riesgo.
Lo que España hizo en el pasado fue volcar recursos públicos a la banca por la vía del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB). Pero el FROB no está prefinanciado, debe emitir obligaciones en el mercado y luego inyectar el producido en la institución que necesita el respaldo. ¿Cuánto costaría hoy salir a colocar deuda del FROB para reunir 23 mil millones de euros? La decisión del Gobierno fue ni siquiera intentarlo. El aporte estatal se hará en la forma de deuda pública. Lo que inaugura una nueva vertiente. O, al menos, eso pretende. Bankia podría hacerse de liquidez sin pisar el mercado, descontando cartera en el BCE. No otra cosa hizo la banca europea cuando, entre diciembre y febrero, tomó allí un billón de euros de pases a tres años dejando sus propios bonos, préstamos y títulos públicos como garantía. Si no se objeta la operatoria, o si el BCE no le aplica a la cartera un aforo prohibitivo, Rajoy habilitaría así un mecanismo precario de financiación a muy corto plazo (la ventanilla de los pases a tres años no está disponible). ¿Aceptará Europa este truco de puertas giratorias?
En la cumbre de Bruselas, la semana pasada, el presidente español abogó por dos cuestiones. Que el BCE le pusiera un techo a los costos de financiación de los países atormentados por la crisis. O sea, que interviniese en los mercados secundarios comprando deuda pública (a través del programa SMP que hace once semanas permanece inactivo). Y también pidió que la recapitalización bancaria pudiera sufragarse con cargo a los fondos europeos que integran el llamado muro cortafuegos (una postura que defiende el FMI). Se le dijo que no a ambas peticiones -presumiblemente- sin saberse lo mucho que le apretaba el zapato: recién al día iguiente se conoció el agujero de Bankia. ¿Se le cerrará ahora esta tercera vía de financiación? No es una decisión fácil. Si se acepta, Rajoy habrá fabricado un euro-bono a la medida de Bankia. Y seguirá manejando la en-tidad sin que Europa meta sus narices aunque comparta los riesgos. Si se le dice que no, tarde o temprano, habrá que revisar alguna de las negativas anteriores. Y hay que considerar que Europa está en falta con el capital de sus bancos. No es sólo Bankia. Como siempre, le tocará a Alemania dirimir el asunto.

