11 de julio 2014 - 00:00

¿Podrá la vieja crisis europea matar al mercado bull?

 La acción del principal banco portugués, Espirito Santo, se desplomó ayer el 17% y hubo que suspender su negociación tras saberse de un impago de su compañía holding. Las Bolsas internacionales sintieron el sacudón. ¿Despunta una nueva crisis europea? ¿Se revela así la daga oculta que matará los ímpetus del mercado bull global, apenas días después de que el Dow Jones cruzara los 17 mil puntos? Ni lo uno ni lo otro. Esta es una rémora más de la vieja crisis europea y de un mal añejo, sin resolver, oculto en los pliegues del doble discurso. La Europa de Merkel, un dechado de "responsabilidad" a la hora de machacar con el ajuste fiscal, convive con enorme desparpajo (hace años) con una banca de muy dudosa capitalización.

Las espinas de la vieja crisis, eso sí, han perdido capacidad de infección. Una semana atrás, el banco austríaco Erste se precipitó otro 17% al revelar problemas en Rumania y Hungría. La Bolsa de Viena se hundió entonces el 3% (ayer la de Lisboa, el 4%). Y conste que Austria, que permaneció ajena a la zozobra de la periferia del euro, tiene mejores credenciales para desatar una nueva crisis: Europa Central es la zona de fricción y contacto con la Rusia amenazante de Vladímir Putin. Quién no recuerda, por último (la psicología también juega), la sorpresa aciaga de Credit Anstalt en 1931 y el dominó que provocó. Pero, nada. La respuesta al traspié del Erste Bank, y la que cabe aguardar tras el incidente del Banco Espírito Santo, se aferró al pie de la letra al reglamento aggiornado del BCE. Ya no hay que salir corriendo a organizar cumbres presidenciales ni a montar muros cortafuegos imposibles, ni mucho menos acudir en romería a ablandar a la rígida Merkel. Los chispazos (y los incendios) se apagan sólos, con la mera imagen de Mario Draghi -¿quién dijo que Italia ya no tiene un sumo pontífice?- al timón de su promesa de hacer lo que sea necesario para salvar al euro. Y así, hoy por hoy, se salvan todos los ahogos. Quien de veras esté preocupado por Europa debería preguntarse cómo hará para pasar el invierno (sin energía propia y con las beligerancias vecinas de Putin y el mundo árabe). De momento, no hay serios cuestionamientos. Se diría que no se precisa otro combustible que la liquidez balsámica que presagia el BCE.

La soledad no hace al monje. Mucho menos a los trastornos bancarios. Conviene pensar en la existencia de un hilo conductor detrás de la difusión de estas dificultades. Los problemas, se sabe, son de arrastre; el énfasis debe ponerse en su irrupción a la luz pública. Y esta es una rifa intelectual en la que también el BCE tiene todos los boletos. En noviembre, el banco central tomará a su cargo la supervisión directa de los principales bancos de la región -que antes reposaba en manos de los organismos nacionales de control- y pondrá en marcha el Mecanismo de Supervisión Unificada. Con ese propósito, desde el año pasado, procede la llamada Revisión de Calidad de Activos, un peine fino de inspección de las mochilas bancarias. Ello supone un cambio de órbita de contralor, una cobertura de riesgos universal (no se deja afuera, por ejemplo, la incidencia del riesgo soberano) y unos próximos exámenes de estrés incomparables con los risibles ejercicios del pasado. El BCE tiene los incentivos correctos: no ignora que recibe un legado tóxico y querrá dejar en claro el inventario de partida. Para los bancos que no pasen la prueba, habrá que capitalizarse. Por las buenas o por las malas. Que surja la basura escondida bajo la alfombra, pues no debería sorprender. Los 9 mil millones de dólares de sanción que impuso EE.UU. a BNP Paribas -y los que se negocian con Commerzbank y Deutsche- son además, llovido sobre mojado. ¿Y qué pasará con el mercado bull? Si lo que se busca es una excusa para voltearlo, no hace falta que sea tan rimbombante. Para quien está encaramado en la cima del Everest, un percance menor -un esguince en el tobillo- puede ser letal, no hay por qué pensar en una fractura expuesta. Pero con el BCE prevenido, una torcedura portuguesa será atendida con rapidez. En cierta medida es como si los bancos centrales -curtidos ya por los años de crisis- hubieran resuelto trasladar el campamento base, avance tras avance, cuestión de estar siempre a no demasiados metros de la cumbre.

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