Se suele relacionar a Yasunari Kawabata -primer escritor japonés en recibir el premio Nobel de Literatura, en1968 a sus 69 años- con el realismo mágico, basándose fundamentalmente en "Un brazo", primer relato de esta antología que reúne 13 cuentos. Pero poco tiene que ver este cuento con el realismo mágico latinoamericano, y mucho con una pesadilla surrealista. En "Un abrazo", publicado a los 65 años, cuenta de una muchacha virgen que se saca su brazo derecho para dárselo por una noche al narrador, un hombre de mediana edad, para que lo acompañe, alejándolo de su soledad. "¿Crees que me hablará?" "Sólo es capaz de hacer lo que hacen los brazos. Pero inténtalo, tal vez te escuche si lo tratas con dulzura".
Ya en su casa, el hombre habla con el brazo de la niña mientras lo acaricia, se lo cambia por el suyo, y finalmente hace volver las cosas a su lugar. Y concluye "Lo abracé como se abraza a un niño pequeño a quien la vida está abandonando", una clara metáfora de lo que los franceses llaman "la petite mort", la pequeña muerte, el período refractario tras el orgasmo. Y por si faltara una aclaración lírica, agrega: "llevé sus dedos a mis labios ¡Si de las largas uñas y las yemas de los dedos de la muchacha se escurriera el rocío femenino...!". El inicio abrumador de alguien que deja una extremidad propia, su brazo derecho, a otra persona, se vuelve aceptable al cobrar una dimensión onírica, y de allí pasar a cobrar el carácter de esa sinécdoque que hace del brazo entregado la entrega de la niña por entero. En ese relato hay "un mundo cerrado en el que la ficción le debe muy poco a la realidad", como ha dicho Mario Bellatin, donde como en un sueño importa lo no dicho.
Hay en ese encuentro natural con un hecho extraño, desde un relato minimalista al extremo, una fórmula que será tomada en cuenta, adoptada y transmutada en algo personal, por Haruki Murakami, y en menor medida por Abe Kobo y el segundo premio Nobel nipón, Kenzaburo Oe. Curiosamente eso pareciera no haber sido tenido en cuenta por su más importante discípulo, el gran escritor Yukio Mishima, que se suicidó con un seppuko, un harakiri ritual, luego de su fracasado golpe de estado para reponer en su sitial al emperador en 1970, dos años antes de que su maestro tomara la misma determinación pero de un modo apacible, como convenía a su estilo.
Kawabata consideraba que luego de Hiroshima y Nagasaki, y el resto de de las matanzas de la Segunda Guerra, sólo quedaba instalarse en un lirismo redentor. Un tono que está en sus grandes novelas ("País de nieve", "El maestro de Go", "La casa de las bellas durmientes", "Lo bello y lo triste") y que se establece en una forma de cuento que busca ser cada vez más breve, que busca reducirse a lo que considera esencial (por caso, la dureza del paso del tiempo), como ya se viera en "Historias en la palma de la mano".
En este libro va de "El árbol de la vida" sobre la novia de un piloto kamikaze, muerto en la guerra, que se ve solicitada por otro militar y consternada por recuerdos, hamacada por cantos y poemas familiares, a "La urraca", con la presencia de esos pájaros en su jardín, desde que son nombrados de ese modo por un amigo suyo, y darse cuenta de que él había creído que eran siempre los mismos, que no se cansaban de regresar, y no miembros de distintas generaciones, como eran realmente. De un modo simétrico, esas urracas no sabían que habían inspirado poemas, y apenas sabían ser meras criaturas vivaces y activas. Más que sentir los devaneos por una narrativa exótica, entrar en los cuentos de Kawabata (admirablemente traducidos por Amalia Sato ) es un paseo por un calculado refinamiento sentimental, por instantáneas de inesperada poesía, y a veces dejarse llevar por una melancólica melodía de cámara que llega de un ya remoto pasado.
| M.S. |



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