En 1991, cuando la guerra civil que ha golpeado a El Salvador durante dos décadas, está llegando a su fin, el periodista Erasmo Aragón, exiliado en México, se dedica a fantasear con el onírico "sueño del retorno" a su país. Proyecta al llegar crear una revista política que acompañe los nuevos tiempos que avizora. Tiene la ilusión de volver y reinventarse., y que eso le ayudará a distanciarse de los insoportables preámbulos de la separación de su mujer, y esa hijita que lo coloca frente a su esquiva responsabilidad paternal, dos cosas que parecen justificar su adicción al vodka-tonic y su pertinaz hipocondría. Fruto de esto desde hace tiempo anda con un agudo dolor hepático. Y justo en ese momento el viejo homeópata que lo atendía ha regresado a su natal Cataluña. Su tío Muñecón le recomienda entonces consultar a un tal doctor Chente Alvarado, que resulta ser un rico salvadoreño exiliado, un hombre mayor que ya jubilado se ha alejado de la medicina tradicional y practica la homeopatía, la acupuntura, el hipnotismo y un cierto psicoanálisis retro.
El doctor Chente, para que Erasmo "deje de somatizar", lo llevará mediante sesiones de hipnosis, a revisar su pasado que es, junto a sus propios traumas, el reciente pasado de la violencia militar, paramilitar, dictatorial, guerrillera que ha ensangrentado a su patria. Pero desanudar las represiones acumuladas en el inconsciente a veces resulta peligroso. La oscuridades propias al iluminarse no siempre resultan liberadoras.
El lector sabe lo que Erasmo le cuenta al doctor Chente, lo que no le cuenta, y lo que él no sabe que le cuenta al médico en sus sesiones de hipnosis y que Chente anota sospechosamente. Dictadura y guerrilla, violencia indiscriminada, reveses ideológicos, fantasías redentoras. Miedo, emoción, diversión, humor. Para peor en el momento más crítico de su análisis, el doctor Chente viaja El Salvador y desaparece con su acaudalada esposa, por lo menos es lo que le afirma un beodo Muñecón. El protagonista progresivamente se vuelve de un patetismo picaresco. "Si la patria que me muerde es la memoria", ha dicho el escritor, "no he encontrado otra forma de ajustar cuentas con ella que por medio de la invención".
A partir de ese comienzo se suceden situaciones (como la de los arltianos planes de asesinar al actor con el que lo engaña su mujer) y personajes secundarios que confirman lo sostenido por el critico de "The New York Times" cuando sostuvo que Castellanos Moya "ficcionaliza la guerra civil salvadoreña criticando a las dos facciones enfrentadas de un modo venenoso e hilarante".
Cuando se dice que el notable escritor Horacio Castellanos Moya es "hondureño-salvadoreño", acaso porque si bien es un escritor viajero (ahora es profesor en la Universidad de Iowa) los primeros años de su vida los pasó por esos dos países de los cuales sus novelas cuentan momentos crudamente trágicos, de furia bananera e irracionalidad contumaz, que suele convertir (¿una influencia del argentino Osvaldo Soriano?) en sarcásticamente divertidos.
| M.S. |



Dejá tu comentario