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Pingüinos eran los de antes
EL ESCENARIO
Un pingüino
En materia de pingüinos, como en otros órdenes de la vida, nunca se buscó calificarlos por el tamaño, sino por su función y sus responsabilidades. Pero que la ciencia haya encontrado este testimonio de la real estatura del pajarraco no deja de ser un aporte al imaginario político y, por qué no decirlo, al relato.
Carolina Acosta, investigadora de la División Paleontología Vertebrados del museo platense explicaba ayer que «los cálculos realizados indican que se trata del pingüino más grande que se conoce hasta el momento, en cuanto a altura y masa corporal». La profesional destacó las destrezas y las habilidades del antecesor del modesto pingüino que habita en Punta Tombo, por mencionar alguno de sus santuarios de hogaño y que «debía emplear más fuerza para impulsarse en el agua y tenía una musculatura más desarrollada».
Le queda ahora la responsabilidad al Instituto de Revisionistas que anima el exsenador Mario ODonnell buscarle al megapingüino un lugar honorable en sus hagiografías. Seguramente tendrá un capítulo en la nueva edición del volumen de presentación de ese grupo, «La otra historia», que deberá habilitar un acápite sobre la «otra paleontología». La opuesta, que respondía a la línea Mayo-Caseros, había exaltado como el pingüino más grande a uno de 1,20 metro, al que bautizó en un abominable resabio monárquico como «Emperador».
Un problema pendiente para este revisionismo es determinar algo que hasta ahora no pudieron hacer los expertos que encontraron esta nueva variedad, el sexo (o como dicen algunos funcionarios, el género, a la usanza anglo, en cuyo idioma las palabras no tienen sexo, o género, o no sé). En definitiva, podría ser un pingüino igualitario.
Aunque este megapingüino es un resto de un pasado que quizá fue más feliz, la noticia despertó una sonrisa en parroquianos de vinerías, bares y billares que, deslumbrados por el tamaño, querían anotarse para probar tamaño pingüino.


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